ARQUERO. Juanjo Conejo

Todo se hunde bajo los pies, sólo queda el vacío y nada a lo que aferrarse. “Rendirse, descender sin remedio”, grita el alma cansada. La paz de quien ya no tiene nada que perder. Dejarse ir, descansar de la batalla. Cerrar los ojos y no volver a abrirlos. Todas las guerras están perdidas, no hay nada nuevo en la tierra, se acabaron las razones para luchar. Muerta la esperanza, muerto el hombre.

Y desciendo hacia la nada del vacío, desnudo, tal como vine, se acabaron mis días aquí. Tal vez allí, se respire mejor. Y se van deshaciendo en la caída las capas de mi piel, pierdo el sentido de la vista, del oído, oscuridad y silencio, una nueva vida. Luego, noto cómo se desintegran los miembros de mi cuerpo, no tengo pies ni manos, no tengo cabeza, y sigo cayendo hacia la paz que anhelaba.

Ya no soy nada, por fin el paraíso, ¿o el infierno? Vienen imágenes a esa cabeza que ya no tengo, ¿será mi espíritu? Veo un corazón que se sostiene en el aire, que sigue palpitando, y el corazón tiene un nombre grabado, es el mío. No pudo el abismo vencer al corazón. No pudo la nada borrar los que soy. Veo un cuenco lleno de lágrimas, las lágrimas que derramé en la tierra maldita.

Y las lágrimas ahora son semillas. ¿Volver? Conflicto. ¡Oh semillas del cuenco, dejadme descansar un poco, en la nada se respira mejor! ¿Puede un muerto volver a la vida? Y si ello es posible, ¿para qué?, ¡ya perdí todo cuanto tenía! ¿Volver? Y escucho una voz en los oídos que no tengo: “AMOR”. Y la palabra se vuelve flecha, y la flecha traspasa el corazón que lleva mi nombre.

¿Eso es todo lo que soy?, ¿un corazón con una flecha?, ¿toda mi riqueza es una palabra? ¡Una palabra que el mundo odia!, ¡una palabra vencida por el miedo!, ¡una palabra sin esperanza! ¿Volver? Intento dormir el sueño eterno, pero no puedo, escucho el latido de mi corazón, escucho el tic tac del reloj. ¿Aún hay tiempo de luchar? Tomo impulso con los pies y manos que no tengo.

Salto, traspaso la barrera dimensional, abro los ojos. Y he aquí, ante mí, un campo para sembrar con las semillas del cuenco que antes fueron lágrimas. Siento un dolor en el pecho, miro, y he aquí una cicatriz sobre mi corazón. Noto un peso en mi hombro izquierdo, llevo una aljaba llena de flechas, y tienen una palabra grabada: AMOR. Y en mi mano izquierda, un arco. ¿Arquero de una palabra?

Juanjo Conejo