Juan. J.L.Quintana

«La Montaña» con las tierras hermanas de Burgos, Palencia, Valladolid o León llenaban hasta el horizonte nuestras necesidades aventureras Juan es hombre bueno, buen profesional y honesto, muy conocido hace muchos años.

En este encuentro cuenta su esposa que ella nació y vivió en el Urro, Marina de Cudeyo y así enlazamos tan bello lugar y tan desconocido con nuestras aficiones de hace tiempo. Entonces Juan era y por eso nos coreunimos, colaborador de Adena.

Amante de la naturaleza y especialmente de las aves. ilusionados subíamos el monte, atravesábamos el río ayudando a los niños y cuidando de los mayores. La tortilla sobre el mantel en la hierba era un manjar y sentados sobre el campo verde esperábamos el vuelo de los buitres sobre lo alto del monte oscuro y solitario.

Juan tenía poder de convocatoria y en poco tiempo el grupo aumentó, las salidas dominicales se consolidaron y subió el número de chicos, hijos de amigos que se sumaron a las travesías sin esfuerzos ni dificultades. El pasar el río era un juego, sobre las piedras rodadas y poco firmes el más decidido abría el paso, resbalaba o caía y así los siguientes pasaban sin ninguna dificultad. Al día siguiente se hablaba de la «aventura» disfrutada, de los «riesgos» pasados en el cruce del río o de la subida a media ladera de Peña Pelada, o del pequeño lago que «descubrimos» más sereno y bello en sus dimensiones al Como o Leman que por lejanos tampoco nos interesaba demasiado. Este pequeño mundo «La Montaña» con las tierras hermanas de Burgos, Palencia, Valladolid o León llenaban hasta el horizonte nuestras necesidades aventureras.

El zampullín o el somormujo nos hacían acercar a las marismas de Marina y el cormorán o el paino requerían más espera y no siempre se hacían visibles.

Ha pasado mucho tiempo, los chicos, ya mayores, hacen largas travesías hasta la cumbre del pico más alto. Si es posible al más difícil y mayor riesgo. El rapel es un juego y la vía ferrata un atractivo incluso para los mayores.lUn helicóptero está de servicio para las emergencias. El senderista desorientado se pierde, el ciclista de travesía sufre una caída con rotura de tobillo. El mayor que se colgó en el cable y quedó suspendido en el espacio presa de su propio miedo debe esperar la llegada de los especialistas que podrán auxiliarlo. En Picos sucede con cierta frecuencia y los auxiliadores,servicio de rescate de la guardia civil , ponen en peligro su propia seguridad en la búsqueda del perdido.

Me entretuve un rato charlando con Juan y recordando los tiempos pasados cuando el bocadillo satisfacía tanto como hoy un plato en el comedor de lujo. La caminata por el sendero descubría parajes de ensueño, en el charco se reflejaba el chopo o el roble y el sol aún bajo pretendía atravesar el bosque y ese juego de luces y sombras nos enmudecía, como la propia vida que nos desvela una realidad cada día.
El aire se lleva las hojas secas pero no desaparecen. El paso del tiempo nos distrae de las dificultades, que quedan casi en el olvido, y las hojas secas, el ciclista herido, el suspendido en el vacío te susurran el mensaje… escúchalo.

J.L.  Quintana