El miedo cierra la boca de los que temen por su vida. Se ríe en nuestra cara la democracia, se burla de aquellos que no se dan cuenta de que no se puede esclavizar mediante el poder de leyes injustas, hechas a la medida de dictadores que se disfrazan de democráticos. Y los que deberían ser ejemplo de una civilización avanzada, dejan entrever su condición inhumana.

La conciencia natural, aquella que no está contaminada por la política de los tiranos, habla a la más pura razón: todos tienen el mismo derecho a elegir libremente su destino. Ante la mirada de la justicia perfecta, todas las naciones de la tierra tienen el intrínseco derecho de disfrutar de un gobierno independiente o a decidir libremente someterse a las políticas de otras naciones.

Usar la superioridad para someter a los pueblos es un acto de crueldad. La violencia contra los derechos fundamentales es una acción deliberada de criminalidad, sus argumentos de defensa nunca triunfarán en el tribunal de la conciencia. Imponer la voluntad a la fuerza, engendra odio; los pactos que se firman desde un régimen de libertad, cosechan la paz.

La estrategia del miedo se utiliza como un arma contra los que aspiran a la libertad. La sangre ha sido el precio de la libertad a lo largo de la historia, ¿quién está dispuesto a comprarla con esa moneda? En ocasiones, no hay otro camino, siendo el riesgo y el peligro la única alternativa. Para ser una nación libre no basta con tener un himno y una bandera, es indispensable un acto histórico de valentía.

En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, de fecha 4 de julio de 1776, llaman poderosamente la atención las palabras finales: “Empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor”. Esa frase fue el broche de oro del discurso y la razón del éxito de semejante hazaña política. Estaban dispuestos a darlo todo por la libertad, incluso la sangre.

Juanjo Conejo