LA LUNA HECHICERA. Juanjo Conejo
Por un camino serpenteante y solitario, llegué a la cima del monte más alto del territorio imaginario de una pintura. El tronco de un árbol cortado era señal de que antes que yo alguien había estado allí. Otro árbol, seco y de color ceniza, que había caído al suelo, indicaba que el paso del tiempo había dejado sus huellas en este lugar de ficción. Era un paraje desolador, melancólico. Y una roca, en el borde del camino, me resultó extraña, una mitad estaba recubierta de musgo, la otra mitad estaba tan seca como el árbol caído. La roca sugería esperanza y desánimo. Me senté sobre la roca para descansar del camino. Estaba fría, mis sentidos se despertaron. Ganas de vivir y ganas de morir.
Estaba anocheciendo y una luna creciente iluminaba el lugar entre el hueco de dos árboles que estaban medio vivos y medio muertos. En ese mismo hueco, se recortaba la figura de dos hombres que miraban absortos la luna que parecía el último suspiro de un vagabundo. Eran hombres vestidos de gris, como el cielo en el que la luna flotaba. Uno de ellos apoyaba su cuerpo en un bastón, mientras el otro se apoyaba en el hombro de su compañero. Parecía que estaban de duelo, no hablaban, sólo miraban a la luna como si esta estuviese moribunda. No se dieron cuenta de que yo les observaba, procuré no hacer ruido para no interrumpir aquel silencio gris que lo llenaba todo.
La luna, de un amarillo apagado, era hipnotizante. La luna hablaba sin palabras, su boca cerrada agudizaba el silencio. Los dos hombres permanecían inmóviles, tan quietos como la roca sobre la que estaba sentado. Sus sombreros eran como las cenizas de un muerto. Los dos árboles fantasmagóricos enmarcaban a la luna, era como la ilustración de un cuento de hadas. Parecía que, en cualquier momento, una bruja malvada pasaría volando sobre su escoba, dejando su silueta recortada en aquella luna sombría. Quería apartar la mirada, pero no podía, estaba hechizado. Entonces, cerré los ojos, pero la imagen de la luna y de los hombres permanecía en mis retinas.
Antes de abrir los ojos, me di la vuelta para no caer en las garras de la brujería. De pronto, desaparecí del paisaje, ya no pertenecía a la escena, aquellos hombres eran los únicos protagonistas. Pero ellos seguían en silencio, inmóviles, como las obras de arte. La fuerza de la gravedad, de mi realidad, fue alejando aquella imagen de mis pupilas, aquel monte se hacía cada vez más pequeño, hasta que no pude ver a los hombres. Poco a poco, ese lugar misterioso desapareció engullido por el juicio de la razón. Pero la luna permanecía allí, tentándome para que la mirase. Salí corriendo del museo de arte para no caer en su encantamiento. No lo logré, la luna seguía viva en mi mente.
Juanjo Conejo



