Estoy flotando en el aire, desde arriba observo mi cuerpo sin vida, hace cincuenta minutos que estoy muerto, el tiempo de visionar diez veces la grabación de nuestra última locura, el asesinato de una mujer indefensa. Retrocedamos una hora y cuarenta minutos, al momento del primer visionado de la grabación, al momento en que comenzó el despertar de mi conciencia.

Habíamos visionado diez veces la grabación de nuestro último delito, prender fuego a una mujer en el interior de un cajero automático. Como el agua que perfora la roca en su continuo goteo, aquellas escenas penetraron en mi conciencia, hasta tal punto que, en un impulso irrefrenable, grité: “¡Basta!”. Realizando un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas (no quería que mis compañeros pensaran que no estaba a la altura del grupo), salí corriendo hacia el servicio. Una vez allí, cerré la puerta y, sin entender lo que me estaba ocurriendo, lloré desesperadamente.

Entretanto, mis compañeros continuaron visionando la grabación por undécima vez. Una pregunta me atormentaba: ¿cómo es posible que hubiera sido capaz de grabar semejante atrocidad, mientras ellos rociaban con gasolina el cuerpo de aquella mujer y le lanzaban una cerilla asesina? Tiempo de la diversión: cinco minutos, multiplicado por el número de visionados de la grabación, en una espiral inacabable. Me abalancé sobre el frasco de pastillas amarillas y puse final a mi agonía.

Aun muerto, podía ver y oír aquella demoníaca grabación, que me atormentaba como un aguijón en la conciencia. Cuando mis compañeros visionaron la grabación por vigésima vez, extrañaron mi tardanza. Entre burlas y carcajadas desenfrenadas comenzaron a golpear la puerta del servicio. Viendo que no respondía, optaron por derribar la puerta. Y contemplaron, con sus pupilas dilatadas por las drogas, mi cuerpo derribado por el abrumador peso de la conciencia despierta. Abofetearon mi rostro para que despertara, entre risas descontroladas y el olor a whisky barato.

Sin saber cómo, volaba sobre los tejados de la ciudad, hacia una dirección que desconocía. Al llegar a mi destino, me encontré en el interior de una casa sumergida en dolor. Un hombre y una niña, lloraban desconsoladamente, eran el esposo y la hija de nuestra víctima. Intenté aliviar el sufrimiento por el que estaban pasando, pero no pude, yo sólo era un fantasma. De repente, volví a mi cuerpo y, echando a un lado a mis compañeros, corrí hacia el salón. Rocié la grabación con gasolina y le prendí fuego. Después, caminé entre sollozos hacia la comisaría de policía.

Juanjo Conejo