LA MUJER DEL DRAGÓN TATUADO (I). Juanjo Conejo

Alexandre. Es la calle más concurrida de Barcelona, ¿el nombre de la calle?, no importa. Estoy, una vez más, en la puerta de mi restaurante chino favorito, fumando, dentro no puedo hacerlo. Mi mirada siempre se desvía hacia ella, hacia esa mujer que todas las noches ofrece su cuerpo a cambio de un poco de dinero. Ella es de una belleza exuberante, muy delgada, pero de formas perfectas. Me dijeron que se llama Roxanne. Tiene una larga melena, negra como el azabache. Tiene unos labios prominentes que te incitan a querer morderlos. Sus ojos negros tienen una profundidad en la que puedes perderte. Dicen los rumores que tiene en su espalda un dragón negro tatuado. No hay piercings en su rostro, me alegro, ella posee una belleza natural y salvaje, cualquier adorno artificial adulteraría sus encantos. Lleva un vestido negro ajustado, de los que cortan el aliento, pero en su rostro siempre hay tristeza. A veces, enciendo un segundo cigarrillo, tan sólo para observarla cinco minutos más. Cuando algún cliente se acerca, suben al piso de arriba y, en pocos minutos, se ilumina una luz roja. Odio esa luz roja. En esos momentos de luz roja, entrega su cuerpo a hombres que no la aman, a hombres sin escrúpulos. Siento rabia, soy yo quien quiere abrazar la fragilidad de su cuerpo, soy yo quien quiere besar el dragón negro de su espalda. Estoy perdiendo la cabeza, me he enamorado de una desconocida que ejerce la prostitución. Maldita e insensible luz roja.

Roxanne. Aquí estoy, un día más, en esta esquina, vendiendo mi cuerpo para poder sobrevivir. No comprendo cómo he llegado a esta situación. Las cosas fueron sucediendo lentamente, hasta convertir mi vida en un pozo sin fondo, del cual no me veo con fuerzas de salir. Sexo, drogas y alcohol, esas han sido las directrices de mi vida en los últimos años. Todas las noches lloro cuando el último de los clientes se ha marchado. Una luz roja para despertar la pasión de los clientes, una luz roja que atraviesa mi alma hasta la desesperación. Cuando ellos están en su éxtasis, yo simulo estarlo también, me he convertido en una experta en ese arte. Cada día que pasa, mi lamento es más profundo, ya no puedo soportarlo más, no me quedan más lágrimas por derramar. Aunque cada noche me hacen compañía varios hombres, me siento terriblemente sola. Cuando ellos se marchan, dejando los billetes sobre la mesita de noche, siento puñaladas en mi corazón. Mi piel perdió su olor natural, huele a hombres viciosos y pervertidos. Me ducho con frecuencia, pero no logro borrar de mis poros el olor del dolor. Ninguno de mis clientes logró que me sintiera amada, sólo me usaban para satisfacer sus instintos descontrolados. De nuevo, veo, al otro lado de la calle, al hombre del sombrero negro. Está fumando. Mira hacia mí con frecuencia. Apaga su cigarrillo, enciende otro. Vuelve a mirarme. Es el hombre de todas las noches, como la luz roja de mi conciencia.

Juanjo Conejo