Para Donovan, Jefe de Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles, todas las pruebas eran concluyentes: se encontraban ante un caso claro de suicidio. No había huellas ni signos de violencia en toda la casa. Un frasco vacío de veinticinco comprimidos de paracetamol (suficiente para causar la muerte) y una carta de despedida, ambas pruebas junto al cadáver, reforzaban la tesis de Donovan. El agente especial Cooper, tras un análisis detallado del escenario del crimen, exclamó: “¡se equivoca, Donovan, George Gordon ha sido asesinado!”.

Si bien no había signos de violencia en el lugar de los hechos, Cooper llamó la atención sobre la disposición de tres objetos que no guardaban armonía en su forma de estar colocados con respecto al resto de objetos de la casa. Gordon era un neurótico que situaba todos los objetos en el centro exacto de los espacios donde los ponía. El primer argumento de Cooper era que estos objetos habían caído al suelo durante un forcejeo y puestos de nuevo en su lugar por el asesino, sin que éste tuviera en cuenta la neurosis que padecía la víctima.

El carácter metódico de Gordon era una nueva pista. La víctima guardaba sin excepción todos los comprobantes de compra, así lo demostraba un cajón del escritorio que contenía los comprobantes de compra de los últimos cinco años. El comprobante de compra del frasco de paracetamol no se hallaba en el cajón del escritorio. Además, un análisis de los comprobantes de compra demostraba que no era paracetamol, sino ibuprofeno, lo que Gordon acostumbraba a tomar. Que el frasco de paracetamol fue comprado por el asesino, y no por la víctima, era el segundo argumento de la tesis de Cooper.

La tercera pista era la más sólida. Cooper comparó la nota de despedida con otros textos de Gordon que había sobre su escritorio. La escritura de Gordon era perfecta, ni una sola falta ortográfica en todos los textos analizados; pero la nota de despedida contenía muchas faltas ortográficas. Un estudio grafológico demostró que la escritura efectivamente era de Gordon. El tercer argumento de Cooper era que Gordon fue obligado a escribir la nota, y que éste cometió intencionadamente las faltas ortográficas con el objetivo de llamar la atención y poner a disposición de los investigadores una prueba de que su muerte no se trataba de un suicidio.

Los tres argumentos del agente especial Cooper convencieron a Donovan, el Jefe de Homicidios. Ambos concluyeron que Gordon había sido asesinado. Pero aún faltaba por descubrir quién cometió el crimen y el móvil del asesino. Cooper leyó de nuevo la nota de despedida, esta vez con una lupa. Comprobó con gran sorpresa que determinadas letras habían sido escritas con más presión, y que esas letras formaban un nombre: Claudia Paulson. Gracias al ingenio de Gordon, éste les había facilitado el nombre del culpable sin que la asesina se diera cuenta. Investigaciones posteriores pusieron en evidencia que Claudia Paulson fue amante de George Gordon. Los datos hallados a posteriori facilitaron pruebas fehacientes para Concluir el informe: asesinato en primer grado. Para el agente especial Cooper no existía el crimen perfecto.

Juanjo Conejo

Gira, gira, no para de dar vueltas la bailarina de la caja de música, quisiera detenerse, pero no puede, está en manos de un mecanismo de cuerda y de una mano que, una vez tras otra, gira la manecilla. Sociedad que no se detiene, los hilos del poder nos tienen suspendidos como marionetas, somos prisioneros de la repetitiva canción de una caja de madera cuyos barrotes son fuertes como el acero. Y la melodía prevalece sobre la libertad y nos hace danzar con zapatillas de ballet.

Pero un día, cansada la bailarina de su vida rutinaria, se soltó gritando libertad, y al vacío saltó desde el mueble donde la caja se hallaba. Sus miembros estaban entumecidos, no estaban acostumbrados al movimiento voluntario. No sabía exactamente a dónde ir, pues hasta entonces todo su mundo había sido una repetitiva melodía que sonaba sin parar en la cárcel de madera barnizada de la que por fin se había librado. Ahora, tenía un horizonte nuevo delante de ella, lo primero que hizo fue desprenderse de sus rígidas zapatillas de ballet presidiario. Al ritmo de otras canciones, comenzó la muñequita de plástico a contonearse. Y antes de que se pusiera el sol, su cuerpo había recuperado la flexibilidad de todas sus coyunturas. Pero aún quería más, quería recuperar el corazón que un mundo frío le había robado.

El mecanismo que hacía sonar la melodía que le había mantenido cautiva exclamó: “¡Es peligroso que rompas los patrones establecidos, tu seguridad está en la caja de música y, si posees corazón, te lo pueden destrozar en mil pedazos!”. La bailarina de plástico espetó al mecanismo musical: “¡Aunque el corazón me sangre, quiero libertad!”. Antes de que terminara de pronunciar las palabras, escuchó un latido bajo su pecho y, poco después, la sangre ya corría por sus venas y sobre todo su cuerpo brotó piel. Un sentimiento nuevo la embargó, se sentía sola en su nuevo mundo, ¿qué podría hacer? Y con esta preocupación, se echó a dormir.

Al amanecer, llegó la solución: “Llevaría su mensaje de revolución a todas las bailarinas de plástico que en sus cajas de madera musical se hallaban esposadas”. Pero el maestro artesano, el constructor de cajas y compositor de melodías hipnotizantes, no lo iba a permitir. Una legión de mecanismos musicales de acero, salió en busca de la bailarina para darle muerte. ¿Oyes cómo retumba ese sonido a lo lejos?, ¡millones de bailarinas pisan fuerte, llevan botas de soldado! La esclavitud no puede triunfar, se acerca el fin de los que a las bailarinas ponen grilletes de terciopelo.

Juanjo Conejo

Hay quienes se creen dioses. Si son dioses, son los dioses de la comedia. Entre tormenta y tormenta, guerra. La tierra está en el ojo del huracán. Y lo que escapa del huracán, se lo engulle el volcán. Planeta azul cubierto de nubes negras, nidos de cuervos sobre la cabeza de los hombres, el poder es el móvil de las dictaduras. Los ríos de sangre mueren en el mar de las lamentaciones, y en sus olas el grito de las víctimas. El cuchillo amenaza la garganta de los que denuncian la injusticia.

Dioses del mercadeo, ladrones de guante blanco, residen en un palacio, aunque los demás suspiren en habitaciones sin ventanas. Y nos hacen reír los payasos, para que soportemos la crueldad de la hipócrita democracia. Payasos que nos muestran su descarada sonrisa, aunque tengan las manos sucias. Leche a precio de plata, aceite a precio de oro. Y dicen con mueca burlona: “¡Sé feliz, puedes comprar pan! ¿Se ha quedado dormida sobre lingotes de oro la dama de la balanza?

La Constitución Española, ¿es el guion para un actor cómico? El artículo 47, ¿es un chiste de 1978? ¡Papel mojado, se desvela la realidad en la metáfora! ¿Quién despertará a la dama de ojos vendados?, ¿quién la indujo al sueño? ¡Un cuento, necesito un cuenco para las lágrimas! Luces de colores, que no pare la música, cantemos y bailemos mientras dure la fiesta, gastemos en alcohol la última moneda. Y, aun borrachos, la hoz se balancea sobre el alegre recinto del espectáculo.

Millones para la campaña, ¡ya comerás mañana! Fabriquemos armamento, hay que defenderse de los fantasmas y, si no existen, los inventaremos, daremos voces de alarma. Las risas de las hienas nos han cubierto de hiel. Mi discurso juega con rimas, pero lo poético no anula lo profético ni el argumento pierde el fundamento. La verdad amarga entra mejor con un poco de miel. Los campos están áridos, se acerca el jinete del caballo pálido. La muerte acaba con los más fuertes.

Una palabra, una piedra lanzada al agua, una onda expansiva. Treinta monedas de plata no pueden detener la onda conquistadora. Muerde la moneda, beso traicionero, comprueba si es falsa. Al final, los lobos muestran sus colmillos, aunque estén disfrazados de corderos. El cielo es la esperanza de los muertos. Aún estamos vivos, pero no hay frutas en los huertos. Un verso triste, otro verso triste. Y en el tercer verso, sus pies están sobre el universo. Llega la hora, la victoria de la onda.

Antes de que anochezca, lo dejo por escrito, por si mañana no despierto.

Juanjo Conejo

Todos aspiramos a dejar a nuestros hijos algo valioso cuando la muerte llame a nuestra puerta, algo material o intangible, pero que sea trascendental, una prueba de nuestro amor. Sobre este tema he reflexionado en muchas ocasiones, he meditado en esto profundamente. ¿Qué podré dejarte, hija mía, cuando parta de este mundo hacia ese lugar de donde nunca se regresa? ¿Podré dejar alguna herencia importante en tus manos? Tú sabes, querida hija, que la fortuna nunca me ha sonreído con bienes materiales, tan sólo con tesoros invisibles. He realizado un recuento de toda mi fortuna, acumulada en medio siglo de vida y que, a continuación, pasaré a describirte.

Mi colección de películas de cine, ¡me alegro tanto de que hayas heredado en tus genes mi pasión por el cine!, el cine es una ventana abierta al mundo, te enriquecerá mucho, y hasta puedes aprender historia y geografía. Mis mejores momentos los he vivido disfrutando del séptimo arte, sobre todo con las películas musicales. En segundo lugar, te dejo mi colección de música. La música no son sonidos, son las melodías de muchos capítulos de tu vida, las notas de muchos momentos especiales vividos a lo largo de tu existencia, sonidos que en muchas ocasiones te harán regresar a esos momentos felices que te resistes a olvidar. Y, por último, te dejo los derechos sobre todos mis relatos y poemas, en ellos he volcado mi corazón como si fuese polvo de estrellas. Para mí escribir es un placer, convertir los sentimientos en palabras es un reto que siempre me ha cautivado, y me gozo en gran medida cuando observo que tú también eres poseedora del mismo talento.

Mi huella la encontrarás inmortalizada en mi colección de cine, música y en todos los textos que escribí, para que cuando disfrutes de esta herencia, que con todo cariño te dejo, te puedas sentir muy cerca de mí, disfrutando del corazón de tu padre, aunque yo ya no esté presente, y revivir las emociones que tantas veces hemos experimentado juntos. Si alguna vez me echas de menos más de lo que se puede soportar, ve al río donde tantas veces nos hemos bañado, allí cierra los ojos, e imagíname nadando en el río de la vida, piénsame sonriendo, sabiendo que algún día nos volveremos a encontrar, en ese lugar donde el sol siempre brilla. En la orilla del mar también me encontrarás, en esas noches cuando la luna llena deja su reflejo en el agua. Cuando quieras recordar mi rostro, mira hacia las cumbres de las montañas, esa imagen que tanto me inspira.

Y ahora, ante todos estos testigos que leen mis palabras, confirmo mi voluntad para que tú, hija mía, seas la heredera de mi humilde fortuna, una herencia para caminar sobre la luna.

Juanjo Conejo

El próximo día 20/04/2022 ya no será obligatorio el uso de las mascarillas que desde el 20/05/2020 se hizo obligatorio a causa de la pandemia llamada Covid. Dos años de precauciones, temores y sufrimiento.

La Seguridad Social se puso a prueba y salió airosa, aún más, con el grado de excelencia. Médicos, enfermeras y enfermeros, todo el personal sanitario se expusieron , se excedieron en sus obligaciones, ¡gloria a la clase médica!.

Me recordaba Jaime vivencias de no hace tantos años y citaba con cariño al Dr. Tomé, médico que como decía el Dr. Marañón se sentaba en la cama a los pies del enfermo. Su sobrino el Dr. Ortiz que lo sustituyó y siguió en su misma línea. El traumatólogo Dr. Arribas y su esposa Ana Maria, ejemplares en su humanidad y atención. Me contaba Jaime que el Dr. Arribas tenía fama de estricto y exigente, que le operó el menisco interno de la rodilla derecha y al día siguiente en la visita sabiendo que le gustaba la radio afición le trajo la radio multibanda de su propiedad para que se distrajera. Habló encariñado del Hospital Valdecilla, de su servicio de atención domiciliaria, del ambulatorio que le corresponde y de los últimos médicos , el Dr. Panero, El Dr. Luis Sainz de Rozas ; seguía con entusiasmo y gratitud contándome sus experiencias y al verme callado me preguntó ¿»qué te pasa? «, el brillo de mis ojos se sumaba a todo un homenaje que suponía el relato.

El mundo se ha quedado sin energía como consecuencia de las últimas catástrofes climáticas. Internet ya no existe. Estos hechos han obligado, a los amantes de la lectura, a regresar al libro tradicional. Pero los libros están buscados como el oro, ya que las tres cuartas partes de ellos han desaparecido pasto de las llamas, por los incendios producidos en las recientes catástrofes naturales. Debido a la escasez del conocimiento impreso, ha nacido el oficio de “Los cazadores de libros”, gente sin conciencia, dispuestos a matar por conseguir un ejemplar, ya que los ricos de la sociedad han convertido la tenencia de libros en señal de distinción y en objeto de especulación económica.

“Los guerreros del conocimiento” se han levantado en guerra contra “Los cazadores de libros”, porque consideran que la cultura debe estar al alcance de todos, de pobres y de ricos. La gran batalla se avecina, pero el combate está desigual, ya que “Los cazadores de libros” tienen el apoyo económico de los capitalistas para la compra de armas. Setenta son “Los guerreros del conocimiento”, pero “Los cazadores de libros” son seiscientos. La victoria es imposible.

Entre tanto, la población mundial pasa hambre de literatura y añora aquellos tiempos en que los libros abundaban como las estrellas del cielo y la literatura impresa llenaba a raudales los estantes de las bibliotecas públicas. Si pudieran sentir por un instante el tacto de un libro, su olor característico y el sonido al pasar sus páginas, un sentimiento de felicidad les inundaría. Suspiran por abrir un libro, perderse en sus páginas y volar hacia otros mundos con la imaginación.

Un libro traspasa su dimensión corpórea, es mucho más que un ladrillo de papel, es un trampolín para elevar el espíritu, una plataforma para el lanzamiento de misiles literarios, una fuente que emana sabiduría, medicina para el corazón enfermo, compañía para los solitarios, aliento para los cansados, revelación para los buscadores de secretos, tesoros para los exploradores, grandes teorías para los pensadores, el manjar intelectual para los filósofos y el éxtasis sublime de los poetas.

Si “Los guerreros del conocimiento” quieren ganar esta batalla, tendrán que extremar la estrategia como arma alternativa de las balas. Querido lector, ahora es el momento para que el milagro se produzca. Voy a darte instrucciones para la estrategia. Busca tu libro favorito, bésalo para mostrarle tu inmensa gratitud y pon una rosa en su interior. Setenta besos, de setenta guerreros, sobre setenta libros. Setenta rosas, más potentes que las balas, y habremos ganado la guerra de los libros.

Juanjo Conejo

El camino del parque era de color dorado, el otoño lo había cubierto con lágrimas de árboles. Una hoja voló desde la tierra, impulsada por una brisa descarada. Voló desde la tierra y se posó sobre mi cabeza. Ya no quedaban hojas en los árboles. Tomé la última hoja entre mis manos y bailé sobre hojas crujientes. Bailé sobre un suelo dorado. Abracé el otoño, me inundé de su melancolía. Me revolqué sobre una alfombra nostálgica.

Entonces, como surgida de la nada, apareció ella, coronada con la fuerza de su alma valiente, vestida con la inmensidad del espacio infinito. Un aura celestial la rodeaba, de ese cielo tantas veces prometido. Sus ojos eran de primavera y sus pisadas hacían florecer las flores por donde caminaba. Su aura se expandió y me cubrió, me llené de paz. Le pregunté cómo se llamaba. Y con una voz dulce y potente, me contestó: “Primavera”.

Primavera me abrazó. Las hojas del suelo volaron hacia las ramas, vistiendo de nuevo los árboles. Ella pronunció mi nombre y las hojas se volvieron verdes. Nos cogimos de la mano y caminamos por el campo, hablamos de la vida y de la muerte, de la luz y de la oscuridad. Al llegar la noche, reposó su cabeza sobre mi pecho y yo acaricié su cabello. Rompí el silencio, le dije: “Pronuncia de nuevo mi nombre, suena a coro angelical”.

Ni luna llena ni refulgentes estrellas, nada podía compararse a la belleza que había en su mirada. Y la noche se volvió esplendor, tan sólo por el sonido de su voz. Su voz rompió mis cadenas y llevó cautiva a la oscuridad. Perdí el miedo a la tristeza, a la soledad y a la muerte, porque todo el poder del universo estaba en ella. La consolación de estar a su lado, me transportó de nuevo a los brazos de mi madre en el día de mi nacimiento.

Y lloraba como un niño, pero aquellas lágrimas eran de vida, de no poder contener en mi alma tanto amor. Primavera me cantaba y yo lloraba. Su canción era medicina para mis heridas. Primavera me acunaba y yo lloraba. Su canción era una luz en la oscuridad. “Déjala brillar”, me decía. Lloré hasta que llegó la mañana, vi salir el sol entre sus brazos. “Tengo que marcharme”, dijo Primavera con tono de lamento. Dolor en la despedida y una promesa: “Estaré siempre cerca, en tu corazón, la primavera la llevas dentro”. Y se marchó, dejando en mi corazón una mariposa. Desapareció de mi vista sentada sobre una nube, sin más consuelo que una canción.

Juanjo Conejo

La mano que acaricia al hijo recién nacido, es la misma que aprieta el gatillo contra los hijos ajenos. La boca que profiere palabras de amor, es la misma que ordena la matanza de inocentes. ¿Hasta dónde llega la oscuridad humana? ¿Nos llegará la luz cuando ya no queden semillas en los graneros, cuando ya no haya campos que sembrar? No somos dioses, no somos invencibles, ¿quién se cree semejante estupidez? Hay que releer la historia, ¿dónde y cuándo existió un reinado de tiranos que sobreviviera al clamor de justicia de un pueblo?

¿Qué decir cuando ya se ha dicho todo? El tiempo de las palabras ha pasado, es la hora de digerir los discursos en el corazón. La información inunda la mente, pero el alma sigue vacía. Palabras vestidas con diferentes trajes, pero todas inútiles. Empacho de propaganda política, de todos los bandos. Y una palabra sigue huérfana. Esa palabra se ha dicho hasta la saciedad, mucho se ha escrito sobre la importancia del amor. Y la palabra cae en sacos rotos. No es cuestión de más palabras, sino de hechos coherentes con ellas.

Una mirada al interior es lo que más necesitamos, para reflexionar acerca de quiénes somos y qué queremos. Las balas vuelan sobre las cabezas de nuestros hermanos, mientras bailamos en la fiesta de los ciegos. Hay quienes no tienen comida ni donde cobijar sus cabezas, pero no faltan cascos y fusiles para los militares. Sí, estoy cansado de palabras, porque la que más importa sigue gritando sin nadie preste atención. ¿Es amor mirar hacia otro lado, quedar callado cuando se debe gritar, mientras escuchamos el sonido de los misiles?

Y se construyen templos, se encienden velas y se reza a todos los santos; se fabrican armas, se venden y se compran, rendimos honor al dios de la guerra. El mundo no va bien, el mundo está al revés. ¿A quién le importa que nuestro planeta se hunda? ¡Somos ególatras, preocupados tan sólo de nuestro propio bienestar! No escribo este breve discurso desde el odio, sino desde el dolor que nace de la impotencia. Y expongo esta reflexión públicamente, antes de que anochezca. Diré todo lo que tengo que decir, por si mañana no despierto.

Lee, de nuevo, el título de esta columna. Léelo cien veces, si es necesario. Léelo hasta que sea imposible que tu mente lo olvide. Pero más importante aún, que no lo olvide tu corazón. Quien se queda en silencio, ¿podrá lavarse las manos?

Juanjo Conejo

Me gustaría informarle de un hecho que le puede parecer extraño. Comenzó la clase contándonos su amplia experiencia profesional. En principio, este es un discurso puramente informativo que, no obstante, en ese espacio que hay entre la intención del emisor y la percepción del remitente, se transformó en un mensaje emotivo, ¿por qué?, ¿me encontraba en un momento sensible? El hecho, aunque no sea digno de una noticia de interés público, es que se me saltaron las lágrimas.

He pasado demasiados años deseando un empleo acorde con mi talento. Y eso, desgraciadamente, no fue posible. En la exposición de su exitoso currículum, vi lo que me hubiera gustado ser a mí y que, por causas ajenas a mi voluntad, no pudo ser (ni lo será jamás). Seamos realistas, para la sociedad estoy en el declive de la vida laboral. Soy obsoleto, aunque sienta que estoy en el mejor momento de mi vida. Pero ¿quién convence al sistema?, ¿quién detendrá la maquinaria que convierte a las empresas en negocios sin humanidad?

Debido a los factores que intervienen en el proceso comunicativo, el éxito de un discurso no depende exclusivamente del emisor, sino de la adecuada disposición del receptor. Y en este punto, situamos la razón del éxito de un discurso que no estaba ideado para emocionar, sino para informar, gracias a tan sólo un eslabón de la cadena comunicativa, mi sentimiento de fracaso, con el cual no contaba el emisor. ¿Y si pudiéramos descubrir ese eslabón invisible de la audiencia?

Y en este punto del texto, en parte ensayo, en parte confesión, estoy obligado decir que, a veces, siento que he desaprovechado mi vida. No quiero morir con ese sentimiento. Por eso en estoy aquí, desenmascarándome delante de una hoja en blanco, para lograr el aplauso de este trozo de papel. Y esta hoja, que en principio estaba totalmente vacía, necesitaba de la inquietud de un comunicador. Esa inquietud abruma, esa inquietud apasiona. Mas para no caer en una ambición desmedida, existe el dolor comunicativo, la herida causada por la limitación de las palabras.

Este texto es un ejercicio de dignificación (o de rebelión), al decir con palabras escritas que no soy una máquina al servicio de los intereses económicos. Ahora bien, sin receptores se hacen innecesarios los emisores. Tú eres el epicentro del proceso comunicativo, de esa hoja que antes estaba vacía. Y si no capturo tu atención, soy ineficaz, aunque mis palabras sean de oro. ¿Qué efectos tendrá este trozo de papel, sobre el cual esgrimo una doble intención?

Juanjo Conejo

Estoy escribiendo estas líneas motivado por la gran admiración y profundo respeto que siento por el género femenino. Todos los días oigo los suspiros y lamentos (en ocasiones, los gritos silenciosos) de las mujeres en busca del amor. A estas alturas sería innecesario aclarar que, obviamente, hablo del amor, no de sexo, aunque prefiero aclararlo. He escuchado infinidad de veces, demasiadas a mi juicio, estas palabras en boca de una mujer: “Ya no existen los caballeros, ni los hombres románticos”, si esto fuera cierto, yo no estaría escribiendo estas líneas, porque nací con el romance en las venas. Sinceramente, no creo que yo sea el último hombre romántico de la tierra en peligro de extinción. Ya te has dado cuenta de que necesitas más que una noche loca de sexo, más que una aventura de usar y tirar. Necesitas un amor genuino y duradero, resistente al paso del tiempo.

Tú, como todas, eres una mujer en busca del amor, en busca de alguien que llegue con sus caricias a tu alma, que traspase con ellas tu piel. Tú deseas que él bese tu interior más allá de tus labios y que con su corazón llene el tuyo, no sólo tu vagina. Tú tienes mucho amor para ofrecer, pero demasiados hombres sólo esperan de ti que les des sexo y tus sentimientos más profundos poco o nada les importa. ¿Existen los príncipes?, yo creo que sí, pero debes comportarte como si creyeras que existen. Si te das cuenta de que a un hombre sólo le importas como objeto sexual, rompe inmediatamente con esa relación, a menos que tú también sólo busques sexo. Revalorízate, ten dignidad, tú mereces mucho más que un hombre que sólo quiera estar contigo para satisfacer sus necesidades físicas, porque eres mucho más que un cuerpo. Si abres bien los ojos, verás que aún quedan caballeros románticos. Ahora bien, si buscas a un príncipe, búscalo en el lugar adecuado.

Haz caso de tus alertas internas, en cuanto tu pareja te de signos claros de ver en ti tan sólo una forma de saciar sus apetitos sexuales, corta definitivamente esa relación. Espera siempre que él te dé muestras tangibles de que su amor va mucho más allá de los encantos de tu cuerpo, de que está enamorado de tu alma. Si te ama de verdad cederá a tus necesidades, estará dispuesto a sacrificar determinadas cosas, siempre que sea de forma razonable. Seamos realistas, el amor maduro, el que perdura, requiere pagar determinados precios. Si no hay sacrificios libres y mutuos, entonces tan sólo se trata de una barata imitación del amor genuino. Mujer en busca del amor, también existen hombres en busca del amor. Cuando encuentres a tu hombre romántico, hará que palpite intensamente tu corazón, elevará la temperatura de tu alma, y no sólo la de tu cuerpo. Y sus palabras sinceras se convertirán en el paraíso que siempre has soñado, te sentirás amada en cuerpo y alma.

Juanjo Conejo