El café ya estaba frío, demasiado tiempo pensando sobre qué tema escribir. Desilusión, mi gato, no dejaba de maullar a mis pies. Arrugué la hoja de papel, era la tercera, y la lancé a la papelera, no había nada nuevo bajo el sol, la historia se repetía, era el mismo perro con diferente collar. Crisis económica, corrupción política y desigualdad social, temas de actualidad tan viejos como la tierra. El grande se come al pequeño, los desfavorecidos no tienen las mismas oportunidades que los privilegiados, ancianos abandonados en residencias y ciudadanos que, por causa de una justicia inhumana, pierden su vivienda.

Di un sorbo al café, no me importó que estuviera frío y amargo, la vida también es así. Y sólo una esperanza, casi siempre imposible, nos da cada día la fuerza suficiente para seguir adelante. Tomé otra hoja de papel, me olvidé de la tecnología y, en mi vieja y ruidosa máquina de escribir, retomé mis principios del pasado. Escribiría sobre la supremacía del amor, un valor a la baja en un mundo dominado por la codicia, en un planeta herido donde cada día sale el sol de la indiferencia. En la lucha por mis ideales, no me importaría quedarme solo, estaría dispuesto a morir por alzar en la trinchera la bandera de la verdad.

Me miré al espejo, sonreí, a pesar de ver en mi rostro las huellas de tantos años perdidos, de vivir como una oveja más del rebaño, balando una triste canción, mientras caminan hacia el abismo de la destrucción. ¿Qué hay de andar los caminos que nadie pisó, de navegar por los mares de un sueño llamado libertad? Hay tinta en los tinteros gritando contra la injusticia, pero no hay plumas valientes dispuestas a denunciar. La verdad quedó silenciada, se vendió a los intereses del mejor postor, mientras un gato llamado Desilusión sigue maullando a los pies. Un café frío y amargo, el tiempo corre, pero aún hay tiempo de luchar.

Autor: Juanjo Conejo

Pintura: Gemma Castillo

Mientras tocabas el piano, me gustaba enredar tus cabellos entre mis dedos, la última nota era el beso que nos dábamos, tus labios aún tenían el sabor de la melodía. La noche es una rosa marchita, la noche es una estrella gloriosa, la noche es lo que tú quieras que sea. Y mi cuerpo se estremecía, cuando estaba unido al tuyo. Se rompía la cáscara, se escapaba mi alma, y quedaba tu piel cubierta con el sello de mi esencia. La noche es el ocaso del sol, la noche es el amanecer de la luna, la noche es lo que tú quieras que sea. Éramos cazadores de momentos, coleccionistas de instantes que guardábamos en el corazón. No había más tesoro en la tierra ni recompensa en el cielo que las horas que pasábamos juntos. Mi amor, no olvides nada de lo que vivimos; ata todos nuestros capítulos, con fuerza, en tu recuerdo. Hoy, la muerte nos separa en la tierra; mañana, nos unirá en el cielo.

Pero la memoria flaquea
y, al final de la carrera,
la vida le dispara
una bala en la cabeza.

Cenizas del tiempo,
esparcidas por el viento,
de los momentos lejanos
que se queman en el olvido.

Juanjo Conejo

Cuando él le recitaba el poema, a ella se le humedecía la metáfora. Y caían en suspiros del Olimpo, en salvajes gemidos, en mágicos susurros. Cada vez que él esgrimía la retórica, a ella se le apretaban los muslos, hasta quedar tan inspirados como los cuartetos. Y, sin embargo, era apenas el principio. Al llegar a los tercetos, ella se alineaba los glúteos, preparando el camino para el soneto. Apenas se entrelazaban, una corriente les excitaba, les aturdía y envolvía. De pronto, la rabia de la tormenta, de viento y de agua. Se embriagaban con el galopar del éxtasis y el vaivén de los versos en una marea sobrehumana.

¡Olé! ¡Olé! Subidos en la cresta de la ola más descarada, buscaban el momento definitivo, el golpe maestro de la victoria. Temblaban los tronos y se caían los reinos en la euforia de la poesía. Los orgasmos, casi crueles, los elevaban hasta el límite de los cielos. Todo se resolvía en un profundo paraíso, en un silencio de divinas notas, tan sólo ensombrecidas por el coro angelical a dos voces, por el rito milagroso de los sendos te amo, que unía sus almas en el teorema del amor. Y todo comenzó con el mordisco a una manzana. Una manzana es un fruto sagrado, no tiene la culpa de ser un mito oscuro de la historia.

Juanjo Conejo

En abril de 1959 (del 18 al 22), Karen y Denis estaban en Sevilla. Karen era periodista del diario “The London Times” y Denis era fotógrafo de la revista “National Geographic”. Los dos sentían pasión por la comunicación, ella por medio de las palabras y él a través de sus fotografías. Se conocieron durante de Feria de Sevilla, en la Plaza de España. Karen estaba tomando notas para una crónica de su viaje, Denis estaba tomando fotos para un reportaje fotográfico. Chocaron accidentalmente, a Denis se le cayó la cámara al suelo, Karen se agachó para recogerla. Cuando cruzaron sus miradas, se echaron a reír. Los dos pensaron que fue una colisión del destino.

Pasearon juntos toda la tarde por el centro histórico y navegaron por el río Guadalquivir. Visitaron la Torre del Oro, la Giralda de Sevilla y el Puente de Triana. Al llegar la noche, cenaron en el restaurante del hotel donde se alojaban. Durante el café, hablaron sobre arte y filosofía. Ese fue el café más largo de sus vidas, sus manos acabaron unidas. Cuando acabó la velada, ambos se dirigieron cada uno a su habitación. Estaban alojados en la misma planta, sus puertas eran contiguas. Cada uno abrió su puerta, se miraron con un guiño y una sonrisa pícara. Al día siguiente, los clientes del hotel relataron que la noche anterior oyeron profundos y extraños suspiros.

En los cuatro días siguientes, Karen y Denis profundizaron en su amistad. Esos fueron los cinco días más felices que recordaban. Llegó, sin remedio, el día de la despedida. Karen y Denis regresaron a sus respectivas ciudades, a sus trabajos, a sus rutinas habituales. Pero se enviaron cartas mutuamente que lograron mantener el fuego de la pasión que les unía. Denis a Karen: “El sol que nos ilumina es el mismo, nuestros corazones están cerca”. Karen a Denis: “Aunque la distancia nos separe, nuestro amor prevalecerá”. Volvieron a verse al año siguiente, durante la Feria de Sevilla de 1960. Se amaron con el fuego de un año de espera, sus llamas quemaron el tiempo.

El mismo hotel, el mismo restaurante, el mismo largo café, mientras hablaban de arte y filosofía. Las mismas habitaciones contiguas, las mismos guiños y sonrisas pícaras, los mismos suspiros misteriosos. Karen y Denis no volvieron a separarse, contrajeron matrimonio en Sevilla. Regresaban todos los años, como la Feria de Abril. Este romance duró hasta la muerte de Denis, cincuenta años después. Denis fue enterrado en Sevilla, Karen fijó allí su residencia y visitaba con frecuencia su tumba. Siempre llevaba al cementerio dos tazas de café y hablaba con Denis. Antes de marcharse, limpiaba el abanico y las castañuelas que adornaban su lápida con un trozo de cielo.

Juanjo Conejo

Cuando la poesía muere, algo de nosotros también muere. Llevaba muchos días sin escribir un poema. Necesitaba desconectar de todo, hasta de mi pasión por escribir. Anhelaba observar la vida con detenimiento, recrearme con esas cosas pequeñas que se escapan de la mirada. Necesitaba respirar una taza de café. En el País Vasco había una cafetería que se llamaba Villa Paraíso, y hasta allí viaje desde Barcelona. Esta cafetería la regentaba Poesía, pero me gustaba llamarla Generosidad. Ella daba de comer a los pajarillos que llegaban hasta la puerta de la cafetería, y espantaba a las palomas que querían robar el alimento que para ellos había preparado.

Loca, Poesía estaba loca. En ocasiones, los pajarillos traspasaban la puerta y entraban dentro de la cafetería para oír a Generosidad recitar sus poemas. Los pajarillos estaban tan locos como ella. Un día, un pajarillo quedó atrapado entre unas sillas de la cafetería. Generosidad oía al pajarillo pedir socorro. Buscó al pajarillo por todos los rincones de la cafetería, no paró hasta encontrarlo. Lo tomó entre sus manos con dulzura, lo llevo hasta la calle y lo lanzó al aire. El pajarillo sabía que, aunque tenía sus alas heridas, Poesía lo amaba, eso sería suficiente para volar de nuevo. Poesía trataba a los clientes como si fueran pajarillos. Generosidad era sincera y cercana, agua cristalina.

La cafetería de Poesía era un pedacito de cielo en la tierra, por el precio de un café te regalaba un poema, lo escribía sobre una servilleta, para alimentar tu alma de pajarillo. Poesía era como el buen café, de aroma y sabor intenso. Generosidad era agua y fuego, Poesía era brisa y torbellino. Poesía era una mujer que no se rendía, su sonrisa era esperanza. La primera vez que Poesía y yo cruzamos las miradas, una chispa unió nuestras almas, esa chispa fue el preámbulo del beso que nos dimos tres días después. Y cuando nos besamos, yo también me volví loco. En una de esas tardes de verano, tumbados sobre la hierba, bajo la mirada del sol, Poesía y yo hicimos el amor.

Una mañana, me encontré la cafetería con la puerta cerrada. Los pajarillos en la acera reclamaban su alimento, como yo. Poesía había muerto, la vela de Generosidad se había apagado. Villa Paraíso fue un sueño glorioso y pasajero, un recuerdo que nunca caerá en el olvido. Una parte de mí se fue con Poesía, mi alma se quedó como un pajarillo hambriento. Abandoné el País Vasco con lágrimas que me impedían ver con claridad la carretera. El amor no cabe en el daño, se desborda inundando de llanto la mirada. Desde entonces, cuando regresa la memoria con su eco traicionero, añoro los pedacitos de pan de Poesía. Cuando la poesía muere, algo de nosotros también muere.

Juanjo Conejo

El tiempo se nos escapa de las manos, el tic tac del reloj de la estación es un sonido cruel. El nuestro es un amor imposible, condenado desde el principio a fracasar. Cada uno pertenece a un mundo diferente, nuestro primer encuentro fue un accidente. En mi mente, nuestra canción de piano, sus notas son puñales que me hieren con el filo de su melodía. Estamos esperando el último tren, y en la estación tan sólo tú y yo. El quererte me quema, siento que me arrancan el corazón. La miel de los últimos días me ha dejado un sabor amargo, cada una de tus caricias son roces de dolor. No soy capaz de besarte, sólo quiero abrazarte. Te miro a los ojos, espero ver en ellos una luz de esperanza. Intento retenerte con un abrazo, impedir que la distancia nos imponga su ley. Me duele tanto que no puedo llorar. Quizá en otro tiempo nuestro amor hubiera podido funcionar. Quisiera subirme a ese tren contigo, pero no puedo. Es imposible retener el viento, conservar el agua en un puño. Gracias por revivir en mí emociones que había olvidado, sentimientos enterrados en algún lugar del alma. Despertaste en mi corazón sensaciones de mi añorada juventud, tiempos en los que el amor no era tan complicado. Escucho el tren llegar a la estación, mi corazón a punto de sangrar, y tú te alejas, huyendo de mis brazos. Mi alma te persigue en tu rápido caminar, subes al tren, mis ojos nunca más volverán a verte. Sigo al tren con la mirada enrojecida, siento la rabia de la impotencia. Y mis labios tiemblan al decirte adiós.

De repente, aparecen mil imágenes en mi mente, sensaciones indescriptibles que jamás olvidaré. Te veo marchar, muero por dentro. Quiero correr, y no puedo; quiero gritar, y mi boca es muda. Debo tomar una decisión, es ahora o nunca. La vida nos ha dado una segunda oportunidad, ¿por qué desaprovecharla?, ¿quién puede prohibirnos el amor?, ese amor que esperamos toda la vida, con el que soñamos cada noche abrazados a la almohada y llenándola de lágrimas de soledad. Despierto de golpe, el tren ya comenzó su lento trajinar. Tú estás con lágrimas en los ojos, mirando el vacío, construyendo en el aire tu mundo y el mío. Y mis piernas se mueven, apuro el paso, acelero el ritmo, mirando el tren, como deteniéndolo con la mirada. Y corro, corro con todas mis fuerzas, corro con las ganas que me da nuestro amor, corro sin miedo a tu encuentro, sin pensar en nadie más que en nosotros dos. Subo al tren, que acelera su marcha, y alcanzo a tomar tu mano. Te miro a los ojos, y el encuentro se funde en un beso apasionado, un beso donde se firma el verdadero amor. Me siento a tu lado, viendo los paisajes del recorrido y disfrutando de este momento que el destino nos regaló. Hoy empezamos a escribir un futuro diferente. Tú, yo, y este tren que recién comienza su alegre recorrido, como nuestra historia de amor.

Juanjo Conejo

Pastora morena,
de mirada de seda
y de aura limpia,
escucha mi deseo:
pastorea tu rebaño
junto a mi castillo.

Pastora morena,
que te refugias del calor
en las sombras de las peñas
y que llevas entre tus pechos,
con todo tu amor,
a la oveja más pequeña.

Pastora morena,
ven a mí con la luna,
enciende la antorcha,
no te salgas del sendero,
y trae en un cántaro
el agua de los arroyos.

Rey mío, quítate la corona,
lavaré tu cabello con agua pura,
y bebe de la leche de mis ovejas.
Recoge cerezas en mis mejillas,
racimos de uvas en mis labios,
y sáciate de lo mejor de mis frutos.

Mi rey ya tiene en su cuerpo
la lana de mis rebaños,
que aprecia más que la capa,
bordada de oro, de su reinado.
Que mi amado descanse ahora
del fragor de sus batallas.

Mi rey se ha dormido,
alegre y sereno,
junto al fuego de su alcoba;
que no despierte hasta el alba,
que sueñe con su pastora
hasta que llegue la mañana.

Juanjo Conejo

Margarita de pétalos blancos,
tiemblan mis manos con tu fortuna;
eres la ruleta de mis dudas,
la espiral amarga de mi desvelo.

Me quiere,
no me quiere,
me quiere…

Margarita traviesa que, jugando,
se burla de la suerte del camino;
sus pétalos caen al suelo cantando,
anunciando con descaro mi destino.

No me quiere,
me quiere,
no me quiere.

¡Qué desdicha, qué llanto,
no me ama la dama soñada!
Arrojé la margarita con rabia,
llené de lágrimas el camino.

Pero otra margarita del camino
cautivó, de pronto, mi mirada;
con un guiño de buena promesa
y la sonrisa de un nuevo futuro.

No me quiere,
me quiere,
no me quiere…

Margarita de pétalos amarillos,
tiemblan mis manos con tu fortuna;
dame un abrazo de consuelo
y besa mi alma con alegría.

Me quiere,
no me quiere,
me quiere.

Margarita blanca,
de mala fortuna;
margarita amarilla,
de buena fortuna;

o viceversa.

Juanjo Conejo

Pisé una hoja seca,
dorada por el tiempo,
me ofreció su melodía,
mientras se rompía
en cien pedazos.

Una vida desgastada,
golpeada noche y día,
aprendió del sufrimiento
y te ofrece su sinfonía
en la cima de su ocaso.

Hay una bella partitura
en la gloriosa decadencia,
para el oído que la escucha,
es una estrella que se apaga
y deja una huella en tu alma.

Disfruta de ese canto,
de ese hermoso crujido
cuando caminas,
son notas de sabiduría:
no te rindas, no te rindas.

Aprieta en un puño
a la moribunda,
su alma tiene música,
te regala alegría,
no pierdas la esperanza.

Recogí la hoja del suelo,
¡eran cien pedazos!,
y los puse con cuidado
entre las páginas blancas
de mi libro favorito.

Juanjo Conejo

Fotografía: Irina Jalba Furtuna
Modelo: Mónica Ruiz Salazar

París, 1970. Le llamaban “El veneciano”, por causa de la ciudad que le vio nacer. Alessandro nació en Venecia, durante el viaje de luna de miel de sus padres, su madre llevaba nueve meses de embarazo cuando se casó. Alessandro fue testigo del apasionado romance de sus padres, hasta el último aliento de sus vidas. Ahora, y gracias a la educación que sus padres le habían provisto, Alessandro se había convertido en todo un caballero. Nunca faltaba una flor en la solapa de su chaqueta. Recibió formación en literatura y en música, por los maestros más célebres de París. Su lenguaje era exquisito y cortés, había maestría en su pluma, como la de los mejores poetas.

Alessandro lo tenía todo, posición social y belleza física, pero algo le perturbaba: había observado, en sus noches bohemias, centenares de esposas infelices, que en el pasado fueron el centro de los deseos de sus esposos y que ahora vivían en una silenciosa desesperación, necesitadas de ser amadas, reconocidas y apreciadas; mujeres bellas e inteligentes que, desde hace mucho tiempo, olvidaron la sensación de ser deseadas. El veneciano decidió convertirse en el amante público de todas ellas. Las cortejaría como a damas distinguidas, pero respetaría sus cuerpos, como si fuesen el territorio sagrado de sus maridos. Las llevaba al teatro, a la ópera y a exposiciones de arte.

Conversaba con ellas en las mejores cafeterías, de los temas que más les interesaban, ellas se sentían privilegiadas. Les enviaba ramos de flores con una nota, con palabras de admiración hacia sus facultades intelectuales y los encantos de sus rasgos físicos. No es exagerado decir que el veneciano amó a decenas y decenas de almas de mujer, pero Alessandro nunca tocó un sólo cabello de sus cabezas. Ellas tampoco intentaron ir más allá de las palabras y de los cortejos, sabían que Alessandro cortejaba a decenas de mujeres en París, pero se comportaban como si no lo supieran, nunca le recriminaron el hecho de no ser las únicas destinatarias de sus halagos y atenciones.

En el salón de la casa de Alessandro, un piano adornaba el centro. A ambos lados, había librerías con las obras de los mejores músicos, poetas y filósofos. Al frente, se encontraba su escritorio, en cuyos cajones guardaba las cartas de amor que recibía y una colección de plumas de diferentes diseños. Alessandro estaba sentado al piano. A su espalda, detrás de la cortina, surgió la sigilosa y silenciosa figura de un hombre que acertó una puñalada en la espalda de Alessandro. En su lápida estaba escrito: “Aquí yace el veneciano, el amante de almas de París”. En el interior del ataúd sólo se veía su sonrisa, todo su cuerpo estaba cubierto con las cartas de amor que había recibido.

Juanjo Conejo