MEMORIAS DE UN INMORTAL. Juanjo Conejo
Al final de mis días, después de un inacabable océano, había perdido muchos tesoros, pero todos ellos carentes de valor permanente. Sobre un trozo de madera, a la que me aferré con todas mis fuerzas para sobrevivir, pude llegar a la orilla de la muerte. Tan sólo pude conservar la semilla del amor, era un fuego inmenso dentro de mí. Ese amor que no se puede tocar, que acaricia con manos invisibles y que habla con palabras tan penetrantes como la espada más afilada.
Jamás imaginé que la vida me amara tanto, naufragar a la deriva fue un regalo de lecciones. Mi solitaria travesía por el interminable desierto de agua, fue mi mejor escuela. En mi soledad, pude profundizar sobre el sentido de la vida. Pude entender que, aunque soy como una mota de polvo en el universo, soy importante para quien permitió mi naufragio. Lo entiendo ahora, antes no podía. Nunca había visto el rostro del amor, pero su imagen se dibujaba dentro del alma.
Miré al norte y al sur, vi lo mismo, tan sólo agua. Al este y al oeste, mis ojos sólo divisaron agua. Era un náufrago de la vida sobre un trozo de madera, que me mantenía a flote sobre un mar helado. Mi barco chocó contra un iceberg, perfectamente colocado en el lugar preciso por una mente maestra. Su objetivo: fijar mi mirada en lo esencial. Cuando las aguas heladas partieron mi corazón, pude entender, finalmente, mi destino: ser vestido con la inmortalidad del amor.
Y las formas corpóreas desaparecieron en un instante, la hermosura se vio desprendida de esa cáscara perecedera que limita el juicio humano, que lo hace errar, perdiendo de vista lo más vital, la dimensión invisible de la esencia. Y las cortinas cayeron de los ojos, para ver la belleza en su estado natural, el del alma desnuda, brillando sin la vanidad de las formas del cuerpo. Era un reino de oro, de sentidos inexplicables, donde no existía el tiempo e inmune al poder de la muerte.
Miré el océano desde la costa, el mar estaba embravecido, las olas golpeaban con fuerza las rocas, cerré los ojos, anhelé profundamente mirarme en los ojos del amor, perderme en ellos, levitando en el aire como una pluma que flota en la dulzura de una brisa. Entonces, surgido de la nada, apareció Él, vestido con la fuerza de su alma valiente y coronado con el espacio infinito. Un aura pura lo rodeaba. Sus ojos eran de primavera y me habló con la mirada: “¡Eres inmortal!”.
Abrí los ojos, estaba en la eternidad.
Juanjo Conejo




