CRÓNICA DE UN ORGASMO PRODIGIOSO. Juanjo Conejo

Cuando él le recitaba el poema, a ella se le humedecía la metáfora. Y caían en suspiros del Olimpo, en salvajes gemidos, en mágicos susurros. Cada vez que él esgrimía la retórica, a ella se le apretaban los muslos, hasta quedar tan inspirados como los cuartetos. Y, sin embargo, era apenas el principio. Al llegar a los tercetos, ella se alineaba los glúteos, preparando el camino para el soneto. Apenas se entrelazaban, una corriente les excitaba, les aturdía y envolvía. De pronto, la rabia de la tormenta, de viento y de agua. Se embriagaban con el galopar del éxtasis y el vaivén de los versos en una marea sobrehumana.

¡Olé! ¡Olé! Subidos en la cresta de la ola más descarada, buscaban el momento definitivo, el golpe maestro de la victoria. Temblaban los tronos y se caían los reinos en la euforia de la poesía. Los orgasmos, casi crueles, los elevaban hasta el límite de los cielos. Todo se resolvía en un profundo paraíso, en un silencio de divinas notas, tan sólo ensombrecidas por el coro angelical a dos voces, por el rito milagroso de los sendos te amo, que unía sus almas en el teorema del amor. Y todo comenzó con el mordisco a una manzana. Una manzana es un fruto sagrado, no tiene la culpa de ser un mito oscuro de la historia.

Juanjo Conejo