SILENCIO, SÓLO SILENCIO. Juanjo Conejo

Se le concedió un minuto de gracia al reo a muerte. Tan sólo había robado un mendrugo de pan. Un minuto para hablar libremente antes de morir. No dijo ni una sola palabra. Reinaba la expectativa entre los asistentes a la ejecución, pero el condenado dejó que el silencio llenara la plaza.

Lluvia, agua de lágrimas, el niño llora, la estrella se apaga. Viento, las esperanzas caen a tierra como las hojas de los árboles. Fuego, el anciano ha sido abandonado, queman las llamas el alma. No hay justicia, el mundo está en ruinas. ¿Quién levantará la voz a favor de los desdichados?

¡Zas!, el hacha cumplió la sentencia. Una cabeza más para el saco del verdugo. Saco de lamentos de los que ya no creen en la justicia, gemidos de dolor por un mendrugo de pan. Abre el corazón, si el inocente muere, algo de ti muere con él. ¡Súbete a un monte alto, tú que te crees defensor del pueblo, cierra los puños de rabia y grita de espanto!

Tráfico de armas, el negocio de las drogas, la noche cae segando la vida a millares. Petróleo, un juego de mesa para los que no tienen escrúpulos. Farmacéuticas, lo que el hombre es capaz de hacer por un puñado de monedas. La banca, constructores de lápidas para quienes no tienen donde vivir, un imperio más que se levanta sobre el fundamento de los desdichados. La corrupción política da de comer a los que han sido cebados para el día de la matanza. Este es el mundo en el que vivimos.

¡Bienvenidos a la ejecución! ¡Mirad como brilla el hacha del verdugo! Se le concedió un minuto de gracia al reo a muerte para alegar cuanto quisiera. El condenado selló su boca y miró hacia el cielo. Silencio, sólo silencio. ¡Zas!, el hacha cumplió su sentencia, una cabeza más para el saco del verdugo.

Aplausos en la plaza de la ejecución. “¡Dignidad!, ¡dignidad!, ¿quién conservará la dignidad humana?”, gritaba el profeta de las conciencias. Alza la voz y clama, tú que lloras por los afligidos, no dejes de anunciar que el sol de justicia un día amanecerá. Aplausos en la plaza de la ejecución; y en el cielo, silencio, sólo silencio.

Juanjo Conejo