MUNDO PIRATA: LA VIAJERA DE LAS TRES PIEDRAS. Juanjo Conejo
Un cofre antiguo de madera, adornado con espadas y calaveras plateadas, reposaba desde hacía tres años sobre uno de los estantes de la librería. El viejo cofre tenía una cerradura, pero Stella ignoraba dónde se hallaba la llave. No soportando más el misterio que contenía aquel extraño cofre, Stella buscó la llave con ahínco por toda la casa. Tras varias horas buscando, la encontró entre las páginas de “La odisea”, el libro favorito de su padre, el pirata escarlata. Stella, impaciente, corrió hacia el cofre con la llave en la mano. Metió la llave en la cerradura y la giró. El cofre contenía una carta, un mapa, una brújula y un catalejo. Se dibujó una pícara sonrisa en el rostro de Stella.
Sin esperar más, leyó la carta: “Stella, amada hija, he ido a la búsqueda del tesoro de los faraones, el tesoro más codiciado por reyes y piratas, que se halla enterrado en la Isla de la Tortuga. Si pasados tres años de mi partida no he regresado, ven a buscarme, pues ya habrás cumplido los dieciocho años, edad en la que considero que tendrás la suficiente madurez para embarcarte en un viaje tan peligroso. Te he dejado un regalo muy valioso en el falso fondo del cofre: tres piedras blancas que pertenecieron al temido pirata Barbanegra. Con cada piedra podrás obrar un milagro, sólo tienes que recitar estas palabras: “Mundo pirata, mundo de magia, hazte realidad ante mis ojos”.
Stella vivía en las cercanías del castillo de Dover, el más grande de Inglaterra, también llamado “La llave de Inglaterra”, a causa de su proximidad a Francia. Tenía que dar el primer paso, conseguir un barco y tripulación. Entró en la posada “La botella de ron”. Miró a su alrededor y vio a un viejo con un parche en el ojo, una pata de palo y un garfio en lugar de mano, que a todos vociferaba sus batallitas. Caminó decidida hacia la mesa de aquel borracho bravucón, mientras en su mente preparaba un ardid. “Un saludo, viejo capitán, a mis oídos han llegado sus innumerables hazañas, permítame que me siente a su mesa y que le invite a una botella de ron”, dijo Stella.
El capitán respondió: “Todos los que admiran mis batallas son bienvenidos a mi mesa”. Stella esperó a que el viejo pirata se bebiese toda la botella de ron. Y, después, le dijo: “Yo también le contaré una hazaña: soy capaz de lanzar una moneda al aire y antes de que caiga al suelo acertar siete disparos en ella”. El viejo pirata se reía a carcajadas. Stella prosiguió: “¿Está seguro, famoso pirata, de que es imposible?”. “¡Sí, por todas las botellas de ron!”. “Hagamos un trato de honor: si gano, me quedaré con su barco y con su tripulación; si pierdo, seré su esclava para siempre”, dijo Stella. La joven intrépida y el viejo pirata se dieron la mano en señal del acuerdo.
Juanjo Conejo




