Y LA RABIA SE RINDE. Juanjo Conejo

La rabia de saber que, cuando muera, aún quedará tinta en mi tintero, besos y abrazos que dar, cosas que contar, montañas que escalar, mares que surcar, canciones que escuchar. La rabia de saber que nunca lograré alcanzar el corazón que pretendí, que nunca podré tocar el alma de quién soñé, que habrá melodías que nunca serán realidad, que tendré que conformarme con una ficción, con una imaginación, con una ilusión. Y entre tanto, caen imparables los granos en el reloj de arena. Se desborda de amor el corazón, hay más agua de la que cabe en los océanos, hay más copos de nieve que montes que cubrir, más sinfonías que oyentes, más estrellas que cielo para contenerlas.

La rabia de saber que aquello que escribí, con todo el corazón, sólo merecerá una docena de lectores. La rabia de saber que los abrazos que di no traspasaron la frontera del cuerpo, que los besos que di no conquistaron corazones. La rabia de saber que hay más palabras que hojas, más mariposas que campos, más amor que amigos, más sueños que realidades, más retos que victorias, más cenizas que huesos, y que dentro de cien años el tesoro perderá su esplendor. La rabia que consume cada día mis entrañas y que, en ese fuego constante, se transforma en amor. Y más amor, y más amor, hasta que yo mismo soy absorbido en su torbellino.

Y desaparezco en la inmensidad del amor, y no quedará ni una gota de mí. Y yo, junto a los desaparecidos, formando una fuerza invisible en la realidad de otros pequeños cuerpos mortales. Y me desvanezco en el terremoto, y me vuelvo mariposa, y me quedo sin alas, y ahora soy aire. Y el aire sigue amando, y ese amor indestructible crece y crece hasta que el corazón estalla en mil pedazos por no poder contenerlo. Y miro desde arriba, desde la magnitud del universo, y he aquí una niña que le dice a su abuelito: te amo. Y la niña ríe, y el abuelo llora. Y luego, la niña llora y el abuelo ríe. Magnitud de la vida que no puede describirse y, por eso, llora mi tintero, y tiembla mi mano, y se me detiene la respiración, y se me acelera el corazón, y el nudo en la garganta, hasta que se agoten los capítulos, hasta que se cierre el telón, hasta ese día en que un segundo antes del último latido, me sonría la pluma con aire burlesco sobre un pecho que ya no tendrá vida.

Y la rabia se rinde, y acepta la limitación, mientras el alma vuela a la paz del infinito.