Tienes un pensamiento oculto que no te atreves a contar, posees un sentimiento secreto que no deseas desvelar. ¡Fiesta, el mundo es una fiesta de carnaval! Triunfan las máscaras del miedo. Y el mayor miedo es el miedo a nosotros mismos. Es muy duro mirarse en el espejo y darse cuenta de que no eres tan sensacional como otros creen, es más fácil ponerse una máscara ante la sociedad. Tenemos miedo a que nos vean tal como somos, nos cuesta aceptar esa realidad. Nos tenemos miedo, miedo a sacar al exterior nuestro auténtico yo con todas sus consecuencias.

Si la buena gente sacara al exterior todo lo que son (la mala gente con frecuencia lo hace) el mundo sería otro. Y esta es la sed del mundo: ser aceptados y amados tal como somos, por eso escondemos lo mejor de nosotros y lo tapamos con un disfraz, convirtiendo nuestra vida en un permanente carnaval. El mundo tiene miedo, miedo a una vida sin apariencias, porque las apariencias nos protegen, es demasiado doloroso que descubran que no somos tan excelentes. El miedo nos hace llevar la vida de otro, ese otro que no somos nosotros, ese actor de teatro que nos roba el yo.

Entonces, el yo escondido sueña, porque no le permitimos salir a la superficie de la realidad. Y para no perder la razón, nos dejamos llevar un poco por la locura. Esa locura nos salva de la dureza de la razón, esa razón que nos dice que esa persona del espejo no somos nosotros, sino una caricatura, una ficción llamada «nuestro yo ante la sociedad». Soportamos la teatralidad para no volvernos locos del todo. ¡Cuántos hombres sin escrúpulos con apariencia de bondad!, ¡cuántos mentirosos con apariencia de honestidad!, ¡cuántos malvados con apariencia de honorabilidad!

El mundo es un circo, los payasos triunfan, doña transparencia ha muerto. Ser tú es demasiado arriesgado, es ser un equilibrista sobre la cuerda floja, la cuerda de la aceptación de los demás. Ser tú es ser un trapecista dando el triple salto mortal, sin red que te salve por si te caes, porque en el mundo el puño triunfa más que el abrazo, la bofetada más que el beso. ¿No estás cansado de vivir a la sombra del personaje que interpretas? ¡Qué fuertes son las cadenas del miedo! Máscaras que se vuelven eslabones de una cadena oxidada por el tiempo. ¡Qué siga el espectáculo!

Juanjo Conejo

Don Pedro coadjutor de la parroquia subía al entresuelo del 16 frecuentemente después de su misa matutina y volvía en la tarde a la salida del rosario a pesar de tener que recortar el tiempo para confesiones , consultas , comentarios que a los feligreses les gusta compartir con el sacerdote , hombre prudente, parco en palabras trasmite confianza. Ha cumplido cincuenta y cinco y su dedicación a los demás, escuchar, aconsejar, le obligó a almacenar datos y confesiones secretas. Demasiada carga emocional. Caminaba despacio en la vuelta a casa, mirando al suelo mientras pensaba en tantos problemas ajenos.

Don Pedro subirá al entresuelo y a medida que se acerca al 16 su pecho se ensancha, respira hondo, levanta la cabeza y cuando María le abre la puerta, sonríe. No hay saludo ni palabras, esta casa es especial, también María, pronto llegará José su esposo y se reunirá con los tres Don Pedro ha pasado directamente a la habitación donde está Jesús de tres años. Sigue con su sonrisa, sonrisa de bondad y amor El niño sentado en el suelo tiene entre las manos un pajarillo de alas azules, lo coloca sobre el extremo de un pequeño columpio y lo empuja muy lentamente hasta que el poco peso del pájaro de algodón lo hace caer al otro lado. El sacerdote se ha sentado cerca, también en el suelo sigue sonriendo, ahora ya también los ojillos le sonríen y a María madre solo le falta su esposo que llegará en breve .Como otras tardes no se sentará, se tumbará, viene cansado, con las manos tras la cabeza, mirará al blanco del techo y se oirá un suspiro de paz. María y Jesús son su vida. El niño no habla, juega ininterrumpidamente con el pájaro amarillo de alas azules; se ha oído un sonido …, del niño, ha querido cantar …, y ha seguido con su columpio. José se ha levantado bruscamente y mira a Jesús, nada ha cambiado, el pelo negro ensortijado, tez blanca, la mamá le ha puesto unos calcetines gruesos de color amarillo.

Don Pedro se ha apoyado en la pared, también la cabeza, y mira a Jesús, María teje sentada en el suelo, José incorporado contempla su mundo feliz.
Ha pasado el tiempo, José ya no trabaja, María sigue tejiendo , Don Pedro tiene una lesión que le impide caminar solo. Puede celebrar la misa diaria y a la salida se le alegra el alma, vuelve a sonreir, Jesús, todo un hombre, le está esperando.

Nota: Solo cambié los nombres en el relato. Jesús hizo medicina, especialista en enfermedades tropicales. Sigue con su intenso mundo interior. En su profesión todo un genio. En la pandemia del 2021 fue consultado para el tratamiento de la enfermedad. Mi pensamiento en tanto niño olvidado a falta de calor y amor, tras esas alambradas con concertinas hay cientos de niños que necesitan ayuda, no puede existir un mundo feliz en tanto haya un solo niño abandonado.

Llegué al mundo a través de un círculo de oro. Me trajiste de la eternidad a la mortalidad. Y, de nuevo, me llevarás a la eternidad cuando acabe mis días. Ya pensabas en mí cuando contabas las estrellas. Me pusiste nombre cuando la tierra estaba inundada en agua. Cuando estaba en el vientre de mi madre no sabía el duro camino que me esperaba, pero me besaste al nacer, fue un beso de fuego. Y en medio del desierto, aquel beso me sostenía. Y en la cuerda floja, aquel beso me alentaba. Un beso de fuego es un beso de amor, aunque el fuego queme las impurezas en el crisol.

Más de cinco décadas para comprender que el amor es eternidad. Y, aún así, nunca llego a la línea del horizonte. Y, aún así, miro el bolsillo vacío y tú me dices: “¡Está lleno!”. Y sólo entiendo que tú estás en mí, que yo estoy en ti, que somos uno, que la muerte no vencerá a la eternidad, que el amor no puede ser destruido. Y, de nuevo, la pregunta rodeada de silencio: “¿Cuál es el propósito de mi vida?”. Tú mirabas el mundo desde arriba y callabas, mientras yo aprendía a escribir. Pasaron cincuenta años, y no encuentro las palabras que te expliquen, desconozco las medidas de tu magnitud.

Y escribo y escribo, como si un hambre de dar besos me poseyese. Pero yo no sé dar besos de fuego. ¡Ojalá, las palabras de tinta fueran llamas! ¿Dónde están las alas de las hojas de papel? ¿Qué quieres de mí, tú que nunca duermes? Te he visto en sueños, escuché tu canción, ¿o era realidad? Y tu voz, tu voz desnuda, no necesitaba artificios para ponerme grilletes, soy un esclavo voluntario de tus palabras de amor. En tus palabras, el bisturí del cirujano; en tus palabras, el bálsamo sanador. Y el mundo sufre cuando deja de sonar la sinfonía, esa melodía que tú no necesitas.

¿Qué átomo me volvió indivisible contigo? Espíritu o sangre, somos uno. Y si la lágrima de un niño que muere de hambre, no conmueve al extraño, ¿Qué los une? Podría escribir este texto con mi sangre, y muchos no lo entenderían. El mundo tiembla cuando nos creemos dioses, cuando queremos ser protagonistas de este circo romano. Tú ríes y otros lloran, mientras yo espero la sonrisa del universo en el filo de una espada. Las palabras son flechas, pero ¿qué puede hacer un arquero contra un ejército? Pero sigo en pie, por un beso de fuego. Al final, el amor vencerá, porque el amor es eternidad.

Juanjo Conejo

Naciste, abriste los ojos, el corazón del mundo latía esperando tu llegada. Bienvenido. En la vida puedes perder, puedes ganar, pero nada logrará arrebatar tu identidad, nadie conseguirá borrar la huella que dejaste en la historia. Quizá, hasta el día de hoy nunca antes te diste cuenta, ni siquiera lo sospechaste, que formabas parte de algo más grande, que te trasciende, que te eleva a un lugar donde lo que cuenta no es cuánto tienes, sino quién eres en realidad, sin disfraces, sin máscaras, tan sólo tú ante la gran verdad de que tu esencia logrará sobrevivir siempre, que será probada a fuego, fundida como el oro. Y al final, quedará lo más puro de ti, tu quinta esencia, la razón principal por la que naciste, si es que para algo importante llegaste a este mundo. El vientre de tu madre, tu mejor credencial. Y llegaste a la tierra entrando por la puerta grande, el círculo de oro.

Te ama, la vida te ama, te dice que no debes rendirte, que tienes que seguir adelante, que ella espera ansiosa tu victoria, pero sobre todo te susurra al oído que estará siempre a tu lado, que será tu luz en la más oscura noche. Hay una asignatura pendiente que aún debemos aprender, que el amor, si es verdadero, nunca se apaga, nunca se extingue, crece y crece, y como las llamas se propaga hasta incendiar toda el alma. Duele y decepciona, cuando descubres que no te amaron todos los que con tanta facilidad te decían lisonjas, que eran tan sólo hipócritas palabras. Vamos a ser fuertes, nos vamos a sobreponer, vamos a luchar porque aún quedan quienes nos aman de verdad, ellos desean nuestra felicidad, están a nuestro lado y sufren cuando las cosas nos van mal. Tú sabes que estoy en lo cierto, que te digo la verdad, que si miras a tu alrededor lo comprobarás.

La luz, el amor, conceptos de los que los insensatos se ríen, se mofan de lo que aún no han descubierto, pues todavía no han tenido la dicha de ser alumbrados. Mas tú apareciste como un rayo que de repente recorre el firmamento hasta llegar a la tierra, anunciando con truenos tu triunfal llegada. Bienvenido. Pero ¿qué buscas en realidad?, ¿ser el más rico del mundo?, ¿el más famoso?, ¿o tan sólo deseas un puñado de felicidad? Todos buscamos ser amados, aunque muchos no sean conscientes de ello, estos son los más ciegos de este mundo, e incluso los más pobres, aún no se han dado cuenta de toda la riqueza que tienen a su alrededor y miden la vida tan solo por lo material. Pero tú contemplas la magnificencia del cielo azul, te sobrecoges y sientes dentro de ti como la vida palpita. Entonces, una sensación de eternidad comienza a correr por tus venas.

La vida te abraza, bienvenido.

Juanjo Conejo

En el balcón de madera al Sur, bajo el alero, escogieron las golondrinas para hacer su nido. Los niños de la casa tras los cristales se hacían señas cruzando el índice sobre los labios, se miraban los tres aprobando la orden y seguían los continuos vuelos del rio al nido hasta que quedó terminado. Pero eso fue el año anterior porque este han llegado al nido hecho.

Se oyó la voz de la madre ¡¿qué estáis haciendo?!. Roque, Teresa y Lina se miraron, Roque debía subir las vacas por el camino frente al manantial de aguas tibias y tras media hora de camino se tumbará en el campo mientras pastan los animales. Roque ha ido a la escuela, sabe leer y escribir, y aritmética, que para eso tiene un buen maestro. Sus hermanas Teresa y Lina son menores. Teresa ha cumplido este mes doce años y Lina trece. En las mañanas llevan las vacas al rio a beber y por la tarde limpiarán el regato de la cuadra, las sujetarán con las cebillas y con el bieldo llenarán el pesebre con la hierba fresca que el padre ha segado esta misma tarde.

El molino está cerca y sobre la mula cargarán dos sacos de maíz y este será su mejor momento. Frente a las dos piedras molineras un banco largo servirá para una espera de cerca de dos horas; son varias vecinas esperando y este rato servirá para reír y soñar.

Han pasado los días, la gripe ha entrado traidoramente en una casa feliz. Las golondrinas han marchado; los milanos han migrado a otro lugar lejano y las tórtolas no volverán hasta el próximo año.

Mama ha muerto.

En el desván hay tres niños acurrucados junto al arcón, abrazados, en silencio. Desde allí oyen las oraciones, rumores, ¿dónde están los niños?
Lina ha bajado por La Hoz y le cuenta a Teresa que era ya de noche y a la altura de la fuente se le ha aparecido su madre difunta.
Teresita tiene ojos claros y el pelo un poco pelirrojo, en el pueblo le dicen rubia. Son las doce, no duerme piensa en la madre, en La Hoz, el camino a la fuente, solo viste un camisón y descalza sale a la calle y se va al encuentro con su madre.

Nota: Con el importe de la venta de la mula pagaron el pasaje de Roque hacia México. Las dos niñas iniciaron una nueva vida en Santander capital.

Érase una vez un cielo sin estrellas, porque la codicia y el odio gobernaban la tierra. El creador de las estrellas estaba muy triste, pues los pobres lloraban por un bocado de pan y los ricos derrochaban su fortuna en placeres. Eran tantas las lágrimas del creador que causaban inundaciones en la tierra, era tanto su dolor que se incendiaba el planeta. Un cielo, una tierra, una raza, un cuchillo en el corazón. Armas de fuego, planes de matanza, homicidio entre hermanos. Las manos manchadas con la sangre de los inocentes. Garganta seca de la humanidad de tanto clamar por justicia.

¡Oh, alma moribunda!, levanta la cabeza, que se vean tus lágrimas, escribe una carta al creador de las estrellas. No te rindas, escribe tu ruego con tinta de esperanza. Y el soñador escribió la carta con la sangre de sus venas…

“Amado creador de las estrellas:

Existe gran preocupación en la sociedad por si no habrá juguetes en las tiendas para los regalos de Reyes. No me importa, el que yo deseo no se puede comprar. A ti, creador incomprendido, te ruego que nazca una estrella por cada hombre o mujer que pida perdón, por cada hombre o mujer que perdone.

Mi carta es breve, como breve es la vida. Por esta causa, te la envío urgente.

Abraza mi alma en la noche fría,

El soñador”

Y cuenta la leyenda que aquella carta llegó a su destino. Y cuenta la leyenda que el deseo fue concedido, que había tantas estrellas en el cielo que parecía una montaña cubierta con millones de copos de nieve.

Y si los cuentos sirven para aprender, anota esto y recuérdalo antes del último viaje: “Pedir perdón y perdonar, libera tu destino”.

Juanjo Conejo

No necesitaba bienes materiales para sentirse importante, tal era su forma de ser, algo trascendental que tenía que ver con su más íntima esencia. La superficialidad de la apariencia no significaba nada para él, no le importaba la banalidad de la imagen, sino el valor del contenido. Buscaba en el espejo de los ojos que a todos delata, miraba a través de las ventanas que llevan directo al corazón, por si hallaba un alma como la suya en la profundidad de las pupilas.

Hay cuerpos sin luz, seres vacíos cuyo único objetivo es ver como pasa la vida. Existen almas que sólo viven preocupadas por la imagen que ofrecen a los demás. Vanidad de vanidades es vivir de las apariencias. Si no hay alma, no hay esencia, tan sólo queda lo efímero de las formas cuando están exentas de contenido. La esencia es inmortal, sobrevive al fuego y a las inundaciones, la esencia es aquello que continúa flotando después del naufragio.

El corazón late y no te das cuenta, contigo o sin ti la vida sigue, tan sólo eres una mota de polvo en el universo. Miras el cielo estrellado y, por más larga que sea la noche, te quedas asombrado de su belleza. Sabes que aun en la más densa oscuridad, triunfa la esperanza. Te lo dice esa misteriosa voz, te lo dice tu esencia. Cuando llega el alba, de nuevo naces tú, te llenas de fuerza con el canto de las aves de la mañana y de los primeros rayos del sol.

Y el día morirá en las alas de la esperanza. Y llegará la noche, rodeada de luna, coronada de estrellas. Caminará hacia ti con la majestad del crepúsculo. Esa noche un susurro penetrará tu oído, un viento suave y fuerte al mismo tiempo, dos palabras que nadie te dijo con el tono del fuego: eres eterno. Y las dos palabras, como puñales, se clavarán en tu corazón. Llorarás. Y una lágrima palpitará sostenida en el aire, en memoria de la inmortalidad.

Tus cenizas estarán esparcidas por la tierra y tu alma navegando en el mar, pero no morirás en su inmensidad. Cada gota en el océano es un cuerpo extinto, cada gota es un alma inmortal. Y a la muerte le nacerán alas cuando el corazón deja de latir, alas invencibles que ascenderán a la eternidad. Y se producirá el milagro, saltará una chispa, se oirá un trueno y un relámpago de amor triunfará sobre la muerte, es la eternidad de la esencia.

Juanjo Conejo

Como la luna, la historia tiene una cara oculta, un lado oscuro, y ahí se hayan escondidos muchos secretos cruciales. La historia es un río de tinta de verdades a medias, una fiesta de disfraces en hojas de papel que, tras las máscaras, esconde la esencia que lo explica todo. ¿Qué sintió Poncio Pilato cuando se lavó las manos públicamente?, ¿qué emociones experimentó Mahatma Gandhi durante “La marcha de la sal”? A la historia le han estado robando los sentimientos, esa parte jamás contada que, a mi juicio, es la más trascendente. Más importantes que los actos son los sentimientos, porque nos explican las razones de los hechos.

Despoja a la historia de los sentimientos y se convertirá en un frío tratado de matemáticas, en información sin corazón, carente de valor alguno para un correcto análisis de la evolución social. Olvidar los sentimientos que rodearon los acontecimientos, es olvidar la más apasionante parte de la historia. Existe una historia paralela no contada, que esconde grandes e importantes secretos, una historia oculta que nos ayudaría a comprender el motivo por el que sucedieron los hechos. Con esa historia invisible entre las líneas, la de los sentimientos ocultos, nos daríamos cuenta de que los héroes no eran tan héroes ni los villanos tan malvados.

La historia despojada de los sentimientos se convierte en una caricatura de la realidad, en una máscara que oculta a los demás la verdadera personalidad de los personajes que escribieron las páginas de la historia. No es lo que hizo Ernesto Guevara lo que más importa, sino porqué lo hizo, qué pasaba por su cabeza, qué sentía, qué emociones experimentó y cómo evolucionó internamente a lo largo de su vida. Esa realidad oculta nos ayudaría no sólo conocer los datos fríos de la historia, sino a comprender los hechos. Los sentimientos siempre están involucrados, y escriben su historia con una tinta invisible que se haya entre las líneas.

Lo más importante de la historia no son los datos superficiales, sino la información invisible que permanece oculta en la mente y el corazón de los protagonistas. Verdades, a veces, inconfesables. La historia es el camino que siguió la humanidad, pero el camino no fueron los hechos, sino los sentimientos que hay detrás de los hechos. Esos sentimientos son los verdaderos autores de todo descubrimiento, conquista e invento. Han estado arrancando páginas a los libros de historia, las más reveladoras e importantes. Y todas esas páginas han formado otra dimensión de la historia, que pertenece oculta como el lado oscuro de la luna.

Juanjo Conejo

A Juan Ruiz de Torres, creador de la Asociación Prometeo de Poesía – En memoria_ A José Antonio Camporredondo
A los caídos por el Covid

El tiempo no pasa para el ser que se ha querido. Fue ayer o quizá ahora cuando estamos juntos, Ángeles Reyes, tu esposa, Presidenta del Círculo de Poesía Prometeo, Ana Acosta viajera impenitente que hace presente la obra de su hermano, la novela , así como la donación de su biblioteca al pueblo de montaña de raíces árabes que lo vio nacer, tu hermano Josechu, Juan José, buen amigo, mi esposa Julia. Mejor compañía no es posible.
Te pregunté por los olvidos y afirmaste con la cabeza, pensativo. Quise hablar del autor chileno y te negaste, tardé mucho tiempo en entenderte. Leo tu poesía y la de Reyes y me vuelven las imágenes de la lectura en el Círculo de Bellas Artes en Madrid. A los que somos de pueblo no nos sorprende, nos paraliza tanta belleza literaria. Alguien recitó de Juan Ramón Jimenez:

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, Todas las tardes, el cielo será azul y plácido; y tocarán, como esta tarde están tocando las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado mi espíritu errará, nostálgico…
Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Tú no te has ido, ha quedado la magia de tu poesía y el duende que lo ha llenado.
«El poema responde al aliento de un auténtico poeta que dice lo que nadie ha dicho» Son tus palabras, Juan.
La magia, el duende y el aliento son tú mismo, sigues presente porque tu esposa Angela y nosotros te sentimos, te oímos y queremos ¿Qué ha cambiado?
De Leopoldo de Luis:

Miradle: es Prometeo
que en sus manos encuentra fuego y llama Poesía derrama y sus fulgores veo.
Es verso, es esperanza y es deseo
es Juan sencillo y es Torres de cultura
Erato se aventura
y va en su compañía
aunque mas bien es Angela diría
y es amistad segura.

A Toño , Juan Manuel y otros más, siempre presentes. J.L.Q.

El viento que agita una rama que espanta a un pájaro que vuela a otra rama. La otra rama que cae al suelo que está seca como la mano de un viejo. El viejo que camina despacio que pisa la rama que cruje en el suelo. En el suelo cruje la rama que se la lleva el viento. El viento que sabe que yo también seré rama seca como la mano de un viejo. El viejo me mira el viejo soy yo cuando pase el tiempo. El tiempo que sabe que soy pájaro que por el viento volará a otra rama. La otra rama soy yo que caerá al suelo que pisará un viejo. El viejo soy yo que llevo un niño dentro que escribo con la mano seca como la mano de un viejo que escribo despacio como el paso del tiempo que escribo palabras que crujen como la rama seca. La rama seca soy yo que cruje en el suelo. En el suelo quiero ser el pájaro que vuela de rama en rama que sólo piensa en volar o morir.

Morir, hacerlo en tus labios, aunque luego tenga que olvidarte. Olvidarte, volver a la vida en la boca de otra mujer. Otra mujer, tantos amores, tantos olvidos, tantos labios besos sin corazón. Corazón, protegerlo, vestirlo con una coraza. Coraza, de piedra y carbón. Carbón, de besos quemados, negro, como el abismo que hay entre los dos. Dos, dos bocas que al conocerse ya se piensan en despedida. Despedida, al darte la bienvenida, sabiendo que mañana me golpeará tu ausencia. Ausencia, morir nada más nacer, como niño prematuro que sólo vio la luz un instante. Instante, uno detrás de otro, de silencio que me trae tu nombre. Nombre, que perdura en mi mente, que me quema, y aun así he de seguir adelante. Adelante, querer olvidarte, a ti y al veneno, de ese carmín fulminante, que sin vacilar profiere palabras de amor que pronto se olvidan. Olvidan, que mi beso fue de niño.

Niño, buscando un nombre que perdure, de fuego, que queme este muro que llevo dentro. Dentro, tu pasión traviesa, de quien no sabe de las heridas. Heridas, de amor. Amor, que quiero arrancar de la memoria. La memoria, oh si quemara las falsas palabras, pronunciadas con ligereza, y si el cuchillo que levantas desde tus labios se volviera contra ti, lo pensarías dos veces antes de un beso. Beso, mis heridas, y vuelvo a la vida en los ojos de otra. Otra, de mirada inocente, de corazón puro, que sabe que dentro llevo un niño. Niño, que se niega a morir, que se levanta y comienza a volar. Volar, con la esperanza de que tal vez un día pueda olvidar. Olvidar, que soy la rama seca que cayó al suelo por el peso del pájaro que voló a otra rama espantado por el viento. El viento, el pájaro, la rama seca, el viejo que la pisa que camina despacio como el tiempo.

Juanjo Conejo