La pandemia y las guerras. J. L. Quintana

Matilde IV

Francisco no llegó a la Residencia, Matilde atendida por Lucia en el desayuno, incorporada, con la taza de café en la mano quedó quieta y la mirada blanca; en el pequeño espacio de la habitación no se percibió más que el vacío absoluto que rodea a todo ser cuando su espíritu lo abandona. La taza cayó sobre la colcha y Lucía atenta reclinó a la difunta sobre la almohada.

Paquito subió al auto que lo esperaba en la entrada al aeropuerto, recorrida la corta distancia hasta la circunvalación en la que se reúne con la bajada del Alto el autobús sin frenos ni dirección pasó frente al cementerio y a pocos metros arrollaba el coche en el que Paquito y conductor, viajaban.

Lucia, la enfermera, era una muchacha con buena formación, cultural y religiosa. En su trabajo, se daba a los demás por vocación y sentimientos, nunca pensó en el premio, ni compensación, vivía y sentía satisfacción, contento, tranquilidad, alegría por lo que para ella era una misión. Ese día precisamente entendió el por qué de su existencia, comprendió su elección, esencia y fin . La enfermedad, las pandemias, el sufrimiento, la soledad, el abandono, quedaban fijas en su pantalla de lo cotidiano.

Miró por la ventana, el cielo alegre y luminoso celebraba este final y feliz momento,volvió a oírse el ladrido del perro, el rumor del río cercano, y las garzas bueyeras agrupadas en su vuelo anunciaban la partida. Se sintió movida a otro lugar, otro espacio, otra existencia. Sí, sí, como en un sueño pensó por unos instantes y creyó estar con Paquito Freire, se lo encontraba a la puerta de la Residencia, Paquito llevaba una rama con hojas verdes y olorosas y Lucía no tuvo ninguna duda, se dirigió a él y le susurró: “Mamá se ha ido ya”

Se inclinó sobre Matilde que parecía dormida, puso sus manos entre las suyas y acercó su frente; volvió a lo que creyó un sueño: Paquito le puso las manos sobre las sienes, se acercó y le dió un beso en la frente. Lucía cerró los ojos conmovida y transportada. Vió la Luz, a Matilde sonriente que con la mirada le explicaba todo, parecía vestida con tonos claros, el pelo rubio, cara juvenil y alegre, extendió la mano a su izquierda señalando a Francisco padre, Matilde madre y a su hijo Paquito. Siempre lo supo: la muerte corporal reúne, libera el ánima que pervive eternamente. Ahora ya, el retrato familiar, el que ayudó a llevar los días de angustia y soledad quedaba completo. Volvió la mirada hacia la pared, posiblemente fue la luz fuerte del sol de aquellos días el que había borrado las imágenes sepia del retrato.

Lucía llamó a sus compañeras y se dirigió a un pequeño oratorio raramente visitado; una mesa como altar y un Cristo al frente. Se sentó en una de las sillas como otras veces había hecho en sus ratos de descanso, miró al Cristo crucificado, la imagen se desvanecía lentamente y un niño sin brazos ni piernas la miraba tiernamente, de una nube de polvo surgió el carro de combate y una bandera de victoria empapada de sangre inocente era transportada por el caballo negro de la muerte.

J.L.Q.

El Cristo de Limpias. J. L. Quintana

Matilde III

El nombre del aeropuerto “Severiano Ballesteros” era nuevo para él. A la vista desde la escalera del avión, miró hacia el edificio de Capitanía de Raos, los palos de los barcos de vela; todo ello le volvió veinte años atrás, a su pequeño “Sun 2000”, a la vela de proa que le confeccionaron de encargo, verde y amarilla . Al cambio de la pala del timón, un poco más larga porque, según creía, el barco abatía con el viento de través por culpa de la pala original.

Francisco Isoba Freire, Paquito, descendió del vuelo procedente de Madrid; minutos antes la azafata había anunciado la proximidad del aeropuerto de Santander, reconoció las montañas sobanas, al poco la ria de Cubas, el puente de Somo, y un pequeño giro hacia el Noroeste le permitió contemplar la dársena de Puertochico, Portochico para los pejinos y desde las dunas de Mogro inició el descenso hacia el aeropuerto de Parayas. A hora tan temprana situaba al sol enfrente y en el giro de aproximación pudo ver la lámina de agua de la Bahía , quieta, brillante, solo los botes a remo, minúsculos puntos quietos, indicaban vida sobre la mar.

“Los músculos de las pìernas se deshacen como la mantequilla”, le había explicado la doctora, y usted lleva mucho tiempo sin andar, debe hacer ejercicio. Está libre del temido virus. Matilde Freire respondió con la mirada, con la mirada de la anciana cargada de pensamientos, dudas, tristezas y renuncias. Vivir feliz, con cierta paz y alegría solo se consigue compartiendo y ella vivía sola con la compañía en la noche de su sobrina; durante el largo día las imágenes del pasado se sobreponían a las del presente. Ningún interés por el espléndido cuadro de la bahía, los ferrys a Inglaterra o Irlanda, los cargueros repletos de autos que diariamente pasaban frente a su ventana; competiciones en vela, traineras en entreno, el barco de los prácticos del puerto en continuo servicio. Nada la distraía, solo sus pensamientos, el recuerdo de su hijo Paquito. Matilde tenía dos intercesores ante Dios,: sus padres, Matilde y Francisco. Y todos los días hablaba con los tres.

Lucía, la enfermera, pensaba en el “Cristo de Limpias”, el colocado sobre la cabecera de la cama de Matilde. Al entrar en la habitación fue la cruz de madera con el Cristo ennegrecido el que se impuso ante su mirada , no parecía colgado, ni contra la pared, era “una presencia” . Lo vieron las dos, Matilde levantó los brazos hacia el Cristo y una paz absoluta se reflejó en su rostro; sintió la caricia de sus padres y el perfume de hierba luisa inundó de nuevo la habitación llena de luz.

En Lucia se deslizaron dos lágrimas sobre unas mejillas temblorosas y sin ser muy consciente de sus movimientos, cayó de rodillas.

J.L.Q.

La enfermera. J. L. Quintana

Matilde II

Lucia, la enfermera de noche, eficiente y responsable, a las doce de la noche había terminado su “ronda”, pasado por todas las habitaciones comprobando, reponiendo y a los aún despiertos dirigiéndolos una frase cariñosa y esperanzadora.

Dejó para el final el encuentro con la recién llegada, esa primera visita podía ser la más importante, la que determinara una relación muchas veces de tal intensidad e intimidad, que la paz, serenidad y salud de la residente eran resultado de su empatía y voluntad, y a Lucía en eso no la ganaba nadie.

La habitación de Matilde, en planta baja al nivel del campo verde de estas montañas que siempre sintió cercano, seguía con la ventana abierta junto a la cama; una luna llena iluminaba suavemente la puerta de entrada en la pared opuesta.

Cuando Lucía entró la luna entera se ofrecía más allá de la ventana y el rostro de Matilde recibía el blanco azul reflejo de ese cielo que transformaba su rostro y le volvía a los ocho años cuando sentía el calor de la madre arropándola con cariño. Sombras sobre la almohada dibujaban aquellos tirabuzones rubios de su niñez. Ilusiones blancas inundaban la estancia.

La enfermera no soltó el pomo de la puerta que la unía a una realidad tangible hasta pasados unos segundos. Se acercó a la cabecera de la cama y puso suavemente la mano sobre la frente de Matilde que la miró sonriente y la dijo : “Huele a río, a vacas, se oye la llamada del buho y el ladrido del perro”
Fue una noche de confidencias, Lucia hacía su trabajo, al pasar por aquella habitación se detenía un poco más; Matilde, ochenta y ocho años no dormía, soñaba despierta, olvidando lo presente, recreándose en el pasado lejano…,añorando.

A la mañana Lucia terminó su trabajo a las diez y en lugar de volver a su domicilio como todos los días, se dirigió al piso de Matilde, habló con la sobrina y recogió varios objetos que creyó imprescindibles.

La noche siguiente Matilde durmió placidamente sintiéndose acompañada y querida. Se despertó con la luz del día y al mirar sobre ella pudo ver el Cristo ennegrecido clavado en la cruz de madera, se miraron y como siempre, entendieron.

Frente a la cama la fotografía: Matilde madre sentada, sobre sus rodillas Ella, Matildita, de seis años con sus pelo rubio y largo en tirabuzones y Francisco padre con su mano izquierda en el aire sobre sus cabezas en un intento de protección eterna.

Cuando Lucia entró en la habitación se miraron, miró al Cristo y sintió que la bendecía.

J.L.Q.

Matilde. J. L. Quintana

Matilde en su duermevela inducida por los medicamentos, decidió rendirse, abandonarse a la voluntad de sus cuidadores que aún desconocía .El cambio se produjo la tarde pasada; sintió su traslado a un nuevo lugar y en ese tránsito cerró los ojos , sintió el traqueteo , quizá de una cama sobre la que la llevaban a destino desconocido y no anunciado , Cuando se produjo el silencio abrió los ojos y como fue siempre su costumbre buscó con la mirada su crucifijo, el que siempre tuvo en la cabecera, un Cristo metálico, un poco ennegrecido por el tiempo sobre una cruz de madera a imagen de la que pudo ser la de la crucifixión. Matilde llevaba muchos años, desde la muerte de sus padres que diariamente lo primero al despertar era dirigirse al Cristo crucificado , doliente y abandonado . Y se entendían .

Hoy no encontró aquella cruz que encabezó durante muchos años el lecho de sus padres. Se sintió muy sola, un poco más sola que cuando en su anterior habitación, la suya, pasaba las horas en soledad , esperando ilusionada la entrada de un familiar que no llegaba. Sí la de aquel hijo por el que hubiera dado su vida y que un día se despidió para “vivir su vida” , de eso veinte años atrás.

Matilde tiene ochenta años de recuerdos, y son muchos . En su habitación anterior, en la pared de enfrente podía disfrutar la fotografía de sus padres. Francisco con su bata blanca de médico y Matilde madre, también de blanco como enfermera ejerciente. Sobre las rodillas de la madre, Matildita de cinco o seis años, cabellos rubios, largos en tirabuzones. Francisco padre alargaba su mano izquierda, el fotógrafo se adelantó en el disparo y la mano quedó en el aire sobre madre e hija en un gesto de protección que Matilde, con ochenta y ocho revivía diariamente .

Pasó su infancia y juventud en ese término rural donde ejercieron sus padres. Disfrutaban de un mini jardín y la dominante era una gran mata de “hierba luisa” que nadie tenía el atrevimiento de podar y su aroma inundaba el interior del domicilio y que los vecinos y paseantes dudosos miraban hacia la casa ; sus padres se asomaban por la puerta y los invitaban a cortar las olorosas ramas. Matilde niña disfrutó plenamente de una naturaleza viva y acogedora como es el de las montañas de estas tierras, montañas cuyas extensas y duras raíces unen el Norte con las tierras de Castilla hermana.

Esta terrible pandemia ha obligado a tomar decisiones dolorosas, unas prácticas sanitarias dudosas pero obligatorias, unos ambulatorios con el mínimo de atención, de rara legalidad, unos padres que no saben cómo solucionarán la atención a sus hijos si es que los colegios, dicen, cerrarán puertas y unos puestos de trabajo que según opinan los expertos, nada seguros.

Matilde ha pasado el día bien atendida. Desayuno, comida, merienda y cena, servidas con atención y cariño. Al marchar el sol y a través de la ventana abierta ha vuelto a conectar con la infancia y eso la ha hecho feliz y renovada: le ha llegado el cri-cri del grillo ¿Será el ismo de la infancia? y se ha visto transportada a su habitación de niña; ha oído unas voces y ha creíido sentir la conversación de sus padres.

¿Relato del olvido?. J. L. Quintana

La cuestión está en que la invitación al relato puede confundir al lector. Parece que relato puede ser cuento o narración. Entiendo por narración “Hechos”, acontecimientos reales que algún día, quizá lejano, servirán para conocer circunstancias, sentimientos, pareceres, opiniones, incluso sospechas, relatándolas como tales, para que el lector lejos de las informaciones interesadas no caiga en ese pozo oscuro de la información de la agencia informativa del momento que siguiendo indicaciones del tutor “relata” los sucesos que no podrán servir nunca de base cierta para la redacción de la Historia.

Los ambulatorios siguen “cerrados”, es decir, es obligado llamar por teléfono, pronto, a buena hora, es necesario que contesten y así le pedirán su número de teléfono para cuando dispongan de tiempo, contestarle y si lo creen necesario darles cita.

Personalmente no tengo ninguna queja, pero según los informativos se está produciendo un “rebrote”. De nuevo la alarma como la anterior. El miedo potenciado por esas noticias cada vez más angustiosas llevará a los hipo.. y a los demás a creer, puede ser, que el calor nunca sentido en esta tierra, les lleve a pensar en un posible contagio; estos y otros, con solo miedo podrían ser atendidos, en dependencia adecuada para ello separada del resto del ambulatorio, para tranquilizar a los enfermos de aprehensión que volverían felices a sus casas sin ayudar a “colapsar” los servicios de urgencias de Valdecilla y otros hospitales en España como dicen sucedió meses atrás. Y como ejemplo real el relato siguiente.

La madre
Estos días de Julio han llegado calurosos, la hierba ha perdido el verde característico en estas tierras de montaña, pero los árboles están espléndidos con sus grandes hojas, o pequeñas como la forsythia que ya floreció hace días y al atardecer llena de sol colorea de amarillo ese gran espacio que la rodea . Ya ayer habían caído por tierra parte de las flores y el círculo formado bajo el árbol hacían que el conjunto tomara vida propia y pareciera verse obligado a desprenderse, elevarse, separarse de una tierra inhóspita y agresiva en estos días de pandemia.

En Agustín aumenta el dolor, la depresión, hundimiento general, ese que afecta a la psique y al soma por igual. Si le llamo desde la calle alguna vez se asoma por la puerta medio abierta; viste una bata ajustada a pesar del calor, escucha silencioso mi saludo, levanta la mano en señal de agradecimiento y cierra de nuevo la puerta.

Agustín, mediana edad, vivió con su madre hasta hace dos años; su vida, su amor de hijo, ese sentimiento enraizado, firme, casi sostén propio le acompañó una vez casado. Muchas veces se refirió a su madre, “es mayor” me decía , vendrá a vivir con nosotros cuando acabemos de preparar la casa recién construida.

El virus mortal se llevó a la madre. Los protocolos de guerra aplicados –_¿Por orden de quién?_ así lo exigieron; priorizar en las atenciones sanitarias a los jóvenes. Se han diezmado los acogidos en residencias, se calcula, es posible que más, muchos más . Comprendo que Agustín esté abatido . Tengo su número de teléfono en lugar visible, solo le he llamado dos veces porque yo también necesito consuelo. El dolor ajeno permanece en mí durante mucho tiempo. La imagen del niño sin brazos ni piernas durante la guerra de Irak la tengo ahí delante y permanece.

 J.L.Q.

Soy responsable de mis silencios. J. L. Quintana

Esta vez voy a escribir como amigo, porque si voy a comunicar , a relatar lo que puede interpretarse como malintencionado o tendencioso por quien se siente aludido él o con los que cree que debe defender , solo me puedo dirigir en mi defensa como amigo , que obliga a la sinceridad, la verdad, la voluntad de que sirva para el bien general.

Suelo mandar estos “pareceres” al Ateneo de Santander donde los publican en su página web y yo, en mi creencia pienso que servirán de testimonio “cierto” de los acontecimientos en estos tiempos de confusión, de carencias, de temores, inquietudes ante un futuro que nos anuncian incierto, y que un temor al futuro político, económico y sanitario llevan a ese pozo “nocebo” a la mayor parte de la población.

Si España puede y debe presumir de algo, es de la S.S. sanitaria. Especialmente del Hospital Valdecilla en Santander, donde todo el personal sanitario, especialistas, enfermeras y demás cumplen su función de manera escrupulosa, magistral, cariñosa y atenta. No puedo recordar nombres me gustaría citar a todo el personal de la tercera y cuarta plantas, al personal de cardiología, Dr. de la Torre, a las extraordinarias, y esto es así, enfermeras como Lucia, Beatriz, al enfermero Salva, y me duele no citar a los demás de quien no retengo el nombre y no puedo más que mandarlos un abrazo de agradecimiento desde aquí. Valdecilla es un tesoro y España debe saber y reconocer lo que quizá en ninguna otra parte del mundo se puede encontrar.

Y lo anterior es lo que me impide seguir con una crítica que debo hacer, como ciudadano, porque al fin soy responsable de mis silencios, que servirían para ignorar una realidad hoy y en el futuro, como contribuyen a ello políticos, periodistas y manipuladores al servicio de quien no sabemos quién.

Los ambulatorios, para quien me lea en Hispanoamérica, son servicios sanitarios de atención primaria, están cerrados; abiertos únicamente para las citas acordadas previamente, con los que el enfermos, muchas veces inducido por esta alarma repetida constantemente en los espacios de televisión y radio, obliga al que se siente indispuesto a dirigirse a los servicios de urgencias del Hospital, Valdecilla en esta localidad. Así se explica cómo los hospitales de toda España quedaron saturados y esa alarma, mitad inducida, creció a estadios increíbles.

Gracias Valdecilla, gracias sanitarios en Valdecilla, incluso al personal del ambulatorio que al fin siguen instrucciones y que mis vecinos de Pontejos suponen, porque en definitiva todo esto no es más que el resultado de una política muy bien calculada para fines que desconozco.
En Marina de Cudeyo, entre buenos vecinos, amistosos y solidarios.
Agosto 2020. José Luis Quintana Mantecón

Necrológica. J. L. Quintana

Recuerdo a mi amigo Camporredondo fallecido en plena pandemia y cuyo funeral se ha retrasado hasta hoy.

“Te llamarémos todas las noches a ese lugar donde todo es Luz, donde nuestra Madre esperaba para volver a acariciarte como a un niño.,quererte y volver a jugar, porque eso es el Cielo, donde solo se puede hacer el bien, amar al prójimo y como ángeles que sois ya, escuchar nuestas inquietudes, temores y dolor mucho dolor. Nos estarás viendo a todos , Maria Aurora, Charo, Juan Ramón, Maria Aurora hija, Alfonso, Maribel, Juan Luis, Marimi, Lalo, Carmen, Mariví. Tito y Ana. También Rosa y José Ramón, Mary Pili, José Antonio, Maria Angeles, Estrella y Leandro, Ana-Serafín, todos lloramos tu salida a pesar de saber el premio que has obtenido recibiendo este ascenso celestial. Te llamarémos , te llamarémos…

Toño, nunca estuviste ni te sentiste solo porque hicimos todos juntos, durante muchos años, un camino: el camino eterno , el único que conduce al final que perseguimos; te mantuviste firme en esa senda, a veces dificil, pero única si queremos llegar a la Casa Eterna, donde nos están esperando . Toño, tú has pasado la última dificultad y ahora te veo feliz ,feliz eternamente ; te siento que sonríes, haces un gesto a Serafín, a Paco, a Pepe C a Benito y a otros amigos que se adelantaron; ahora sí que podéis ayudarnos. Sí ,ya entiendo, hay que pedirlo, lo que aquí decimos oración. Vigílanos, no nos dejes de la mano hasta que nos volvamos a encontrar . Te abrazamos. Julia

Desde una vida, madera y mimbre,
te alzaste en puntillas para alcanzar el Cielo, fuera del tiempo, en rara primavera .
Hojas secas inundaron los caminos
y la flor del almendro cayó prematuramente.
Tú, querido Toño , iniciaste otro camino.
Aguarda un poco , ahí por donde pasas
lejos ya de esta tiniebla extraña
en esa auténtica Luz que nos espera.
Entre notas del espacio y frutos de vida eterna , detente , un poco nada más , mientras llegamos y seguimos juntos por esa senda divina , celestial camino bien señalado en guiños del Universo que tú elegiste.

Julio 2020. José Luis Quintana Mantecón

Amenazados por la pandemia solo una familia recogió a su residente de los setenta alojados. J. L. Quintana

Todo fue una tristeza honda, fría y dolorosa y no llegó sola en un atardecer cualquiera algo se inició en un intento de poder ¿ O llegaron sin forma las crueles inquietudes ?
¿ Fué la edad ? ¿O el brillo del oro está apagado y ya no votas , viej@ ? Ahora veo.

Desde este nimbo , si tú lo pides donde no hay luz , ni color , dolor, ni frío si tu nos llamas , podrías mover montañas borrarías luchas y sanarían hombres.

Deja cuanto sufres , crueles llamaradas, inútiles odios , enojos destructores;
soberbias que confunden ; y con sabio gesto destrúyelas en ese tren de vuelta a la definitiva Casa.
Te estamos esperando, tu tren es rojo y amarillo y un nimbo infinito te arrulllará eternamente.

¿Por qué no nos llamaste querido herman@?
Estamos siempre esperando tu llamada
Tu pecho se llenó de crueles brasas
y el rayo de la desdicha recorrió tu cuerpo.
Aquí no votamos , viej@, vente, no temas.
Aquí empezarás tu vida eterna.
……………………………

Piensan que el virus ya pasó. Que el sol nalguero luce de nuevo Y se anuncia un tren llamado “playero” . Original oferta, singular destino:
Santander playa con artificiosa arena. Un espigón y un proyecto. Balneario ennegrecido.

Olvidemos los bosques y cuevas donde convivimos , las montañas verdes que nos sujetan unidos, la arquitectura fruto de los mismos canteros, nuestros antepasados. Espléndidos palacios y casonas.

El proyecto alegra; no son recién llegados, no son de ayer , son mas que vecinos , hermanos ; pueden tener aquí su casa , y siempre fué su hogar .
¿Exagero?, ¿O somos los okupas? Como extremeño en Cataluña o el andaluz en Vasconia? Confeccionaremos unas tarjetas identitarias con su leyenda como “Bienvenidos a vuestra casa, España ” “En este vuestro regreso,esperado ,podréis visitar gratis el Centro Botín , El Palacio de la Magdalena, Festivales , y os sorprenderéis al ver los mega autobuses que como el mal sastre los hicieron las mangas largas.

Guarda la tarjeta con la bandera de España de fondo y colocada en el parabrisas junto a la de la ITV, ayudarás a recuperar un símbolo de unidad de todos los españoles sin distinción de rancias políticas .

Julio 2020. José Luis Quintana Mantecón

Planeta Pandemia. Juanjo Conejo

Año 2050 d.C. Lugar: Planeta Pandemia. El planeta está dividido geográficamente en dos grandes extensiones de la misma medida. En la “Zona Azul” viven “los limpios”, en esta zona viven todos aquellos que lograron librarse de un contagio crónico denominado “el virus Omega”. En la “Zona Roja” viven “los contagiados”, en esta zona viven todos los que fueron infectados por el virus, cuyas condiciones de vida son infrahumanas. Y en medio de ambas zonas, está la zona fronteriza, llamada la “Zona Amarilla”, donde viven “los vigilantes”, un grupo policial, altamente adiestrado, que cumple con la misión de guardianes de la “Zona Azul”, impidiendo que “los contagiados” puedan pasar a la zona de “los limpios” y no la contaminen con “el virus Omega”. Los vigilantes llevan gafas que incorporan una tecnología secreta, con ellas tienen la facultad de detectar a los contagiados. En el planeta Pandemia existen dos mundos en uno, pero no clasificados por su nivel económico, sino por su peligrosidad.

Antes de esta pandemia el planeta se llamaba Tierra, donde el mundo estaba clasificado por su desarrollo económico y social. Cuando los recursos del planeta Tierra se hubieron agotado por causa del cambio climático, hubo que tomar drásticas decisiones, medidas desesperadas para intentar salvar la vida. El sol convirtió en desierto las dos terceras partes de la tierra y el agua se convirtió en la moneda de cambio más valiosa. La población comenzó a matarse entre sí para sobrevivir a la sed y al hambre, en este contexto brotó el virus Omega o “muerte lenta”, como algunos le llamaban. Cuando el desastre mundial parecía no tener vuelta atrás, como surgido de la nada, apareció “El Mensajero”, un profeta que decía traer la solución para evitar la destrucción total del planeta. Inspirados por el misterioso profeta, comenzaron a dividir a todos los habitantes del planeta Tierra en dos grupos: “los limpios” y “los contagiados”. Con el paso del tiempo se hizo inevitable crear el tercer grupo, denominado “los vigilantes”.

Los “contagiados” han burlado a “los vigilantes” y secuestrado al profeta que les inspiraba. El rescate: agua y comida para sobrevivir. Pero “los limpios” han decidido destruir a “los contagiados” para que el planeta Pandemia vuelva a ser el planeta Tierra.

Juanjo Conejo

Una Paloma Blanca. Jose Luis Quintana

Se ha quedado el cielo sin estrellas y la noche oscura nos oculta las esencias blancas . El silencio acompaña el pensamiento , solo la paloma blanca con un lento latido intenta hacernos creer en esperanzas de vida más allá de la pandemia.

El circo es ilusión, el mago no convierte el agua en vino, tampoco conoce el número de lotería del espectador de la tercera fila. Pero qué bien nos sentimos cuando el niño, a la salida nos pregunta ¿Y cómo lo sabe papá? Son ilusiones blancas, las negras si pudiéramos evitárselas…

El espectador espera que el payaso resbale sobre el agua caída, que el carablanca haga bien el papel de listo y así, la torta simulada, sonará más fuerte y reiremos más y con más gana.

El trapecista simula que resbala, suenan los tambores remarcando el peligro y el ejercicio se aplaude calurosamente.

Al último circo al que pude asistir se instaló en Maliaño fuimos familia y amigos. “CIRCO DREAMS” . Lo pasamos en grande, Menos yo, salieron todos a la pista, cantaron, rieron y hasta hubo tiros-simulados- Todo lo anterior porque ha cerrado “El Circo del Sol”; esta pandemia, muchos días sin ingresos no los ha permitido continuar. Como hace pocos días conocimos parte de la historia del payaso Rampin no he resistido la tentación de recordar a toda la familia Santos, Emilio con el nombre artístico de Rampín; sus nietos Pedro, Ramón y Javier Santos, octava generación. Viajan acompañados de sus padres Javier y Carmina, también para el circo Del Sol Cuando hablo de circo no puedo olvidar a Otilia, esposa de Emilio, chiquilla que pasó la guerra en Santander sola mientras su marido era reclutado. Se las valió y esperó; muchos años de hambre llegaron y aún así donó todo su dinero a la familia en Somorrostro, Mustik donde actuaban, que perdió a su hijo.

Me siguen gustando los circos humildes, pequeños ; los grandes no pueden competir con otras ofertas más del momento. Me alegra y anima su música su ropa de colores, sus caballos empenachados.

Un solar, cerca de la capital, sin costo, aseguraría la presencia permanente de uno de los varios circos que buscan lugar donde instalarse.

Con afecto. José Luis Quintana Mantecón