UN CAFÉ EN VILLA PARAÍSO. Juanjo Conejo

Cuando la poesía muere, algo de nosotros también muere. Llevaba muchos días sin escribir un poema. Necesitaba desconectar de todo, hasta de mi pasión por escribir. Anhelaba observar la vida con detenimiento, recrearme con esas cosas pequeñas que se escapan de la mirada. Necesitaba respirar una taza de café. En el País Vasco había una cafetería que se llamaba Villa Paraíso, y hasta allí viaje desde Barcelona. Esta cafetería la regentaba Poesía, pero me gustaba llamarla Generosidad. Ella daba de comer a los pajarillos que llegaban hasta la puerta de la cafetería, y espantaba a las palomas que querían robar el alimento que para ellos había preparado.

Loca, Poesía estaba loca. En ocasiones, los pajarillos traspasaban la puerta y entraban dentro de la cafetería para oír a Generosidad recitar sus poemas. Los pajarillos estaban tan locos como ella. Un día, un pajarillo quedó atrapado entre unas sillas de la cafetería. Generosidad oía al pajarillo pedir socorro. Buscó al pajarillo por todos los rincones de la cafetería, no paró hasta encontrarlo. Lo tomó entre sus manos con dulzura, lo llevo hasta la calle y lo lanzó al aire. El pajarillo sabía que, aunque tenía sus alas heridas, Poesía lo amaba, eso sería suficiente para volar de nuevo. Poesía trataba a los clientes como si fueran pajarillos. Generosidad era sincera y cercana, agua cristalina.

La cafetería de Poesía era un pedacito de cielo en la tierra, por el precio de un café te regalaba un poema, lo escribía sobre una servilleta, para alimentar tu alma de pajarillo. Poesía era como el buen café, de aroma y sabor intenso. Generosidad era agua y fuego, Poesía era brisa y torbellino. Poesía era una mujer que no se rendía, su sonrisa era esperanza. La primera vez que Poesía y yo cruzamos las miradas, una chispa unió nuestras almas, esa chispa fue el preámbulo del beso que nos dimos tres días después. Y cuando nos besamos, yo también me volví loco. En una de esas tardes de verano, tumbados sobre la hierba, bajo la mirada del sol, Poesía y yo hicimos el amor.

Una mañana, me encontré la cafetería con la puerta cerrada. Los pajarillos en la acera reclamaban su alimento, como yo. Poesía había muerto, la vela de Generosidad se había apagado. Villa Paraíso fue un sueño glorioso y pasajero, un recuerdo que nunca caerá en el olvido. Una parte de mí se fue con Poesía, mi alma se quedó como un pajarillo hambriento. Abandoné el País Vasco con lágrimas que me impedían ver con claridad la carretera. El amor no cabe en el daño, se desborda inundando de llanto la mirada. Desde entonces, cuando regresa la memoria con su eco traicionero, añoro los pedacitos de pan de Poesía. Cuando la poesía muere, algo de nosotros también muere.

Juanjo Conejo