EL NIÑO DE LA CARA SUCIA. Juanjo Conejo

Un hombre (o mujer) se siente un fracasado sin un hogar donde cobijar y cuidar a su familia. Aunque el hogar no son los ladrillos con los que está construido un edificio, el cemento es necesario para dar forma a ese concepto al que llamamos “hogar”. La frase “el dinero no da la felicidad” se ha dicho hasta la saciedad, pero también es cierto que si no se pueden cubrir las necesidades básicas el dinero resulta esencial para llevar una vida digna. ¡Qué grandes son los ojos del niño de la cara sucia!

En la última década, se han producido en España más de 400.000 ejecuciones hipotecarias y una gran parte ha acabado en desahucio. ¿Los hombres no lloran?, lo hacen a escondidas, para que sus hijos no los vean, alguien en la familia tiene que estar fuerte, aunque sólo sea en apariencia. El desahuciado intenta sonreír, aunque los Derechos Fundamentales hayan sido pisoteados. La Constitución de 1978 es papel mojado. Y oigo el llanto, ¡cómo llora el niño de la cara sucia!

¿A quién le importa?, los políticos sólo manejan datos estadísticos, no se preocupan por conocer quien hay detrás de cada historia de desahucio. Cuando quieren cosechar votos, se meten en el papel de una persona preocupada por las necesidades de la gente. No ven al pueblo como personas que tienen unas necesidades que cubrir, sino como votos potenciales para conseguir sus propios propósitos. Y el niño de la cara sucia tiene lágrimas de hambre, ¿qué ideología le dará de comer?

Has llenado tus bolsillos de votantes hambrientos, ¿qué harás con ellos?, ¿serán tan sólo un juego de mesa? Y dejo de teclear, y extiendo mi mano hacia las servilletas de papel, y en la servilleta una frase: “Sonríe, hoy será un gran día”. Payasos de un circo llamado democracia. ¡Oh, gran ciudad de luces y desencantos, de colores y de lamentos! Puedes cerrar los ojos, pero el niño de la cara sucia sigue ahí; tápate los oídos e imagina las canciones de Queen, y Freddie Mercury te señalará con el dedo.

Que las semillas de mis ojos caigan sobre cemento y arena, que se conviertan en hormigón, en un hogar para el niño de la cara sucia. Este no es un relato de ficción, yo soy el niño de la cara sucia, ¿no ves qué grandes son mis ojos?

Juanjo Conejo

DE TECNÓFILOS Y SALMONES. Juanjo Conejo

Soy de aquellos a quienes les cuesta renunciar al acento del adverbio “sólo”, para distinguirlo del adjetivo “solo”, por más que la RAE diga que ya no es necesario hacer dicha diferenciación. Hay más cosas a las que me cuesta renunciar, quizá soy un salmón empedernido. No quiero renunciar al tacto y la fragancia de un libro, sustituyéndolo por el brillo frío de una pantalla. El brillo frío, tan atractivo y peligroso como el filo de una navaja. ¿Peligroso?, es un brillo que quema los ojos.

Brindo por esa época en la que tener un libro entre las manos era como tener posesión de un tesoro preciado, tesoro sobre el que podías subrayar o anotar, en definitiva, personalizarlo. Podías leerlo en cualquier lugar, aunque no tuvieras un portátil, un móvil o wifi. Era algo más que un objeto, aunque ocupara un espacio en la estantería. Todo en un pendrive es práctico, pero nada romántico. ¿Romántico?, ¡pues sí!, se establecía una relación emocional entre el lector y el libro.

¿Y qué pasa con los iconos?, ¿tanto cuesta escribir?, ¿es mejor un dedo hacia arriba que escribir “estoy de acuerdo contigo”? Si cada vez leemos menos y escribimos menos, ¿hacia dónde vamos? La pereza es enemiga del conocimiento. Esfuérzate en escribir, aunque sea una frase corta, deja los símbolos para las señales de tráfico. Con razón se cometen tantas faltas gramaticales y ortográficas, y nuestra amada lengua no lo merece. ¿Amada?, sólo por algunos, eso es lo que parece.

Más comodidad y menos conocimiento, una sociedad que avanza hacia el abismo de la incultura. Somos expertos en nuevas tecnologías, en un sólo (adverbio) clic tenemos el mundo en nuestras manos, somos los adictos de las pantallas. No me siento solo (adjetivo) en la lucha por mis ideales, aún quedan salmones que nadan contra la corriente, que no quieren prescindir de colocar una coma donde corresponde y de adornar una palabra con el acento que merece.

Construiré un puente,
lo haré con palabras,
alzaré sobre las aguas
un camino fuerte.

Juanjo Conejo

SILENCIO, SÓLO SILENCIO. Juanjo Conejo

Se le concedió un minuto de gracia al reo a muerte. Tan sólo había robado un mendrugo de pan. Un minuto para hablar libremente antes de morir. No dijo ni una sola palabra. Reinaba la expectativa entre los asistentes a la ejecución, pero el condenado dejó que el silencio llenara la plaza.

Lluvia, agua de lágrimas, el niño llora, la estrella se apaga. Viento, las esperanzas caen a tierra como las hojas de los árboles. Fuego, el anciano ha sido abandonado, queman las llamas el alma. No hay justicia, el mundo está en ruinas. ¿Quién levantará la voz a favor de los desdichados?

¡Zas!, el hacha cumplió la sentencia. Una cabeza más para el saco del verdugo. Saco de lamentos de los que ya no creen en la justicia, gemidos de dolor por un mendrugo de pan. Abre el corazón, si el inocente muere, algo de ti muere con él. ¡Súbete a un monte alto, tú que te crees defensor del pueblo, cierra los puños de rabia y grita de espanto!

Tráfico de armas, el negocio de las drogas, la noche cae segando la vida a millares. Petróleo, un juego de mesa para los que no tienen escrúpulos. Farmacéuticas, lo que el hombre es capaz de hacer por un puñado de monedas. La banca, constructores de lápidas para quienes no tienen donde vivir, un imperio más que se levanta sobre el fundamento de los desdichados. La corrupción política da de comer a los que han sido cebados para el día de la matanza. Este es el mundo en el que vivimos.

¡Bienvenidos a la ejecución! ¡Mirad como brilla el hacha del verdugo! Se le concedió un minuto de gracia al reo a muerte para alegar cuanto quisiera. El condenado selló su boca y miró hacia el cielo. Silencio, sólo silencio. ¡Zas!, el hacha cumplió su sentencia, una cabeza más para el saco del verdugo.

Aplausos en la plaza de la ejecución. “¡Dignidad!, ¡dignidad!, ¿quién conservará la dignidad humana?”, gritaba el profeta de las conciencias. Alza la voz y clama, tú que lloras por los afligidos, no dejes de anunciar que el sol de justicia un día amanecerá. Aplausos en la plaza de la ejecución; y en el cielo, silencio, sólo silencio.

Juanjo Conejo

EL SUAVE TACTO DE LOS TULIPANES. Juanjo Conejo

Mira los tulipanes, ellos están alegres, se han vestido de gala, a pesar de todo. Mira como levantan con esperanza sus cabezas, han alzado sus ojos y han puesto su mirada más allá de la alambrada. Aunque en la tierra hay gemidos de dolor, sollozos de niños que nadie escucha, en sus pétalos te ofrecen exquisita fragancia, colores vivos que son el gozo de tus pupilas.

Los tulipanes están cantando un himno silencioso, cierra los ojos, abre el corazón, y oirás la melodía: “No te rindas, sigue amando, aunque duela el corazón, el mundo necesita tu cálido abrazo. La tierra, el mar, el cielo, están esperando un beso reconciliador entre todos los hombres. No más sangre derramada entre hermanos, no más muertes llenando de huesos los valles.

Clava tu bandera blanca en la cima de todos los montes, desde allí envía señales de humo que se vean en todos los extremos de la tierra, un mensaje de socorro, un grito de auxilio. Mira los tulipanes, nos siguen ofreciendo aromas y colores para dar aliento a nuestros corazones. La vida es dura, como la piedra, pero en mis dedos puedo sentir el suave tacto de los tulipanes.

Juanjo Conejo

LAS ZAPATILLAS DORADAS. Juanjo Conejo

Beso irracional, un beso sin cordura, suspiro repentino, pupilas cubiertas con un velo acuoso, ríos de agua salada que no pueden detenerse, que mueren en la frontera de los labios, humedad de fuego, llamas de tortura, que martirio es estar enamorado de una rosa esplendorosa, extasiado por el hipnotismo de su fragancia, cuando esta es portadora de punzantes espinas, dolor profundo, que aguijonea el alma, que hace trizas el corazón.

Beso insensato, cielo e infierno, beso incauto, luz y tinieblas, beso imprudente, sol naciente, luna menguante, gozo y agonía dados de la mano. La vida y la muerte están en su boca, divinidad y humanidad entrelazándose, eternidad y mortalidad, pacto consensuado, medicina y veneno al mismo tiempo, fundiéndose en la lengua, desde allí a las venas, de la sangre al corazón, y su latido precipitándome al vacío, paraíso y prisión, calor y frío, me da la vida y me la quita, firmamento estrellado, abismo oscuro, y una daga que oculta en el escote, entre la exuberancia de sus pechos, arma mortal, instrumento a la espera del golpe definitivo, del acto traicionero.

Ella piensa que no he visto el rostro de la muerte entre los encantos de su cuerpo, me dejo llevar, amor loco, pasión ciega, ¿hasta dónde será ella capaz de llegar? Cierro mis ojos, expongo ante ella mi pecho, estoy en sus manos, confianza inmerecida, riesgo extremo. La tensión de la noche quema el aire de la sala, y la brisa fresca que entra por la ventana acaricia mi rostro, abro los ojos, y he aquí la daga ya está en su mano, preparada, lista para ejecutar su sentencia y dar rienda suelta a toda la maldad de su corazón, la de un alma inflamada por los celos. 1… 2… 3… Suena el campanario de la iglesia… ZAS! Movimiento certero, 4… 5… 6… Mi cuerpo se desploma en el suelo, 7… 8… 9… La sangre brotando de mi pecho, 10… 11… 12… Momento mágico en la medianoche, ¿está escrito mi destino?

Fin del repicar, silencio en la torre de la iglesia, mi cuerpo sobre un charco de sangre, mi alma flotando en el aire, millares de palomas blancas revoloteando, túnel de luz, alguien me espera más allá de esta dimensión. Un ser que resplandece como el sol me sonríe, me saluda, conoce mi nombre, me dice con dulce voz: “Tienes que regresar”. De nuevo en mi cuerpo, 1… 2… 3… Suena el campanario, han pasado dos horas, estoy inconsciente, en mis venas apenas queda sangre. Pero hoy no moriré.

Oigo violines, ¿estoy soñando o es mi imaginación?, veo una bailarina, su vestido es como el oro y está danzando sobre mi pecho, su baile es aceite en mi alma herida. ¿Quién es ella que se viste con la luz?, ¿una imagen del futuro?, ¿alguien que algún día conoceré? La esperanza se ha calzado zapatillas de ballet. Ella gira de puntillas sobre sus zapatillas doradas… Gira y gira… No para de dar vueltas sobre el profundo corte de la daga, cicatrizando mi corazón partido. La música no se detiene, mi vida continúa…

Juanjo Conejo

LA PALOMA, EL ÁNGEL Y EL POETA. Juanjo Conejo

Y la paloma voló veloz y certera como flecha de arquero, portando el alegre mensaje que todos esperaban: “El poeta ha nacido, con sus versos alegrará el cielo, el mar y la tierra, llevando la esperanza a los corazones decaídos, llenando de colores los lugares entristecidos. El poeta hará llorar, de emoción, de sentimientos, para declarar que el amor, ¡oh el amor!, nunca muere, resurge en cada palabra, en cada renglón se renueva, palpita a golpe de metáforas, llevando candor con cada estrofa y sueños guardados en los puntos suspensivos…”.

Y el poeta, ya convertido en hombre, alargó su mano, tomó la pluma que de niño le regalaron, pluma de reyes, de oro y diamantes, como corresponde a su linaje. Y el papel donde sólo había vacío lo llenó de esplendor, creando mundos con la imaginación, construyendo deseos hasta ahora dormidos. Así lo hizo hasta el día que su mano se volvió lenta y su alma sin inspiración. Entonces el ángel amante de la poesía descendió del cielo, y gritó al poeta: “¿Qué te pasa poeta nacido como regalo para la humanidad?”. Y el poeta contestó: “Me duele el pecho, mi pesar es grande, las palabras son pequeñas y enormes los sentimientos. Pobre es el vocabulario e infinitas las emociones, ¿cómo reflejar lo que siento, si me faltan colores para pintar en el lienzo?

Y el ángel tomó un vaso de agua, clara y pura, se lo dio al poeta y dijo: “Toma y bebe alma sedienta, aún te queda mucho camino por delante, y en los senderos encontrarás las palabras que necesitas, las verás en la sonrisa de un niño, en la mirada de un anciano, tu alma ingenua llorará, y esas lágrimas a tierra caerán, fertilizarán tu hoja de papel y las palabras aparecerán luminosas, radiantes como el sol, y al leerte la gente dirá: “Este es el poeta que nació rico, y pobre se hizo para enriquecer a la humanidad”.

En el cielo tres señales, una luna para la inspiración y los cantares, millares de estrellas para el destino de las artes, y un corazón que escribe, llueva o haga sol, para el gozo de los amantes. La paloma se posó sobre la cabeza del poeta que escribía emocionado, mansa y tierna, blanca, blanquísima, pura, genuina, transparente, despertando palabras medio siglo guardadas, convertidas en relatos, en poemas, en cuentos infantiles y en historias nunca antes imaginadas.

Si ves cansado al poeta tan sólo dile: “Adelante poeta de los pobres, ¡adelante!, aún te queda mucho trecho por delante, aún tienes que hacer llorar a los que tienen el corazón de piedra, a aquellos que están heridos, y cuyas almas ya olvidaron la sensación de unas lágrimas deslizándose sobre las mejillas, aún tienes que hacer sonreír a los que de las penas llevan mucho tiempo cautivos, para darles libertad por medio del arte de las letras y de las divinas palabras”.
Juanjo Conejo

BALADA DE UN ATARDECER. Juanjo Conejo

El viento mece las ramas, acuna las hojas ante mi atenta mirada, mientras el piano acaricia con sus notas mi alma, como el viento las ramas, como la brisa sus hojas. Delicias para los sentidos, vista y oído, y el corazón se ensancha. Es la ternura en melodía, en cada nota dice el piano “te amo”. Alzo la mirada, arriba azul claro, nubes blancas, son labios en mi pecho, son besos en mi alma, susurra el viento “te amo”, el tímpano y el corazón reconocen la medicina de las palabras.

Aves que danzan en el cielo, sostenidas por el poder de las notas, surcan el aire, sus figuras recortadas en el horizonte, murmurando con sus cantos que hay vida en el milagro de las palabras. Se alzan majestuosos los árboles, son fuertes sus troncos, sus raíces están firmes en la tierra, almas que prevalecen al paso del tiempo y no se avergüenzan de la esperanza. Almas que con sus lágrimas han sembrado amor en las notas de la sinfonía, cubriendo de rocío las teclas del piano.

El rocío sobre la hierba bailaba,

humedad y color de esplendor,

la estrella en el alba brillaba,

preludio de inminente candor.

 

Es amor, es vida,

es tu alma en la mía.

 

El agua de lluvia en su sonata,

sus gotas melodías entonaban,

las flores se vestían de plata,

de gozo las pupilas inundaban.

 

Es amor, es vida,

Es tu alma en la mía.

Juanjo Conejo

DON NADIE EN LA CIUDAD POPULOSA. Juanjo Conejo

Ciudad de artistas y de genios, de alegrías y de fiestas, pero no estás ausente de mal: hay familias que no tienen comida ni vivienda. Don Nadie, su esposa y sus hijos caminan sin rumbo por las calles, por aceras cimentadas de contrastes, ricos y pobres, pero todos vestidos de la misma manera, de fragilidad como el cristal. Piénsalo bien, mañana podrías ser tú. Don Nadie y su familia no saben dónde pasarán esta noche estrellada, de lamentos y de suspiros. Dormirán bajo un puente, cubiertos por un puñado de cartones.

Dormirán bajo un puente, construido por las manos de un político con la cara pintada de payaso, hipócrita que gobierna y actúa bajo la bandera del bienestar público. Ha salido el sol para todos, incluso para los que sólo piensan en llenarse los bolsillos. Don Nadie intenta sonreír, sabe que la vida es bella, que mañana será otro día, que no se rendirá, que no perderá la esperanza, aunque los valores más altos de la sociedad hayan sido pisoteados. Ciudad populosa, asfalto mojado por la sangre y las lágrimas de los desesperados.

Se respira fragilidad en la ciudad populosa, la fragilidad ruge como león en las calles buscando a quién devorar. Ciudad populosa, encanto de luces cuando cae la noche, urbe de lamentos, de gritos callados, de batallas perdidas y de causas sin nobles caballeros que las defiendan. La fragilidad no pasa de moda, cotiza alto en bolsa, porque don Nadie somos todos. Cierro los puños de rabia, siento la impotencia. Y una lágrima, que no es mía, se desliza por mi mejilla con solidaridad. Soy humano, soy don Nadie, mío es el mal ajeno.

Almas condenadas a remar en las galeras, somos esclavos del capitalismo. El monstruo del consumismo nos devorará sin remordimiento. Este no es un relato de ficción, la realidad empuña el arma contra la dignidad. Manos negras que ponen vendas en los ojos, para que podamos ver una película de final feliz. Y mientras unos tienen la boca llena de manjares, otros están obligados a beber vinagre. No hay nada nuevo, la historia nunca cambia. Bienvenidos al circo romano, bienvenidos a la ciudad populosa, el hogar de don Nadie.

Juanjo Conejo

NACIDOS PARA PERDER. Juanjo Conejo

Nacemos con todo, y todo lo perdemos en el camino. Y en ese embrión, todas las esperanzas, todo es posible para esa nueva vida. El mundo está a los pies del glorioso ser que acaba de nacer. Y luego, lentamente, todo es engullido por el mundo. ¿Quién podrá retener la riqueza con la que nació? ¿Quién podrá retener la fama o fortuna que acumuló? Tesoros que se oxidan y que, al poco tiempo, pierden su esplendor. ¿Quién será el sabio que vea la inmensidad en la pobreza? Y aquello que agarramos, nos empobrece; y aquello que soltamos, nos enriquece. Y lo que das, florece; y lo que retienes, se seca. Y con todo, no tienes nada; y con nada, lo tienes todo. Aún respiras…

Nuestro destino es perder, nadie gana la partida a la muerte. Nacemos con el sello de los vencidos. ¡Y qué si nos vence el amor!, pues su beso final, su beso funerario, será todo cuanto nos quede. Y así, revestidos de ese beso, ataviados como una novia, alcanzaremos esa riqueza que se esconde de la vista superficial del ojo humano. Y si estamos vestidos de amor, la fortuna la hallaremos en la derrota, cuando con las manos vacías, nos demos cuenta de que estamos en todo, y de que todo está en nosotros. Somos moléculas de la misma materia. Si una molécula sufre, toda la materia sufre; si una molécula llora, toda la materia llora, aunque no escuchemos sus sollozos. Aún respiras…

La vida surgió de la nada, de un acto de amor, como el embrión que crece en el vientre de la madre; y aunque el embrión no sea amado por su padre, la vida lo ama, el amor lo ama. Si el fuego de esa conciencia se prende en ti, no desearás mayor tesoro que saberte en los brazos de la eternidad, cuando el amor te haya dado el beso de la inmortalidad. El amor que hay en ti no puede ser destruido, del infinito viene, y al infinito va. El amor es la materia invisible de todo cuanto existe, el universo entero se sostiene por la ley del amor, la ley que todo lo conecta en armonía, esa armonía que el hombre se empeña en alterar. Y la tierra gime, porque está muriendo. Aún respiras…

Y si en ti no hay amor, ¿te besará la muerte? Y si en ti no hay amor, ¿cómo formarás parte del infinito? Los ojos se enrojecen, las mejillas se humedecen, cuando el alma comprende que unos bolsillos vacíos pueden estar llenos a espuertas; y que un cofre de diamantes, ahogado en telarañas. Sí, todo, absolutamente todo, lo perderemos en el camino, hagámonos pronto a la idea, tomemos pronto conciencia de cuál es la auténtica riqueza. ¡Qué importa perder, si nos vence el amor! Y me fundo en el armonioso caos de la inmensidad, en su perfección incomprensible, en su altura inmedible, en su profundidad inexplorada, cara a cara, sin miedo. Soy un vencido vencedor.

Juanjo Conejo

CRÓNICA DE UNA MUERTE INESPERADA. Juanjo Conejo

Se sentía joven y fuerte, creía que le quedaba mucha vida por delante. De repente, la amenaza de un diagnóstico: un cáncer. Se convirtió en testigo de su propia desgracia, en la víctima de una muerte inesperada, cuyo protagonista está en tu corazón. Entonces, ante sus ojos, en sus propias manos, la vida estalla en mil pedazos. Se aferra a un clavo ardiendo, sabe que su vida se acaba, pero quiere seguir viviendo. Resignación, impotencia, y sólo un fugaz suspiro le trae el alivio. Y yo, su hermano, sé que él somos nosotros, porque a ese puerto, tarde o temprano, todos llegaremos algún día.

Y su lucha se acabó, la noticia lanzó por la borda todos sus sueños. La marea de la vida hizo que su barco encallase en el último puerto, de donde nunca más volverá a partir. Sabe que está inspirando los últimos gramos de aire, que su sol se está escondiendo por el horizonte, aunque aún pueda sentir el tacto de una mano que aprieta la suya y oír el murmullo de una voz que le dice: “Te quiero”. Últimos rayos de luz que entran por la ventana, suficientes para que sus ojos puedan ver la triste sonrisa de un hermano que le da un beso de despedida y las gotas de agua que juegan en sus pupilas.

Muchas palabras se quedaron sin decir, sentimientos sin expresar, porque él estaba en los brazos de la morfina. Nuestra última conversación fue el silencio. Y te duele el pecho, y sangra sin que haya sangre, y la rabia convierte el corazón en un puño. Éramos muy diferentes, pero lo amaba y admiraba su talento. Me recordaba a mi padre, con el cabello espeso y negro como el azabache. Imágenes de la infancia y de la juventud registradas en mi mente, cuando la muerte aún estaba muy lejos, y la esperanza era como una niña que acaba de nacer y que tiene todo el futuro por delante. He dejado de teclear…

Y, sin embargo, aún suena la melodía en el piano, aunque ya no quede nada que decir. ¿Qué más puedo escribir sin que las palabras me parezcan pequeñas? Espero la inspiración para las últimas líneas… ¡Ojalá mis manos fuesen música y mis dedos desprendieran la fragancia de esas viñas en las que jugabas, y en el sonido de la brisa oyeras mi postrera muestra de amor! Sin discurso final, el aire acuna tiernamente las hojas de los árboles; y al igual que yo, ese es todo el consuelo que necesitan. He visto tu barco en el puerto, tiene las maderas rotas; pero yo haré que vuelva a navegar.

Juanjo Conejo