MUNDO PIRATA: LA ROSA ESCARLATA. Juanjo Conejo

Ya habían pasado cinco minutos de la hora señalada para el encuentro. Alexa estaba preocupada, caminaba inquieta por las estrechas calles que rodeaban la torre del campanario. De repente, escuchó pisadas, se giró, y vio una sombra que se acercaba a ella con sigilo. Era él, su amado pirata, reconoció sus ojos negros tras la máscara escarlata que ocultaba su rostro. Él la tomó entre sus brazos con fuerza y la besó como si llevara cien años sin hacerlo. Al instante, Alexa cayó al suelo desmayada. El pirata colocó sobre su cuerpo una rosa escarlata y una nota: «No soportaría el dolor de una despedida, por eso te he sedado. Tuyo por siempre, La Rosa Escarlata”.

Alexa despertó dos horas después, tumbada sobre el suelo húmedo del callejón. A pesar del frío que sentía, aún conservaba en su corazón el calor del último beso. Después de leer la nota, la guardó en su escote y se apresuró hacia el mar. Mientras corría, vinieron a su mente imágenes del día en el que se conocieron en la Isla de la Tortuga, donde, según la leyenda, se hallaba el tesoro de los faraones. Bajó a toda prisa por las escaleras que descendían desde la torre del campanario, con la esperanza de ver en la orilla de la playa el barco de su amado. Vio en la arena señales de lucha: una espada ensangrentada y una máscara rota de color escarlata. Se le encogió el corazón.

Se quedó allí sentada, con la mirada perdida en el horizonte. Y, mientras abrazaba contra su pecho la rosa escarlata que el pirata había dejado junto a la nota, sus ojos derramaron las primeras lágrimas de su vida. Cuando la niebla de la mañana se disipó, observó a lo lejos un barco con un detalle muy singular: una bandera pirata con una rosa escarlata. De repente, se iluminó su rostro. Se secó las lágrimas, animada con la idea de que su pirata estaba vivo. Luego, encaminó sus pasos hacia el palacio del rey, quien la noche anterior había ordenado a sus soldados que dieran muerte a La Rosa Escarlata, con el objetivo de robarle el mapa que conducía al tesoro de los faraones.

Cuando estuvo frente al rey, le dijo: “Padre, no puedo soportar que pretendas la muerte del hombre a quien amo, renuncio a mi futuro trono”. Al terminar sus palabras, dejó su vestido real en los brazos de su padre. Después, se vistió como lo hacen los piratas y salió a toda prisa del palacio. Ese mismo día, salió un barco del puerto, cuyo capitán era Alexa, la hija del rey, quien había contratado a toda clase de delincuentes para que fuesen sus marineros. Mientras el viento ondeaba su cabello como si fuera una bandera, podía observarse, sobre uno de sus pechos, el tatuaje de una rosa escarlata. Alexa gritó a toda la tripulación: “¡Pongamos rumbo a la Isla de la Tortuga!”.

Juanjo Conejo