PRESAS NOCTURNAS. Juanjo Conejo
Rómpeme mil veces antes de que amanezca, que sea el sol quien confirme mi muerte. Mientras dura la noche, dura la pasión; y al llegar la mañana, el deseo desaparece. Amor oscuro, ya sabes que lo nuestro es un guion de dramático final. Lo has decidido con tu peligrosa forma de amar, más que pasión es una cacería. Me sangran las muñecas y los tobillos, no te imaginas cómo aprietan las cuerdas con las que me has atado a la cama. Y, aun así, te sigo deseando, porque me has envenenado con la locura de la noche. Pregúntale a mi almohada, te dirá cuántas veces la he apretado sobre mi cuerpo y, como si estuvieses entre mis brazos, desahogaba sobre ella todas mis lujurias.
Has tapado mi boca con tu pañuelo de seda, pero estoy dando gritos de placer por dentro, los oyen las criaturas de la oscuridad. Un saxofón ha roto el silencio de la noche, su melodía ha entrado por la ventana, sin pedir permiso ni dar explicaciones. Tu silueta aparece, al otro lado de la puerta del dormitorio, entrecortada por la tenue luz de la luna, y te dibujas ante mí como un animal nocturno en época de celo. Una vez más, me has seducido jugando con la muerte. Tienes el alma negra, aunque tus labios y uñas estén pintados de rojo. Y me dejo llevar por el peligro del filo de tu cuchillo. Tus orgasmos son criminales, los soporto con agrado, aunque arriesgue la vida.
Me has despojado a bocajarro de la camisa, la has hecho pedazos con tu forma salvaje de amar. Me has clavado las uñas en el pecho, lo has llenado de sangre. Mi sangre en tu boca te enciende, eres una mujer fatal, nacida para destruir el alma de los hombres. El saxofón sigue sonando… las cortinas se mueven, será la brisa que entra por la ventana. Estamos ahora en el suelo, desnudos, dando vueltas, no sabemos qué cuerpo es de quién, estamos envueltos en la misma llama. Queda poco para que amanezca, la noche se marchita, dime si me amas o tan sólo soy un objeto de tu locura, si piensas poner fin a mi vida cuando te entregue la semilla en el último éxtasis.
Los primeros rayos del día nos están avisando de que los minutos se acaban, me entrego totalmente en el último acto. Dejaré que el sol sea el juez y dicte su sentencia. Aunque muera en tus brazos, desde el más allá te seguiré deseando. Y tras las cortinas que se mueven, y no es por la brisa del viento, una mujer está escondida con lágrimas en los ojos, es el dolor de la traición de su esposo, la herida de una promesa de amor rota. Ella es testigo de la pasión de los furtivos. Y en su mano derecha, que tiembla, empuña el revólver de la venganza. El epílogo esconde un orgasmo asesino. Se acercan los créditos finales… jugo blanco… pantalla oscura… se oyen dos disparos.
Juanjo Conejo