EL SOÑADOR Y LA SIRENA. Juanjo Conejo

Alejandro era un soñador que paseaba todos los días junto a la orilla del mar. Un día de verano, vio sobre una de las rocas de la playa una hermosa sirena que estaba cantando. Su cuerpo era plateado y tenía unos largos cabellos de color dorado que con sus destellos cegaban la vista. Se lanzó al agua y nadó hasta ella. Fue tan grande la admiración que sintió por ella que la invitó a pasar el día en su casa. Ambos nadaron hasta la orilla. Cuando llegaron a la arena, él la tomó en sus brazos porque la sirena no tenía pies para caminar. Fue tan grande la fascinación que sintieron el uno por el otro que la sirena decidió quedarse a vivir con aquel joven en cuyos ojos veía las estrellas.

A medida que fueron pasando los días la sirena comenzó a enfermar, pues no podía vivir sin estar en contacto con el agua. Pero la sirena no quería abandonar al muchacho de quien se había enamorado. Cuantos más días pasaban juntos, más enfermaba la sirena. Llegó un día que los cabellos de la sirena perdieron su esplendor, y su rostro se tornó como el de una anciana. Alejandro no sabía qué hacer, si retenía junto a él a la sirena ésta acabaría muriendo, si la devolvía a su mundo la perdería para siempre. De esta manera, ante la indecisión de Alejandro, la sirena enfermaba y envejecía día tras día, hasta que sus cabellos se tornaron blancos y su cuerpo se llenó de arrugas.

No pudiéndolo soportar más, el joven soñador se armó de valor y realizó un acto de amor, pues tomó a la sirena moribunda entre sus brazos y la devolvió al mar. Cada día Alejandro lloraba la pérdida de quien llenaba de alegría su corazón. Pasaron los días y las noches, pasó un año, y el joven aún pensaba en aquella sirena de cabellos dorados y cuerpo plateado. No podía arrancar de su mente el canto de la sirena. Llegó de nuevo el verano. El soñador volvió a su costumbre de pasear junto a la orilla del mar. En uno de esos días en que el corazón se llena de esperanza, Alejandro dirigió la mirada hacia la roca en la que había conocido a la sirena. Y allí estaba ella, resplandeciendo como el sol.

Juanjo Conejo

Y EL MAR SE ENAMORÓ DE ELLA. Juanjo Conejo

Los falsos amores lograron que Ella acabara recluida en su casa del mar, el sonido de las olas era su refugio, allí se sentía a salvo de nuevas heridas. Su casa, de grandes ventanales, miraban hacia el horizonte, hacia esa línea en la que se unen el cielo y el mar. Y en ese horizonte ponía sus esperanzas, el anhelo de un abrazo de amor eterno, el deseo del beso de un romántico enamorado. El aroma a sal la consolaba, el canto de las gaviotas alegraba sus mañanas. Pasó cuarenta días en la más absoluta soledad, sin más conversación que la que mantenía con el mar.

Paseos de ilusiones perdidas por la playa,
lágrimas que las aguas se llevaban.
El dibujo de un corazón roto en la arena
y sus uñas arañando una marca en la roca.

Y el mar se enamoró de Ella.

Una noche, una suave brisa entró por la ventana, una brisa que traviesa se posó en sus labios y jugó con ellos. Ella se desnudó seducida por la brisa y se tumbó en el suelo sobre sábanas de rojo terciopelo. La brisa juguetona acarició su cuerpo hasta que las banderas de sus torres se endurecieron de placer y su más íntimo manjar se humedeció esperando que la brisa la penetrara con su dulzura. Y la brisa la penetró hasta llegar al alma. Los suspiros iban y venían como las olas y la casa olía a sal. Y al llegar la mañana, las gaviotas cantaron una nueva canción.

Mar y arena,
naranja y azul intenso.
Tú y yo, sin pena,
bajo el cielo inmenso.
Dame olas, dame amor,
dame sal bajo el sol.

Y así ocurrió durante siete noches y siete días. La brisa se fue y nunca más volvió. Pero las heridas de Ella sanaron con la sal del amor del mar. Y ella abandonó su reclusión para emprender un nuevo camino. Ya no había dolor, no había miedo, sólo amor sin corazas dispuesto a arriesgar.

Juanjo Conejo

LA REINA Y EL CABALLERO. Juanjo Conejo

(Monólogo teatral)

Al lado de esa dama en cuyos ojos uno puedo perderse, pude sentir lo que nunca antes había sentido, un sentimiento difícil de explicar, invaluable, inmedible, un sentimiento que, por repetirlo, podría cruzar siete veces el océano. Jamás hubo en mí más intención que la de disfrutar de esa sensación de vida que experimentaba cuando estaba a su lado. Nunca me atreví a avanzar un sólo milímetro más allá del aura de la reina, porque su alma era de la raza de la pureza, y mis manos estaban manchadas con la sangre de la guerra. Me arrodillé y besé su mano, ese fue el momento más cercano y culminante.

Los últimos años de mi vida han sido más duros de los que un ser de carne y hueso puede soportar, hubo momentos culminantes en los que deseé morir, pero una fuerza invisible me trajo hasta aquí. Recientemente, tuve el privilegio de pasar el día junto a la reina de profunda mirada, era su forma de agradecerme la victoria de mi última batalla. Ese día lamenté ser un caballero y no un príncipe. Sólo hubo miradas, cercanía, confidencias, pero fue suficiente para que, después de tantos años, sintiera esa paz que es tan ausente en los campos de los que, probablemente, morirán.

Ese fue un día de miradas disimuladas, y de suspiros, muchos suspiros. Su presencia real era un cielo para quien había vivido tantos años en el infierno. Sus miradas angelicales traspasaban la armadura que aún estaba puesta sobre mi alma y hacían blanco en el mismo centro de la diana, en mi corazón endurecido por la guerra. No me atrevía a hablar, para no entorpecer la magia que ya había olvidado en algún rincón del pasado, desde ese día en el que murió la mujer a quien amaba. Corazón desgarrado, latido doloroso. Deseé tantas veces morir en mis batallas, era la única forma de volver junto a ella.

Deseé ver de nuevo a la reina, ser invadido por su cristalina mirada y envuelto en el abrazo de su dulce aura. Anhelé pasar la eternidad mirando el infinito de sus ojos, sin necesitar nada más que el brillo que emanaba de sus pupilas cuando, en un idioma sin palabras, me llenaba de esperanza. Mi alma sentada en un campo de amapolas, y en sus ojos el trigo dorado, pasar las horas con el misterio de un beso en cualquier hueco despistado del tiempo en el que ella olvidara que sólo soy un caballero. Y que las horas se derritieran en aromas, y el alma quedara suspendida en el aire.

Soñé otro día, sin más deseo que cruzarnos la mirada con espadas que no hacen daño. ¿Debía olvidarla?, ¿echar al fuego el pergamino de esa historia? Pero era un caballero forjado en mil batallas, no podía rendirme. Y ese día llegó. La reina reclamó mi presencia. Me ordenó que me arrodillara. Y luego, con unos toques suaves de la espada sobre mi cabeza y mis hombros, me nombró Príncipe Predilecto. Ese fue un momento de los que hacen leyenda y que atesoraré en mi corazón hasta el fin de mis días. Y hasta el fin mis días viviré junto a ella, porque este caballero llegó a ser el rey del imperio.

Autor: Juanjo Conejo

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LA CAJA DE MÚSICA. Juanjo Conejo

El mundo entero ha quedado en silencio al abrir la caja de música. Notas que dominan por entero mis sentimientos, melodías que despiertan mi memoria y la hacen viajar a través del tiempo. Cortinas de terciopelo rojo rozando mi rostro cuando miro por la ventana, gotas de agua deslizándose por el cristal, como el presente que ante mí desaparece, e imágenes del pasado cobran vida mientras contemplo la tierra seca que un día fue un bello jardín de rosas. Dejo caer mi cuerpo moribundo sobre el sillón, sosteniendo entre mis frías manos la caja de música. Mi cabeza reposando sobre la cálida tela del sillón, la bailarina girando sin parar, como mis recuerdos.

Hubo un tiempo en el que fui inmensamente feliz, las imágenes están claras en mi mente… Mi madre está regando el jardín de rosas, se vuelve al oír mis pasos y me sonríe. Ella se acerca a mí, sus manos acarician mi cabello, me besa, me abraza, me dice cuanto me ama. Mi padre está construyendo con madera un invernadero para las plantas, me he acercado para llevarle un vaso de agua fresca. Después de beber unos sorbos coloca su mano izquierda sobre mi hombro y me dice: “Hijo, la vida puede ser bella si tú quieres”. Mis hermanos están corriendo descalzos sobre el césped, sin preocupaciones, sin ninguna tristeza acechando. Luego, todos nos reunimos alrededor de la mesa, nos damos de la mano y damos gracias a Dios.

Ahora, las notas de la caja de música me hacen viajar a otra época, mientras la bailarina sigue girando… Mi esposa acaba de sacar del horno un bizcocho de limón, cuando me ve entrar en la cocina se lanza a mis labios, dejando en ellos su sabor de hierbabuena. Mis hijos están pintando con lápices de colores, y después me enseñan sus dibujos creyendo que son obras maestras. Les leo unos cuentos y les enseño a sumar cantando. Coloco mis manos sobre sus cabecitas, y les digo cariñosamente: “Hijos, la vida puede ser bella si vosotros queréis”.

La caja de música ha dejado de sonar, la bailarina ya no gira, tan sólo ha quedado en mí un enorme vacío. He vivido una larga vida, y he sufrido muchas desgracias. Hubo un tiempo que fui inmensamente feliz, pero ahora estoy completamente solo. Todos ellos, desde el cielo, seguro que pueden oír mis lamentos. Me levanto del sillón y me acerco de nuevo a la ventana, continúa lloviendo, y el cielo se ha cubierto de nubes negras, se avecina una tormenta. Tras de mí, oigo pisadas muy suaves, y una manita agarra tiernamente mi mano. Me vuelvo y es Ángela, mi nieta de cinco años. La tomo entre mis brazos y, aunque he intentado disimularlo, ha visto mis lágrimas. Con su voz dulce y angelical me dice muy suavemente al oído: “Abuelito, la vida puede ser bella si tú quieres”. La dejo de nuevo sobre el suelo y ella sale corriendo hacia la caja de música, le da cuerda y vuelve a sonar, pero esta vez sus notas me traen de nuevo al presente, a sumergirme en los inocentes y transparentes ojos de Ángela.

Descuelgo el teléfono y marco el número de la floristería… “Por favor, envíenme cuanto antes un saco de semillas de rosas”.

Autor: Juanjo Conejo

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Anagallis. José Luis Quintana

La anagallis rosada ha salido ya de entre las rocas, la anémona, la becerrilla de hoja estrecha y la margarita común. Los cerezos se han adelantado y hoy en La Montaña, principios de marzo, incluso en las altas praderas pintan de blanco el verde invernal.

La población respira tristeza, entre otras razones porque los políticos eluden, por sus cortos intereses, la Naturaleza de la que somos parte. Nace un nuevo día y una pequeña flor blanca, amarilla o rosa dará el color y vida que necesitamos.

La ardilla roja de simpática cola larga ya no se lleva las nueces ni corretea por mi tejado.
¿Dónde están las gaviotas blancas que me saludaban en su vuelo?
¿Instruyeron a los estorninos para que no volvieran?
Ayer un pequeña foca perdida se acercó a la orilla en La Magdalena.

Y al pie del acantilado de Cabo Menor un número grande de delfines parecían huir de algún peligro.

Parece que en nuestras montañas unos molinos eólicos ofrecerán una perspectiva nueva en sustitución de las aves migratorias que en nuestros atardeceres cruzan la bahía en su migración primaveral .¿Huirá también el cisne negro y su pareja blanca que frecuentan la Punta del Urro?
No queremos aprender que la Tierra ofrece y regala la Vida a todo ser vivo. No aprendemos, ciegos en nuestros propios y pobres intereses. Egoístas y ciegos, despreciamos el acto de mayor valor : la ayuda al prójimo, el deber con el hermano.

Esta terrible y prolongada pandemia deja al descubierto todas las villanías que el Hombre es capaz de realizar. Negociar con la salud humana merece la mayor pena. Y se está negociando.

Raul, desde el otro lado me relata su paso reciente durante estos últimos días y, como él mismo cuenta, intento ser fiel a su relato.
“Cinco años, dice, desde que murió mi esposa Nuria, de repente . No recuerdo aún cómo ocurrió. Perdiste el conocimiento Raul, me dijeron, pero yo sé que no. No sé si dormí y soñé  o bien volví a vivir, lo que ya habíamos vivido.

Me senté con Nuria en los jardines de Puente Viesgo; pescadores, veraneantes, chicos en bicicleta, el cartero, aire limpio, fresco y el rio testigo. Sé que era lunes, que el fin de semana lo habíamos pasado en el balneario, como tantas veces durante los siete años que llevaba en jubilación. A pesar de mi artritis de cadera que me hacía cojear; mi salud era buena y Nuria, cinco años más joven que yo, se vería obligada en un futuro próximo a llevar adelante la carga de la casa.

Todo se truncó aquél día oscuro, fatal. Recuerdo poco y de manera confusa: los vecinos, buenas gentes; un abrazo, qué se va a hacer, resignación. Me acompañaron; mi sobrina , su esposo , el niño . Sé que me centré en el niño y eso permitió abstraerme y huir de una realidad angustiosa .Un algo de fiebre fría , de sudor caliente , de murmullos que en el cerebro se confundían, se mezclaban con imágenes y datos ajenos al suceso, del vaso de agua. Gracias.

Debo sentarme, mis piernas, el cinturón, respiro mal No, no gracias estoy bien. Hasta mañana, si, sí, está bien, cuando quiera…
Me acerco a la ventana salpicada de la lluvia del Norte, gotas brillantes, luminosas, deformantes adheridas al cristal; miro la calle a través de las inoportunas lentes, salida de la ciudad, las vías del ferrocarril, los últimos vagones de un convoy pasan lentos, el final del recorrido está próximo y al poco se detienen definitivamente. Tengo frío y me duelen las piernas, con una silla alta podría sentarme y distraerme mirando la calle, los trenes. Estoy solo, muy solo Esta es la vivienda de mis sobrinos, hace dos años me pidieron vender mi piso , necesitaban dinero para unos pagos y también eso supondría vivir con ellos: mejor que solo, me dijeron.
Son las cinco de la tarde, a las nueve de la mañana creo, salieron los tres, no he visto ni oído a nadie. En la mesa el resto del café que han desayunado, busqué en la cocina pero no encontré el pan. Estoy muy flojo, aburrido y triste . Creo que me voy a la cama .
Esta habitación, interior, sin ventana…, y cuando lleguen pasarán y cerrarán mi puerta, como anoche, sin decirme buenas tardes, cenarán en la cocina sin llamarme.
Son muchos días sin moverme. No recuerdo haber ido al baño, huele mal, creo que estoy entre mis propios excrementos, envuelto.

Doce años, nada más, me separan de aquellos días de trabajo y que ahora echo de menos. Mi oficina, el control de venta, la sala de aprendizaje y uso de las máquinas . La puerta sin cortinas entrando la luz hasta el fondo. Las visitas, a la una del mediodía el niño que fue parte de mi mismo; una propinilla que nos hacía felices a los dos. Las visitas de amigos  son ya, solo recuerdos.

Hoy han encendido la luz de mi habitación, ya no controlo, no sé si ha estado apagada durante días. No tengo conciencia de la hora, tampoco sé si es de día o de noche. No siento hambre ni sed. Tampoco sé si he comido o bebido y cuando.
Creo que he perdido la vista, no sé si duermo, sueño o estoy muriendo y si este nuevo mundo oscuro es la antesala de la despedida porque algo nuevo está pasando; siento la mano de Nuria que acaricia la mía, no hay duda, como tantas veces, me revela que esto durará poco, todo está previsto y quedaré libre para siempre; hay movimiento alrededor y he podido, curiosamente, entender exclamaciones de asco o repulsa por algo que indican, inexcusable. En cualquier caso no tengo ningún interés ni en el presente ni en el futuro.

Hoy, he visto de nuevo a Nuria, mi esposa, sonriente frente a mí, cerca; me creí en la cama y ella a los pies cuidándome, pero no era eso: ha sonreído, ha hecho un gesto con la mano derecha “Te estaba esperando”. Ha cambiado mi consciencia . “Te esperábamos. repite” “Mira la iglesia, te querían”
Sí, oigo oraciones, música de órgano, la caja con lo que fue mi cuerpo y no siento nada, quiero decir, ni pena ni dolor.

Están mis sobrinos y el muchacho, conocidos, vecinos. Puedo recibir sus pensamientos. Está Felipe, empleado fie , lo veo con dos lágrimas, está recordando tiempos pasados, algo le preocupa, necesita ayuda.

Lejos ya el tiempo, aquí no hay tiempo, no hay terminación. En fracciones de segundo he comprendido todo: el tránsito, he reconocido el lugar de donde salí hace setenta y siete años. Mis amigos, familiares, vecinos que quise y me quisieron. Hemos vuelto.

Me siento con cierto poder, percibo el dolor y también la alegría de los que dejé en la Tierra. El piso de mis sobrinos y el niño. Limpian lo que fue mi habitación. Los veo un poco torpes. Reservan mi fotografía y hay cierta pena.
Es suficiente, desde aquí no hay castigo, si ayuda y mucho amor. Los ayudaré.
J.L.Q.

LA LÍNEA DEL HORIZONTE (Monólogo teatral). Juanjo Conejo

Estás llegando a la línea del horizonte, a ese espacio donde el cielo y el mar se unen, a ese lugar que siempre soñaste, tú misma me lo contaste cuando eras una niña. Sin embargo, hay tristeza en tu rostro, no encontraste lo que con tanto anhelo buscabas y te olvidaste que dejaste atrás a aquellos que tanto te amaban. Vuelve, amiga mía, te estoy esperando con los brazos abiertos, mi cálido corazón será tu hogar, ese lugar donde te refugies de las tormentas. No tienes que soñar más, mis manos están aquí, ¿no lo ves?, aún no te has dado cuenta que yo soy el fin de tus sueños, el inicio de tu realidad.

Ven, amiga mía, vuelve pronto, paso frío en la noche, mi corazón también busca una línea en el horizonte, un lugar de bellos sueños, pero ese lugar eres tú. Mi silencio grita a los cuatro vientos tu nombre, mis ojos te buscan constantemente en medio de la oscuridad, el brillo de tus ojos para iluminarme. Me lanzaré al mar, nadaré hacia esa línea del horizonte a donde escapaste, a ese paraíso que por mí cambiaste. Te llamo en medio del océano, la luna y las estrellas son testigos de mis gritos. Regresa, amiga mía, yo soy tu línea en el horizonte, yo soy el sueño que llena, yo soy agua estable para tu boca sedienta.

Y cuando ya no quedan lágrimas en el corazón, tan sólo queda en la boca un amargo sabor, un triste recuerdo. No tiene que acabar así, si tú no quieres. Mis intenciones siempre fueron limpias, en mis labios nunca encontraste la mentira. Vuelve, amiga mía, y alegra mis días con tu sonrisa, ese lucero que brilla de día y de noche y la fragancia de jazmín que me envuelva en la madrugada. Yo no necesito perseguir ningún sueño, en ti encontré todo lo que buscaba, mi amiga del alma, el mejor de mis confidentes. En tus manos puse mis tesoros, pues compartí contigo mis más íntimos sentimientos.

Me has cambiado por el falso brillo de un sueño de burbujas, por castillos en el aire, y ellos no estarán ahí cuando los necesites, se evaporarán como la niebla al amanecer. Pero yo estaré siempre esperándote, sentado en la orilla de la playa, mirando al horizonte por si decides volver. No, no hay sueños en el horizonte, tus sueños están sentados sobre la arena del mar, mis brazos están extendidos hacia ti. Amiga, amiga mía, con la fe de mi corazón construiré un puente invisible hasta el horizonte, quemaré la distancia del océano que nos separa, caminaré sobre el mar, te alcanzaré antes que mueras de tristeza.

Amia mía, estoy aquí, ¿no lo ves?, extiende tus manos, agarra las mías, unamos nuestros corazones, que sean uno hasta el final de los tiempos. Te he visto sentada sobre la línea del horizonte, estás llorando, allí tan sólo encontraste el final de tus sueños. Abre tus ojos, mírame como nunca antes lo has hecho, descubre el secreto en mis ojos: yo soy el constructor de tus sueños, en mis manos están las semillas que los hacen crecer. Se acerca el amanecer, y sigo en la orilla esperándote. Si tú no ves la luz del faro que te indica el camino, iré a buscarte, aunque me hunda en el océano o muera de frío.

Autor: Juanjo Conejo

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Amor. J. L. Quintana Mantecón

Emilio tiene necesidad de hablar, de comunicar, ese largo periodo de soledad, confinamiento lo llamaron, le había creado una sensación de aislamiento, de tristeza que los profesionales diagnosticaron como depresión. Depresión y ansiedad extendida en la mayor parte de la sociedad española. Porque Emilio es muy prudente, casi tímido, con una gran vida interior en la que disfruta de intenciones nobles, de interpretaciones, al menos, ecuánimes; lejos de él una crítica peyorativa de este mundo que nos ha tocado vivir.

Emilio entró al bazar camino de Selaya, en una de estas tiendas casi centenarias donde es posible encontrar hasta un llamador en forma de mano de los que no se usan hace ya bastantes años, y aquí podría pedir hasta un abanico de carey que casi seguro lo tendrán.

Mi amigo no había entrado a la ferretería desde mucho tiempo atrás, no se fijó, ora vez su prudencia, en las dos chicas que atendían las ventas; se limitó a pedir el pulverizador que venía deseando hacía tiempo. ¿De qué tamaño? le preguntaron, y Emilio, no lo había pensado, respondió rápido, de cinco litros. No se atrevió a explicar que lo quería para pulverizar el agua de lavanda que tenía previsto hacer ese mismo día

La lavanda tiene varios y distintos procesos según la forma de uso. Emilio lo utilizará para dar olor a la alcoba; sí, alcoba, habitación interior cerrada por una gran cortina; allí, por necesidades médicas pasó Celina sus últimos días. A Celina le relajaba el olor a lavanda y, decía, se sentía mejor.

La obtención del líquido es laboriosa y el lo ha simplificado al máximo: en una gran olla casi llena de agua la completa con el mayor numero de hojas de lavanda que pueden caber; sobre el borde un recipiente de cristal cóncavo donde se depositará el líquido fruto del vapor una vez licuado en la tapa fría de la olla.

La alcoba se comunica con la sala biblioteca y una mesa de trabajo sirvió muchos meses para que Emilio, desde ella y simulando un trabajo, dedicara todo su tiempo al cuidado de Celina. De vez en cuando, con un hisopo, lanzaba al aire gotas de la lavanda y la enferma le miraba amorosa.

El caso es que le hubiera gustado hablar y sobre todo con la muchachita que se salió del mostrador para ayudarle a meter la pulverizadora en la bolsa de plástico, fue entonces cuando la identificó; la recuerda de años atrás cuando, supone, se casó con el muchacho alto, serio, formal que en ese momento entraba por la puerta. Sigue siendo la misma chiquilla, morena y menudita, sonriente y amable. Le ha parecido que tiene el pelo menos negro, quizá un poco aclarado, como se ha hecho habitual en la mayoría de las muchachas. Emilio no hace distinciones pero le gustan morenas, tanto con el pelo rizadito como suelto.

Le ha dado las gracias por la ayuda pero como una constante en su vida, inquieto; si estuviera libre de sus “golpes” y los presentes pudieran ver su alma limpia, a pesar del covid, la hubiera rozado la mano mandándole un mensaje de afecto.

El Hombre, en general, quiere y respeta a la mujer; le trajo al mundo, vivió y se formó en su seno, le amamantó y sabe que la mujer madre moriría por su hijo. El Hombre admira y ama a la mujer porque en su consciencia está la imagen de su madre, y en la de Emilio también la de Celina su esposa.

Hoy volverá a pulverizar la alcoba y la sala con el agua de la lavanda y seguro, mientras lo hace, dos gruesas lágrimas rodarán por sus mejillas.
Nos conocemos hace muchísimos años, ya de muchachitos, sin que nadie se lo pidiese, asía del brazo a la señora que pretendía cruzar el paso de peatones. En el autobús, para mi, es impensable verlo sentado habiendo una señora en pie.

Cuento todo esto porque en estos días en que los movimientos feministas ponen de manifiesto unos derechos que no hay que comentar más porque si son derechos y reconocidos ¿ cual es el siguiente paso?

Estuve en Málaga cuando desde la catedral atravesó el Paseo Larios un grupo de muchachas, numeroso, con una gran vagina de plástico al tiempo que reclamaban unos derechos que no entendí muy bien.

A Emilio, cuando su matrimonio, le tocó el papel, como a todos, de “padre de familia” y dice que no era un privilegio sino una carga, tremenda carga. Sí que la vida ha sido dura, muy dura, La esposa a cargo de la casa, de los niños. El marido al trabajo, en el mayor de los casos duro trabajo.
Por otra parte, hubo sectores privilegiados, maridos que no tuvieron que “partirse el lomo” y esposas que hacían ganchillo a la sombra del abedul. De todo hubo.

Emilio ha hervido el agua con la lavanda y el recipiente de cristal, y para el escaso condensado del hervido le servirá un pulverizador pequeño, el vacío, el que utiliza como desinfectante de algunos utensilios.

Emilio se quedó solo hace ya algunos años, siempre fue fiel a su esposa, en pensamiento obra y deseo. Aún hoy sigue mirando con discreción-timidez a la Mujer . No creo que a los muchos Emilios se les pueda considerar más que como amantes y respetuosos del género femenino. J.L.Q.

A Julia
Agárrate a mi cintura
quiero sentir tu calor
y cuando el vuelo se acerque
no me sueltes alma mía

PUNTO SIN RETORNO (Monólogo teatral). Juanjo Conejo

No puedo escapar de mí mismo, en mi soledad no sirven las máscaras. Cuando se acaba el espectáculo, me quito la pintura de payaso, y la sonrisa fingida, y sólo tengo ganas de llorar, anhelando las caricias de un alma amiga, que comprenda todas mis penas, que con su consuelo me ayude a vencer el dolor de mis heridas. Me desnudo, me lanzo al mar, esperando que sus aguas se lleven el grito que se esconde en mi alma. Nado, y nado, hacia la línea del horizonte, intento escapar de mí mismo. La rosa que le regalé, la aplastó en el suelo sin misericordia, la realidad no superó su expectativa.

Tengo miedo, miedo de que no haya quien comprenda mis sentimientos. Y sigo nadando contra corriente, contra las olas que quieren arrastrarme hasta la orilla, porque lo que yo quiero es huir. Me miro en el espejo, arrugas, sueños que nunca llegarán, y quiero romper el cristal. ¡Rabia, mi vida es una rosa menospreciada!, las sombras del pasado se ciernen sobre mí. Ansío quien me mire y me vea tal como soy, que en mis ojos pueda ver que tengo tanto para dar. Necesito un alma como la mía, necesito amar y ser amado con intensidad. He aquí, en mis manos, los pétalos que recogí del suelo.

Con este puñal quiero abrirme el pecho en dos, dejar que salga todo el daño acumulado, gritar con furia hasta que se desvanezcan los dolores, y que la sangre que brote del corazón se lleve la causa de mi tormento. Voy a correr hasta que caiga al suelo rendido, para dejar atrás las sombras, para escapar a un mundo donde el sol caliente más que aquí y alumbre más el brillo de la luna. Mis dedos arañan el suelo, tomo la arena entre mis manos, siento el latido de la tierra, porque soy polvo y ella me comprende. El agua de la lluvia se desliza sobre mi rostro, está borrando mis pinturas de carnaval.

Levanto las manos hacia ese Dios que no puedo ver. Soy lo que soy, el hombre nuevo quiere salir al exterior, está luchando por nacer. Quiero volver al punto de inicio, como un niño enfrentarme al mundo creyendo que todo es posible. Voy a arrancarme a tiras la piel, para deshacerme de las memorias que quiero olvidar. El hombre nuevo quiere crecer sin más limitación que la conciencia. Gotas de lluvia y lágrimas se llevan del rostro las pinturas de la hipocresía mientras espero el día de mi renacimiento. Voy a lanzar al abismo las máscaras, voy a mostrar al mundo las cicatrices de mi alma.

Estoy en el punto sin retorno, no puedo ni quiero volver atrás. Corazón, eso es lo único que tengo, todo lo demás el viento se lo llevó. He perdido, y he vuelto a perder una y otra vez, y ahora tan sólo soy yo, enfrentándome a un nuevo desafío. Soy yo, tan sólo un hombre que quiere amar y ser amado. Soy un corazón que está en carne viva, sin velos ni maquillajes, tan sólo lo que ves: YO. He aquí, en el suelo, la máscara que me cubría. He aquí, ante tu vista, las cicatrices de mi rostro. Rosa asesina de esperanzas, ya no me das miedo, en algún lugar habrá una mujer que ame los latidos de mi corazón.

Autor: Juanjo Conejo

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WOLF MOUNTAIN (1). Juanjo Conejo

Cuando llegué a Wolf Mountain, no quedaba en mí una gota de esperanza, había perdido por completo mi fe en la humanidad. Llegué allí por la rutina de un trabajo más: escribir un artículo sobre este pintoresco pueblo para una revista de viajes. No sabía qué escribir, todo me parecía vacío, exento de encanto alguno que pudiera despertar mi interés. Tal vez, era yo quien lo veía todo gris y arrastraba mis pies por el mundo. Sin embargo, este no sería un artículo más. Mi encuentro con el mundo de la poesía, despertó en mí un hambre insaciable por plasmar con palabras el misterio de la belleza oculta.

Lo vi por primera vez en la taberna de los cazadores. Entre hombres de tosco comportamiento, White Wolf destacaba por sus modales distinguidos. Sentado en un rincón de la taberna, sobre la mesa su sombrero blanco, observaba con atención todo lo que allí acontecía. De tanto en tanto, escribía con rapidez, como si las palabras fuesen a perderse si no las capturaba al instante. ¿Qué belleza podría ver el poeta en una taberna de cazadores? Su traje blanco era una luz entre tantas camisas y abrigos a cuadros. Y de repente, los cazadores comenzaron a cantar: “¡Feliz cumpleaños, lord Wolf!”.

Luego, desfilaron, uno a uno, hacia la mesa del poeta para darle un abrazo. Esa escena me conmovió, ¿por qué le mostraban tanto cariño? En el nombre de todos, el dueño de la taberna entregó un regalo a White Wolf: un reloj de bolsillo. Algo leyó el poeta en la tapa del reloj que lo emocionó. Sus ojos aguados, los ojos de los cazadores aguados, hasta mis ojos aguados sin conocer la razón. Era el misterio de la belleza oculta. No pude resistirlo más. “Disculpe, lord Wolf, ¿puedo sentarme a su lado?”, le pregunté con la voz temblorosa. Mi intención era descubrir la frase escrita en la tapa del reloj…

“ERES UN CAZADOR DE MOMENTOS”

Me quedé tan aturdido con la frase que no recuerdo mi conversación con White Wolf, sólo recuerdo su encanto y su aura de misterio. Ya había terminado mi artículo de viajes sobre Wolf Mountain, pero aún no podía marcharme, me lo dictaba mi sexto sentido. Se alzaba una montaña tenebrosa cubierta de niebla. Y en el pueblo, los rumores de un lobo negro. Y más importante aún, me esperaba el misterio de la belleza oculta.

Autor: Juanjo Conejo

EL TÚNEL DE LAS RATAS (1). Juanjo Conejo

Lo confieso: soy un asesino de esperanzas. ¡Qué importa nada, dentro de cien años todos estaremos muertos! Quiero contar la verdad, no por la curiosidad morbosa de los lectores, sino por miedo, antes de que las ratas se coman mi conciencia. He hablado de las ratas antes de lo que yo esperaba, pero lo he dicho ya para demostrar que estamos tan curados de los espantos de los informativos que ya nada nos conmueve. Esta es la sociedad en la que vivimos; y lo peor de todo, la hemos construido nosotros. ¿Por qué culpar a un criminal, si no es peor que todos los demás? Tal vez, sea un pobre desgraciado que ya no sabe qué hacer con su vida. Mata para huir de la rutina de un mundo que agoniza. El espectáculo de las noticias lo aburre. Quizá, al ver la sangre de su víctima, experimente una sensación nueva, harto ya de la televisión sensacionalista.

Mi editor me dijo que exagerara la realidad para que mi libro se vendiera mejor, que contara la historia con saña perversa porque eso gusta a los lectores. Tenía que construir un túnel para llegar hasta mis lectores, cuanto más oscuro, mejor. Pero mi intención no era entretener ficcionando los hechos, sino confesarme por el temor a las ratas. Las ratas se están comiendo nuestras conciencias. Yo, un criminal, puedo ser la esperanza de la humanidad. Jesucristo le dijo, a un ladrón crucificado por la sociedad, que le esperaba el paraíso. ¡Qué ironía! Por otra parte, ¿quién tiene derecho a apedrearme?, ¡quién esté libre de culpa que me lance la primera piedra! Sí, esta sociedad es una ramera a quien nadie apedrea, porque todos tenemos sucia la conciencia, o porque ya no tenemos conciencia porque las ratas se la comieron.

He matado a muchos para librarlos del miedo a las ratas. “¡No puedo vivir con este miedo! ¡Mátame!”, me suplicaban. ¿Miedo?, ¿por qué tenían miedo si ellos mismos eran ratas? Y si yo mismo soy una rata, ¿por qué debía compadecerme de ellos? Hay tantas ratas en el túnel oscuro, ya nadie sabe quién es hombre o rata. Esas bestias enanas se alimentan comiéndose nuestras conciencias. Yo, en el fondo, muy en el fondo, me considero un hombre bueno: los mato para librarlos del dolor. Ojalá las ratas se coman a todos y quede yo sólo, así sería la semilla limpia de una nueva humanidad, la esperanza de la tierra en las manos de un devorador de esperanzas. Roba a un ladrón, tendrás cien años de perdón. Por eso ejecuté mis crímenes, para ganarme el cielo.

Juanjo Conejo