LENKA Y EL CABALLERO DE LA TORMENTA. Juanjo Conejo

No era un castillo de fantasía, pero en él vivía una pintora que tenía magia. Lenka pasaba todas las noches pintando, de su alma inquieta arrancaba los colores. Y en una noche de tormenta, quiso pintar sobre el lienzo los truenos, pero ellos no tenían forma, tan sólo sonido, ¿qué forma les daría?, ¿de qué color los pintaría? No se puede, en una pintura, dar sonido al viento ni forma a un suspiro. Pero la creatividad no tiene límites, en ese reino no existe lo imposible.

Lenka era tan mágica como la luna, en cada pincelada ponía el alma. Tenía el don de ver lo que otros no veían, tan sólo ella era capaz de dar color a lo increíble. En el último cuadro que pintó, se podía oír hasta el sonido de la lluvia y el choque del agua contra los cristales del castillo. Atrapó los sonidos con la paleta de colores y los pinceles. Con sus ojos, inmensos como el cielo, veía el color de la furia de los truenos y de la rabiosa sinfonía del agua. La tormenta amenazaba con destruir los ventanales de madera del castillo, de ese castillo que no era de fantasía.

El sonido de la tormenta era la melodía del desastre. Era una lucha contra el tiempo, el castillo de Lenka estaba en peligro. Era el momento idóneo para inmortalizar, en una pintura, la batalla. ¿Imaginas la estrategia? La pintora mágica se armó de valor, abrió uno de los ventanales y, con gran esfuerzo, por causa del viento, sacó su mano al exterior y humedeció en agua de lluvia sus pinceles. Después, sumergió los pinceles en pintura color carmesí, como la sangre de sus venas.

Seguidamente, pintó en el lienzo a un caballero que luchó contra la tormenta. Le puso espada y escudo. Y, el valiente paladín, a los truenos y relámpagos venció. El caballero de la tormenta, sometió al viento bajo la coraza de su pecho y, el guerrero pintado, más bravo se volvió. Tan intrépido se tornó el valiente durante la batalla, que intentó salir del lienzo, para dar un beso a la pintora que le dio la vida. Cuando Lenka vio la audacia del guerrero, se estremeció.

En ese momento, a Lenka se le ocurrió una idea extraordinaria: en un suspiro se fundiría con los colores, traspasaría los límites de la realidad, introduciéndose dentro del lienzo, tomando la forma de una bella heroína, que al valeroso caballero ayudase en todas sus hazañas. Lenka y el caballero de la tormenta se dieron un beso de bienvenida. Al otro lado del lienzo, se oyó el sonido de aquel beso. Lenka, más allá de la realidad, conquistó a sus admiradores. Después de esta hazaña, Lenka dejó una huella en el arte. Una huella con sonido, una huella inolvidable.

Juanjo Conejo