LA REINA Y EL CABALLERO. Juanjo Conejo

(Monólogo teatral)

Al lado de esa dama en cuyos ojos uno puedo perderse, pude sentir lo que nunca antes había sentido, un sentimiento difícil de explicar, invaluable, inmedible, un sentimiento que, por repetirlo, podría cruzar siete veces el océano. Jamás hubo en mí más intención que la de disfrutar de esa sensación de vida que experimentaba cuando estaba a su lado. Nunca me atreví a avanzar un sólo milímetro más allá del aura de la reina, porque su alma era de la raza de la pureza, y mis manos estaban manchadas con la sangre de la guerra. Me arrodillé y besé su mano, ese fue el momento más cercano y culminante.

Los últimos años de mi vida han sido más duros de los que un ser de carne y hueso puede soportar, hubo momentos culminantes en los que deseé morir, pero una fuerza invisible me trajo hasta aquí. Recientemente, tuve el privilegio de pasar el día junto a la reina de profunda mirada, era su forma de agradecerme la victoria de mi última batalla. Ese día lamenté ser un caballero y no un príncipe. Sólo hubo miradas, cercanía, confidencias, pero fue suficiente para que, después de tantos años, sintiera esa paz que es tan ausente en los campos de los que, probablemente, morirán.

Ese fue un día de miradas disimuladas, y de suspiros, muchos suspiros. Su presencia real era un cielo para quien había vivido tantos años en el infierno. Sus miradas angelicales traspasaban la armadura que aún estaba puesta sobre mi alma y hacían blanco en el mismo centro de la diana, en mi corazón endurecido por la guerra. No me atrevía a hablar, para no entorpecer la magia que ya había olvidado en algún rincón del pasado, desde ese día en el que murió la mujer a quien amaba. Corazón desgarrado, latido doloroso. Deseé tantas veces morir en mis batallas, era la única forma de volver junto a ella.

Deseé ver de nuevo a la reina, ser invadido por su cristalina mirada y envuelto en el abrazo de su dulce aura. Anhelé pasar la eternidad mirando el infinito de sus ojos, sin necesitar nada más que el brillo que emanaba de sus pupilas cuando, en un idioma sin palabras, me llenaba de esperanza. Mi alma sentada en un campo de amapolas, y en sus ojos el trigo dorado, pasar las horas con el misterio de un beso en cualquier hueco despistado del tiempo en el que ella olvidara que sólo soy un caballero. Y que las horas se derritieran en aromas, y el alma quedara suspendida en el aire.

Soñé otro día, sin más deseo que cruzarnos la mirada con espadas que no hacen daño. ¿Debía olvidarla?, ¿echar al fuego el pergamino de esa historia? Pero era un caballero forjado en mil batallas, no podía rendirme. Y ese día llegó. La reina reclamó mi presencia. Me ordenó que me arrodillara. Y luego, con unos toques suaves de la espada sobre mi cabeza y mis hombros, me nombró Príncipe Predilecto. Ese fue un momento de los que hacen leyenda y que atesoraré en mi corazón hasta el fin de mis días. Y hasta el fin mis días viviré junto a ella, porque este caballero llegó a ser el rey del imperio.

Autor: Juanjo Conejo

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