LA RICA REBELDE Y EL POETA ERRANTE. Juanjo Conejo

El poeta errante. Dígame, señora, pero no lo digáis precipitadamente, que la prisa habla sin atender a lógicas razones. Decídmelo cuando lo hayáis razonado, medido con precisión, con la misma con que a la misma hora sale todos los días el sol. ¿Me amáis? No os extrañe mi pregunta, sabéis que estoy loco por vos. Pero ¿y usted?, ¿compartís conmigo el mismo sentimiento? No penséis, señora, que me he vuelto loco. Tal vez, sí, pero de amor. Estoy enfermo desde que la conocí, no duermo, apenas como, tan sólo unas pocas manzanas al día, recogidas de aquellos campos donde caminaban los poetas de antaño. La amo, ¿necesita usted más argumentos? Ya veis que, con mi discurso, tiempo le he dado para sopesar su respuesta, porque de ella depende mi vida, y no es exagerado decir que también su futuro. Los jilgueros cantan sin pedir permiso, ¿necesita usted el de su padre para amarme? Muy poco tengo en mis bolsillos para ofrecerle, tan sólo un pedazo de papel donde escribí algunos poemas. ¿Satisfará eso a su familia o me criticarán por ello? He deseado, en tantas ocasiones, ser la sirvienta que cada día peina sus cabellos, esos que deja volar al viento bajo la sombra de los cerezos. Usted me vio mirarla, pero supo muy bien disimular. Mire usted, no vivo, necesito saberlo ya, ¿Me ama?, dígalo sin más premura, que mi corazón está a punto de estallar. Sea sincera que, si es un no, el golpe, como buen caballero, sabré encajar.

La rica rebelde. No sois sólo vos el que está enamorado. Sin duda, gran esfuerzo tuve que realizar para disimular mi amor cada vez que me miraba. ¿Cree usted que me importa si tan sólo lleva en los bolsillos un puñado de poemas? No, no soy esa clase de mujer, ni necesito para amarle el permiso de mi padre. Harta estoy ya de tanta hipocresía burguesa, de aburridas fiestas que sólo sirven para lucir vestidos de gala. Más gala hay en usted que, con sus palabras en un trozo de papel, hace volar el alma de todo aquel que le lee. No me importa el futuro, si estoy junto a usted. Quizá, mi amor le inspire versos y rimas, o romances de aquellos que siempre hacen soñar. Yo, así como los jilgueros cantan sin permiso, sin permiso le daré un beso en la boca… ¡muak! No ha sido un beso de despedida, sino de bienvenida, ya que le acojo a usted en el corazón y, si lo desea, en mi casa de la villa, porque rumores me llegaron de que duerme usted por las noches bajo la luz de la luna, y de que peina sus cabellos con el rocío de las mañanas. Sí, sin ninguna duda, le amo, porque me trata mejor que a una dama, me trata de reina con toda el alma. Mi humilde poeta, ya no será más errante. Daré orden a todos mis sirvientes para que preparen todo lo necesario, porque antes que acabe el día, será mi esposo y mi amante. Ya no será la escarcha quien por las mañanas acaricie sus cabellos, ni tendrá que esconderse, para mirarme, cuando estoy bajo la sombra de los cerezos.

Juanjo Conejo