Lamentos de aquellos a quienes se le ha negado la justicia. Lamentos de los pobres que no tienen donde dormir. Lamentos de los niños que van a morir de hambre. Lamentos de los padres que perdieron a sus hijos en la guerra. Lamentos de los oprimidos por la ambición de los que ostentan el poder. Lamentos de las mujeres que son víctimas de la desigualdad. Lamentos de los ancianos que se sienten solos al llegar el final de sus días. Lamentos de la tierra que sufre la contaminación en aras de un falso progreso. Lamentos del cielo que llora el mal en el corazón de los hombres. Lamentos y más lamentos, hay un mar de lamentos.

Pero en la canción de un anciano y en la sonrisa de un niño, el poeta escuchó palabras de consuelo. Enjugó sus lágrimas, suspiró, levantó la cabeza y siguió caminando. Si su alma está rota, llorará en la soledad y el silencio, hasta que se inunde con la ilusión de un nuevo amanecer. Si su esperanza está abatida, sacará fuerzas de la debilidad, impulsado por el amor a la vida que persiste en su interior. Alza tus ojos y mira el esplendor en los campos, es la visión de un futuro en el que todo mal ha sido desarraigado. Habrá pan para los niños hambrientos y compañía para los ancianos solitarios. En un nuevo día, el fin del dolor y de las lágrimas.

El que escribe desde el corazón, se cansa del largo y duro camino, y busca un hombro donde apoyarse. En ocasiones, el dolor paraliza las alas y el desánimo abate el vuelo, el cuchillo no corta, porque el alma pierde el filo. Los habitantes del pueblo hicieron correr la voz: “¡El poeta está enfermo, ¡qué grande es el dolor de su alma!”. Los hombres le llevaron aceite; las mujeres, pan y leche; las viudas, atrapadas en un frasco, las fragancias de los bosques. Niñas, con flores enredadas en sus trenzas, le trajeron en sus manos el canto de los pajarillos. Y entre ellos se decían: “¡Salvad al poeta, no le dejéis morir! ¡Si él muere, moriremos con él!”.

El poeta, conmovido, susurró débilmente: “¡Soy feliz, a pesar de los lamentos!”. Todos levantaron la voz entre sollozos: “¡No mueras poeta, no mueras! ¡Si tú te vas, desaparecerá la belleza de la tierra!”. Y la lágrima que veloz corría por la mejilla del poeta, un anciano en su mano la recogió y a un niño la entregó. Y el niño, en honor al poeta, en el campo la sembró. El mar seguía arrojando sus lamentos, el triste rumor de las olas que cada día hacía eco en los oídos del poeta, porque el dolor formaba parte de la vida, como la sal era inseparable del agua del mar. Pero el poeta halló nuevas fuerzas en el amor que recibía de la gente de su pueblo.

Juanjo Conejo

Setiembre 2022

Asistí a la tertulia de los martes, cosa que no hago habitualamente si no hay un incentivo que me mueve de mis sostumbres en este otoño especial; han caído dos gotas tras una sequía interminable y los campos lo agradecen y lo muestran con ese vigor en el crecimiento de la hierba común, la de montaña, ancha y alta.

La vía hacia Soto de la Marina nos lleva hacia la casa de Armando. los campos dominados por el marfil de los plumeros nos delata el abandono de los cultivos, alguna parcela recién cortado el sembrado de los maices transénicos muestran la decrepitud de estas tierras que un día dieron muestra de su fertilidad.

Digo Padre Javier, porque así se le vió en su última misa el domingo pasado en su iglesia de San Francisco en Santander. Fué iniciativa de los fieles, sabían de su jubilación y por su cuenta organizaron una despedida. Javier habló, tras ventiseis años en la parroquia ,deja muchas huellas. Se vió alguna lágrima y muchos aplausos. Javier, la gente te quiere, le dijeron.

El Padre Javier ha pasado quince días en Cahecho, debía descansa, serenarse; dejará una parroquia y los fieles le echarán en falta. Son muchos años de labor ,entendimiento, comprensión y ayuda. Intervino en la construcción del edifico para la asistencia de afectados por el Sida, en Cajo. Alrededor de la iglesia nunca faltaron necesitados: droga, vagamundos, enfermos, abandonados por esta sociedad lejana a su propia realidad.

Muchas veces le ofrecieron la acción policial para la expulsión de estas gentes marginales, y siempre rechazó la oferta.

Javier tiene buen humor, es tertuliano agradable, es, listo y bueno. Me dijeron en una ocasión, dice, que Dios está en todas partes, le dije que sí, pero que más bien paraba en la iglesia.

Hace años, su madre asistía a la misa diaria, su padre guardia civil ya fallecido entonces lo veía desde el Cielo.

Este domingo, estaban los dos, padre y madre, Amparo y Miguel.

Y su hermano Carlos, y ella como siempre le hacía una seña con la mano.

J.L.Q.

Hagamos un funeral a la inocencia, aquella que perdimos con el paso de los años, mientras intentábamos sobrevivir en un mundo de adultos. Junto a la tumba de la inocencia, recuerdo aquellos años en que ella me daba de la mano y estaba presente en todas las cosas que veía en los interminables caminos de tierra que, entre paso y paso, me contaban historias de otros tiempos, hazañas de héroes de bravo corazón, para florecer la imaginación de un niño que crecía creyendo que los buenos siempre vencían. ¡Qué tiempos aquellos en los que la inocencia era suficiente para ser feliz y sonreíamos con los cuentos de brujas y las canciones de piratas!

La inocencia estaba en el corazón, cuando creía que era una conquista trepar hasta la copa de los árboles. La inocencia estaba en el corazón, cuando creía que las aguas frías de los ríos en los que me zambullía eran el elixir de la eterna juventud. La inocencia estaba en el corazón, cuando creía que el mar no tenía fin y que, vestido con uniforme azul marino, como un viejo capitán de barco me invitaba a navegar hacia islas desconocidas. La inocencia estaba en el corazón cuando, al contemplar la luna, imaginaba mil y un mundos de fantasía, lugares muy lejanos a los que viajar viviendo un sinfín de excitantes aventuras. La inocencia estaba en el corazón cuando, al mirar el cielo, veía en las nubes el caballo de un guerrero, la espada de un caballero o el arco certero de un valiente. La inocencia estaba en el corazón, cuando creía que mirar las estrellas me contagiaba de ilusión, para seguir creyendo en lo imposible y en un mundo mejor.

La inocencia ha muerto, lanzo sobre su tumba cien ramos de flores, de todos los colores, escogidas de mi jardín, seleccionadas cuidadosamente para la ocasión. Sopla el viento de otoño sobre el cementerio solitario de las inocencias muertas, cubriendo con hojas secas las lápidas agrietadas del suelo, sucios trozos de cemento que nadie se acuerda de limpiar y, aun así, pueden leerse las palabras que hay inscritas en cada lápida, el nombre de todas las inocencias perdidas desde que nacimos. El cementerio se ha vestido de color dorado, las hojas de otoño forman alfombras secas, tan secas que crujen al caminar sobre ellas, crujidos que son gritos desgarradores, de aquellos que aún esperan recuperar su inocencia. Millones de hojas secas crujiendo, sonidos de socorro, almas que se rompen, que claman al cielo por tener una nueva oportunidad. El viento es gélido, punzante soledad, espina clavada, corazón roto, alma a la deriva, espíritu que naufraga, mente habitada por las sombras. Y, en la noche más oscura, una luz de esperanza, casi extinta, brilla en un rincón del corazón, donde aún soy un niño, donde aún puedo creer que todo es posible.

Juanjo Conejo

Dicen que hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. Pero no hay un después en la tierra más allá de la muerte. Por otro lado, ¿cuánto dura un después?, ¿diez años?, ¿un día? Quizá, nunca haya un después que sea mejor que un antes. Tal vez, un después sea tan sólo un pensamiento luminoso que te ayuda a entender que el antes no era tan malo ¿Es la sociedad moderna más feliz que la antigua? Pudiera ser que ese después tan deseado sea algo tan sencillo como el agradecimiento de seguir respirando.

¿No es absurdo ser infeliz por no tener el último modelo de móvil o por no poder comprar ropa de marca? Existen trenes veloces que nos llevan en una hora de una ciudad a otra, pero hay que bajarse en la próxima estación, no es buena tanta velocidad. Pudiera ser que aún no te hayas dado cuenta de que tienes a tu alrededor una riqueza inmedible en algo tan sencillo como un bocado de pan. El mejor después que puedo desearte es que te sientas rico, aunque seas pobre. Hasta que llegue el día que apreciemos el valor de un vaso de agua, viviremos en un antes constante y oxidado.

Nada podemos hacer con el antes, nada podemos hacer con el después, sólo nos queda el ahora, ese ahora frágil que cambia a cada segundo, ese ahora vulnerable que no garantiza nada. La vida es ese segundo en el que uno es consciente de que está vivo y en el que se toma contacto con el alma y lo trascendente. Y la calidad de esos segundos de vida consciente no se mide ni por el éxito obtenido ni por el dinero acumulado, sino con la capacidad de evolucionar hacia los valores invisibles, los únicos que dan un sentido espiritual a la existencia.

Por lo tanto, el ahora inconsciente no tiene valor alguno a la hora de valorar el papel del antes maestro ni del después estratégico. No conviene caer en el poder de los ahora perdidos, pues son tan inútiles como los antes erróneos y los después desbocados. Sólo existe un ahora eficaz, esos momentos de luz que nos conectan con la eternidad que nos espera más allá de la muerte, porque son esos instantes los únicos que nos permiten moldear un después que esté en la línea de la dimensión intangible que nunca fallece.

Sólo en ese ahora consciente somos energía útil, esa energía que nos permite perdonar y pedir perdón desde el alma. El ahora sin amor es un ahora sin energía. Si no eres consciente de que eres un espíritu en un mundo material, los antes y los después serán intranscendentales.

Juanjo Conejo

Agosto 2022, segunda quincena

Ayer diecisiete una lluvia suave acarició los campos secos, amarillos, que no se corresponden con la imagen de esta tierra de montaña, verde y húmeda que nos acompañó siempre.

Curiosamente los maizales prosperan en su desarrollo, ya no oímos al campesino su preocupación por la falta de agua, el transgénico sigue otro ritmo, no necesita el agua que fue vida imprescindible para el grano autóctono. Las aves siguen fieles al mensaje transmitido: «no comáis de ese fruto».

La tía Nores ya no sale con el grano en el mandil y lo lanza a voleo a las gallinas pedresas sueltas por la alameda. El tío Julián ya no nos despierta con el martillo que golpea el dalle; tumbado sobre un lado en el suelo, colodro al cinto, sacaba la pizarra y la pasaba desde la punta a la madera sobre el filo golpeado de la guadaña.

La leche recién ordeñada, con su espuma, tibia como la ubre de la vaca madre ya no se consume y la harina obtenida en las ruedas del molino cercano, ya no existe; tampoco las boronas, amasado de la harina, agua y sal que colocada en el llar y se cubría con tapa de hojalata, y sobre ella las ascuas, rojas aún calentaban lentamente aquella masa convirtiéndola en el pan nuestro de cada día.

El anciano salía al banco de piedra, a media mañana, los vecinos lo saludaban con cariño y le invitaban a acercarse y así hablar, hablar despacio, no había prisas. Muchas tardes, recogidas las vacas, se jugaba a la brisca. Eustaquia era una maestra. Eustaquia sufría, estaba apenada, su hija embarazada, en aquellos tiempos, se vio forzada a marchar a la ciudad donde nadie la conocía. En el pueblo todos callaban, solo se hablaba de ello en las cocinas, silenciosamente. Pobre Eustaquia. Y pobre hija.

Este año 2022 es otra cosa. La residencia de ancianos está muy bien atendida. La impresión al visitante es muy buena. La sala de estar, de sección cuadrada, tiene dispuestas las sillas arrimadas a las tres paredes, no existe una cuarta, espacio que se considera entrada. Llama la atención el silencio, los asilados no hablan, parecen tener la mirada un tanto perdida. Entró de visita el hijo de Lucía «Hola mamá». Lucía le miró con expresión confundida, no dijo nada. El hijo insistió «¿No me dices nada?» Lucía siguió en sus pensamientos. ¿Estará recordando cuando el chico era pequeño y lo abrazó en la noche, lo vistió en la mañana y dio parte de su vida por él? Amor de madre.

Julián, hombre mayor, se acercó a la muestra de ordenadores. Le hizo una seña al presentador que tardó en atenderle. No estuvo atento y Julián le preguntó «Qué procesador lleva este ordenador?»

El vendedor reflejó cara de sorprendido «Perdone lo preguntaré,»

Agosto de 2022. Armando se disgusta por poco, y así sus berrinches los traslada a los amigos de la tertulia, amigos que hace tiempo dejaron atrás los enfados y sobre todo cuando la causa viene de declaraciones de famosos o famosillos que por su importancia social o profesional aparentan ser más creíbles.

En la entrevista con el siquiatra la gacetillera le pregunta por el sexo y por dinero. Y es así por lo que se enfada Armando,» ¿Cuantas veces practica sexo y cuánto gana? Y Armando cuando lo cuenta vuelve a enfadarse «No son preguntas «dice»

Los tertulianos, pillines, se han adaptado bien a los modos del momento; han aparecido l@s «influyentes» (dígalo en inglés), un@s independientes y otr@s al servicio de quien paga. Ahí encontrarán los «like» que llegarán a millones cuando la influencer ofrece sus nalgas a los que antiguamente se denominaba «respetable público»

El domingo pasado, qué casualidad, entrevistaron al famoso siquiatra. La lección fue clara: «en la pareja no hay que ofrecer lo que uno quiere sino lo que desea el otro» Y parece que tiene razón, en algunos casos, y si no lean o crean escuchar a mi amigo A. cuando sigue con la aventura de Juan, o mejor la aventura, así se decía antiguamente, de Marisa esposa de Juan en matrimonio canónico y civil.

Marisa le ha puesto los cuernos a Juan por lo legal eso sí, a cara descubierta, sin ocultaciones que es más feo. Raúl es amigo de ambos, de Marisa amigo y amante. Buena gente todos ellos, así las explicaciones fueron fáciles:

«Juan, Raúl y yo nos queremos, nos vamos»,
Juan los mira y aclara: «Si os vais yo me voy con vosotros».

Nota.-Dos mil cuatrocientos años atrás Abraham emigró a Egipto con su tribu y su esposa Sara a la que hizo pasar como hermana. Dice la leyenda que la belleza de Sara llegó a oídos del faraón que, era de esperar, se la trajinó. Todo esto coincidió con las conocidas plagas, ya saben, sequía, enfermedades y hambre. Y no había contaminación, ni carbón contaminante, ni…

Mi saludo a los bienaventurados que leen periódicos, oyen noticias…y se las creen.

En la puerta
de la eternidad,
en la pupila
del umbral,

se desvela
el secreto,
se formula
el milagro.

El brillo
de su mirada,
es un grito
de luz teñida.

Es la juventud
enfurecida,
en la muerte
dormida.

Es la derrota
de las cadenas,
entre las rocas
y las olas.

Celebra el mar,
con su espuma,
el fin del mal
y de la herida.

Creciente,
menguante,
constante,

en una canción
de dos lunas,
la abolición
de la oscuridad.

En su estela,
la vida fugaz,
como la estrella
audaz

que, en el universo,
al final de los versos,
con un beso
ileso,

muere,

con dignidad,
con claridad,
con gloria

y sin pena.

Juanjo Conejo

Un día, el sol miró a un águila y le guiñó de amor. Y el águila se enamoró del sol. El águila surcó el cielo en busca del sol, sin saber que se hallaba muy lejos. Y tres cuervos se burlaban del águila, entre risas le decían que nunca alcanzaría al sol, que era un viaje imposible. El sol sufría, porque no podía moverse para acercarse al águila. Y el sol disminuyó su intensidad para que su calor no agotara al águila. En mitad del trayecto, el águila perdió la fuerza y comenzó a descender en picado, se estrelló contra el suelo, se le rompieron las alas y perdió la consciencia. La eternidad emitió una palabra. Y el eco de la palabra, fue el sueño del águila enamorada.

La muerte estaba dormida, el sueño desvelaba el secreto del milagro. El brillo del sol, era una mirada que gritaba. La mirada, teñida de luz, era la esperanza del águila. La juventud del águila estaba enfurecida, era la impotencia ante el posible despertar de la muerte. El águila, entre las rocas, rompía con su pico las cadenas de la derrota. El mar celebraba, con sus olas, con su espuma, el final de las alas heridas. El vaivén de las aguas, era una canción de una luna creciente y menguante que abolía la oscuridad. En el pico y en las alas del águila, la vida era fugaz, como la estrella que, en el universo, al final de los días, muere con dignidad y con gloria.

Con el sueño del eco de la palabra, el águila comprendió que su fuerza no estaba en sus alas, sino en su corazón. Sacó fuerza de la debilidad y volvió a agitar sus alas. Reanudó el vuelo y ascendió durante horas y horas, impulsado por las alas de su corazón enamorado, para besar el sol, a quien tanto amaba. Cuando el águila acarició al sol con sus alas apasionadas, el sol formó parte del águila y el águila formó parte del sol. Ya no eran dos, sino uno. La hazaña del águila fue la solución para que pudieran estar siempre juntos. Ahora, el águila y el sol eran partes indivisibles el uno del otro, para que el amor que se profesaban sobreviviera eternamente.

Y yo, el testigo de esta historia, dejé este romance por escrito. Tan suave lo escribí, acariciando con la pluma el papel, y con tanta devoción, que pude ver cómo a la tinta le brotaban alas. Y la tinta, que tan sólo era tinta en las manos de este escritor, se convirtió en paloma mensajera, para portar a la posteridad la esperanza en un romance imposible. Y así, todos sabrían que todo es posible en el amor. Imaginad esta leyenda. Las cosas magníficas, ocurren primero en los sueños. No hay que perder el corazón infantil. El niño que llevamos dentro, sueña con un mundo perfecto. La fe en lo imposible, en la inocencia de un niño, es el secreto del milagro.

Juanjo Conejo

Coloqué mi mano sobre su pecho, su corazón no latía. Cogí su muñeca, no tenía pulso. Su cuerpo estaba sin vida en la orilla de la playa. Era una joven de piel morena y de belleza exótica. Su cabello era negro y largo hasta la cintura. Era como la mujer que veía en mis sueños. Leí la nota que había en su mano: “Paloma, me he enamorado de otra mujer. No me he atrevido a decírtelo cara a cara”. Junto al cuerpo de la joven, había un frasco vacío de una medicina que yo desconocía.

Las olas del mar, en su vaivén, mojaban los pies de Paloma. Me arrodillé en la arena y abracé su cuerpo, lo hice por instinto. Su cabello desprendía perfume de limón. Cerré los ojos e imaginé un romance con ella. Subió la marea, las olas llegaban a la joven hasta las rodillas. Estaba aturdido, ¿por qué me afectaba tanto su muerte? Miré el reloj, eran las siete de la mañana. Hacía una hora que vi el cuerpo sin vida de la joven y aún no había llamado a la policía.

No me fui de allí hasta que introdujeron su cuerpo en la ambulancia. Después, como hacía todos los días, continué con mi paseo matutino por la playa. Pero no dejaba de pensar en la joven. ¿Llegué tarde?, ¿me había enamorado de una mujer que ya no tenía vida? Mientras caminaba, imaginaba qué hubiera pasado si la hubiera visto antes de que se tomara esas pastillas. Si la hubiera saludado con una sonrisa y un alegre buenos días, ¿hubiera sido otro su desino?

¿Y si nuestro fortuito encuentro hubiera sido el comienzo de un romance de los que duran toda la vida? Pero ya no había solución, a menos que pudiera viajar en el tiempo para evitarlo. En ese caso, le hubiera dicho: “Paloma, merece la pena seguir viviendo, alguien te amará como tú mereces. El dolor pasará, no será para siempre. La vida es el regalo más hermoso. Volverás a sonreír, cuando pase la tormenta”. Pero ¿hubieran servido mis palabras para cambiar su decisión?

La vida continúa para los vivos, los muertos no van a la playa. Las olas van y vienen, nosotros nacemos y morimos. Entre tanto, nos aferramos a la vida con uñas y dientes, aunque el dolor sea una carga demasiado pesada. La brisa de la playa susurra un mensaje de esperanza. Sólo tenemos una vida, hay que amarla por encima del daño de las heridas. Oigo a lo lejos la sirena de la ambulancia, imagino que Paloma abre los párpados y descubro el color de sus ojos.

Y sigo caminando por la playa, haciéndome preguntas, entre lágrimas inesperadas.

Juanjo Conejo

No era un castillo de fantasía, pero en él vivía una pintora que tenía magia. Lenka pasaba todas las noches pintando, de su alma inquieta arrancaba los colores. Y en una noche de tormenta, quiso pintar sobre el lienzo los truenos, pero ellos no tenían forma, tan sólo sonido, ¿qué forma les daría?, ¿de qué color los pintaría? No se puede, en una pintura, dar sonido al viento ni forma a un suspiro. Pero la creatividad no tiene límites, en ese reino no existe lo imposible.

Lenka era tan mágica como la luna, en cada pincelada ponía el alma. Tenía el don de ver lo que otros no veían, tan sólo ella era capaz de dar color a lo increíble. En el último cuadro que pintó, se podía oír hasta el sonido de la lluvia y el choque del agua contra los cristales del castillo. Atrapó los sonidos con la paleta de colores y los pinceles. Con sus ojos, inmensos como el cielo, veía el color de la furia de los truenos y de la rabiosa sinfonía del agua. La tormenta amenazaba con destruir los ventanales de madera del castillo, de ese castillo que no era de fantasía.

El sonido de la tormenta era la melodía del desastre. Era una lucha contra el tiempo, el castillo de Lenka estaba en peligro. Era el momento idóneo para inmortalizar, en una pintura, la batalla. ¿Imaginas la estrategia? La pintora mágica se armó de valor, abrió uno de los ventanales y, con gran esfuerzo, por causa del viento, sacó su mano al exterior y humedeció en agua de lluvia sus pinceles. Después, sumergió los pinceles en pintura color carmesí, como la sangre de sus venas.

Seguidamente, pintó en el lienzo a un caballero que luchó contra la tormenta. Le puso espada y escudo. Y, el valiente paladín, a los truenos y relámpagos venció. El caballero de la tormenta, sometió al viento bajo la coraza de su pecho y, el guerrero pintado, más bravo se volvió. Tan intrépido se tornó el valiente durante la batalla, que intentó salir del lienzo, para dar un beso a la pintora que le dio la vida. Cuando Lenka vio la audacia del guerrero, se estremeció.

En ese momento, a Lenka se le ocurrió una idea extraordinaria: en un suspiro se fundiría con los colores, traspasaría los límites de la realidad, introduciéndose dentro del lienzo, tomando la forma de una bella heroína, que al valeroso caballero ayudase en todas sus hazañas. Lenka y el caballero de la tormenta se dieron un beso de bienvenida. Al otro lado del lienzo, se oyó el sonido de aquel beso. Lenka, más allá de la realidad, conquistó a sus admiradores. Después de esta hazaña, Lenka dejó una huella en el arte. Una huella con sonido, una huella inolvidable.

Juanjo Conejo