UN CIELO, UNA TIERRA, UNA RAZA. Juanjo Conejo
Érase una vez un cielo sin estrellas, porque la codicia y el odio gobernaban la tierra. El creador de las estrellas estaba muy triste, pues los pobres lloraban por un bocado de pan y los ricos derrochaban su fortuna en placeres. Eran tantas las lágrimas del creador que causaban inundaciones en la tierra, era tanto su dolor que se incendiaba el planeta. Un cielo, una tierra, una raza, un cuchillo en el corazón. Armas de fuego, planes de matanza, homicidio entre hermanos. Las manos manchadas con la sangre de los inocentes. Garganta seca de la humanidad de tanto clamar por justicia.
¡Oh, alma moribunda!, levanta la cabeza, que se vean tus lágrimas, escribe una carta al creador de las estrellas. No te rindas, escribe tu ruego con tinta de esperanza. Y el soñador escribió la carta con la sangre de sus venas…
“Amado creador de las estrellas:
Existe gran preocupación en la sociedad por si no habrá juguetes en las tiendas para los regalos de Reyes. No me importa, el que yo deseo no se puede comprar. A ti, creador incomprendido, te ruego que nazca una estrella por cada hombre o mujer que pida perdón, por cada hombre o mujer que perdone.
Mi carta es breve, como breve es la vida. Por esta causa, te la envío urgente.
Abraza mi alma en la noche fría,
El soñador”
Y cuenta la leyenda que aquella carta llegó a su destino. Y cuenta la leyenda que el deseo fue concedido, que había tantas estrellas en el cielo que parecía una montaña cubierta con millones de copos de nieve.
Y si los cuentos sirven para aprender, anota esto y recuérdalo antes del último viaje: “Pedir perdón y perdonar, libera tu destino”.
Juanjo Conejo