NUNCA DIGAS TE QUIERO. Juanjo Conejo

Alex nació con una enfermedad incurable: el romanticismo. Alex trataba a las mujeres como se trataba a las damas en el siglo XIX. Pero mucho ha cambiado el mundo en dos siglos. Alex sentía que había nacido en un siglo equivocado. Y ese hombre romántico asustaba a las mujeres cuando les decía: “Te quiero”. Y ese hombre sediento de amor, regalaba su corazón con generosidad. ¿Da miedo el amor?, se preguntaba Alex con frecuencia. ¿Existirá en el mundo una mujer como yo?, ese era siempre su último pensamiento del día. Y se quedaba dormido cuando la esperanza besaba su pecho.

Alex tomó una decisión: nunca más le diría a una mujer “te quiero”. De esta manera, no volvería a sentirse rechazado al pronunciar esas dos palabras catastróficas. A partir de ahí, les decía a las mujeres: “me gustas”, les decía: “te deseo”. Todo iba viento en popa y a toda vela. Alex tuvo aventuras con las mujeres más bellas que te puedas imaginar. Alex se limitó a disfrutar los momentos, se entregaba sin miedo, sin esperar que su amor fuese correspondido. No permitió que las decepciones ensombrecieran su romanticismo. Y así, vivió experiencias tan intensas que nunca imaginó. Fueron noches de rojo terciopelo.

Pero aquellas noches de ensueño, de copas de vino y de fragancias, no satisfacían la sed de amar y ser amado con intensidad. Su único consuelo era ese ser que cada noche le daba en el pecho un beso de esperanza. Entonces, apareció ella. Bárbara era como él, con la enfermedad del romanticismo en las venas. Largas conversaciones en la orilla de la playa, besos robados a cada instante, excursiones para ver salir la luna detrás de las montañas. Pasaron seis meses. Alex no le dijo “te quiero”, no se atrevía, temía que esas palabras malditas estropearan algo que, por fin, saciaba su hambre con plenitud.

En la última excursión que realizaron para ver la luna desde una colina, Bárbara preguntó a Alex: “¿por qué nunca me has dicho que me quieres?”. Alex se lo contó todo, y le habló de ese ser que cada noche inundaba su corazón con un beso de esperanza. Después, lloró sobre el hombro de Bárbara. No fueron lágrimas de dolor, sino de felicidad. El abrazo de Bárbara, tan cálido como el sol, estremeció el cuerpo de Alex. Dos palabras revoloteaban como mariposas sobre aquella colina. En ese mágico momento, Alex se armó con el valor de un caballero del siglo XIX, y susurró al oído de Bárbara: “te quiero”.

Yo, la luna, soy quien os cuenta esta historia. Y os puedo asegurar que el beso que se dieron fue el más largo que he visto entre dos enamorados.

Y la luna, soy yo, Juanjo Conejo.

Por favor, las palomitas que te han sobrado después de ver esta película, tíralas a la papelera que hay a la salida de la sala de este cine.