NACIDOS PARA PERDER. Juanjo Conejo
Nacemos con todo, y todo lo perdemos en el camino. Y en ese embrión, todas las esperanzas, todo es posible para esa nueva vida. El mundo está a los pies del glorioso ser que acaba de nacer. Y luego, lentamente, todo es engullido por el mundo. ¿Quién podrá retener la riqueza con la que nació? ¿Quién podrá retener la fama o fortuna que acumuló? Tesoros que se oxidan y que, al poco tiempo, pierden su esplendor. ¿Quién será el sabio que vea la inmensidad en la pobreza? Y aquello que agarramos, nos empobrece; y aquello que soltamos, nos enriquece. Y lo que das, florece; y lo que retienes, se seca. Y con todo, no tienes nada; y con nada, lo tienes todo. Aún respiras…
Nuestro destino es perder, nadie gana la partida a la muerte. Nacemos con el sello de los vencidos. ¡Y qué si nos vence el amor!, pues su beso final, su beso funerario, será todo cuanto nos quede. Y así, revestidos de ese beso, ataviados como una novia, alcanzaremos esa riqueza que se esconde de la vista superficial del ojo humano. Y si estamos vestidos de amor, la fortuna la hallaremos en la derrota, cuando con las manos vacías, nos demos cuenta de que estamos en todo, y de que todo está en nosotros. Somos moléculas de la misma materia. Si una molécula sufre, toda la materia sufre; si una molécula llora, toda la materia llora, aunque no escuchemos sus sollozos. Aún respiras…
La vida surgió de la nada, de un acto de amor, como el embrión que crece en el vientre de la madre; y aunque el embrión no sea amado por su padre, la vida lo ama, el amor lo ama. Si el fuego de esa conciencia se prende en ti, no desearás mayor tesoro que saberte en los brazos de la eternidad, cuando el amor te haya dado el beso de la inmortalidad. El amor que hay en ti no puede ser destruido, del infinito viene, y al infinito va. El amor es la materia invisible de todo cuanto existe, el universo entero se sostiene por la ley del amor, la ley que todo lo conecta en armonía, esa armonía que el hombre se empeña en alterar. Y la tierra gime, porque está muriendo. Aún respiras…
Y si en ti no hay amor, ¿te besará la muerte? Y si en ti no hay amor, ¿cómo formarás parte del infinito? Los ojos se enrojecen, las mejillas se humedecen, cuando el alma comprende que unos bolsillos vacíos pueden estar llenos a espuertas; y que un cofre de diamantes, ahogado en telarañas. Sí, todo, absolutamente todo, lo perderemos en el camino, hagámonos pronto a la idea, tomemos pronto conciencia de cuál es la auténtica riqueza. ¡Qué importa perder, si nos vence el amor! Y me fundo en el armonioso caos de la inmensidad, en su perfección incomprensible, en su altura inmedible, en su profundidad inexplorada, cara a cara, sin miedo. Soy un vencido vencedor.
Juanjo Conejo