TODO EL TIEMPO DEL MUNDO. Juanjo Conejo
“Tenemos todo el tiempo del mundo”, imposible olvidar tus últimas palabras. Tus cenizas, enterradas a la sombra de este árbol milenario, son un eco en mi memoria, aquí nos dimos el primer beso. Desde el primer momento, te abrí la puerta de mi corazón, porque vi en tu mirada la luz de un amor que resiste al paso del tiempo. En ese primer beso, el sol entraba por la ventana y la primavera saludada con las primeras flores. Después, tu sonrisa, esa sonrisa que cura las heridas. Desde el valle hasta esta colina, donde tu alma descansa en mi recuerdo, cada piedra del camino, cada pájaro en la rama, lleva a ti mi pensamiento con un suspiro de llanto y alegría.
No pudimos detener las agujas del reloj, pero supimos apreciar todo lo bueno que había a nuestro alrededor, saborearlo como si cada día fuese el último día de nuestra existencia. Un anochecer en la cumbre de la montaña, un amanecer en la orilla del mar, el sol y la luna eran nuestros aliados. Esas fueron las sencillas maravillas que, como estrellas fugaces, llenaron nuestros días de felicidad. ¿Recuerdas aquella noche de tormenta serena?, tú me dijiste: “Te besaré el cuerpo y el alma, hasta que llegue el alba”. Te miré con picardía, como una niña traviesa. Esa noche, en aquella cabaña que construiste con tus propias manos, no fue necesario encender el fuego.
“¿Y si mañana no despierto?”, me decías cada noche. Luego, me desnudabas lentamente, como a ti te gustaba hacerlo. Te deleitabas en cada línea y curva de mi cuerpo. Eras un hombre enamorado. Yo era para ti ese tesoro que buscan los navegantes en el fondo del océano. Sin más melodía que el silencio, enredabas mi cabello entre tus dedos. Sólo dos palabras destrozaban el silencio: te amo. Y volvías a mi cuerpo, como quien regresa al hogar después de un largo viaje. Y, lentamente, te quedabas dormido entre mis brazos. En ese momento, ponía mi oído en tu pecho y el latido tranquilo de tu corazón me llenaba de calma hasta que me quedaba dormida.
A la mañana siguiente, al despertar, colocabas en mi boca un ramo de besos. Entonces, abría mis ojos y veía tu sonrisa de alma inocente. Entraste en mi vida lentamente, como lo hace la noche. Me besabas con ilusión, como lo hace la mañana. Tus besos mataban mi tristeza, sabía que algún día te perdería. Pero fui valiente, por amor. “Cuando no tienes todo el tiempo del mundo, ama con todo lo que llevas dentro”, me decía a mí misma. Todos tus besos están conmigo, bajo la sombra de este árbol milenario. Tus cenizas ascienden desde el fondo de la tierra, viajan en el tiempo, son palabras en el viento. Sí, mi amor, como tú dijiste, tenemos todo el tiempo del mundo.
Juanjo Conejo