LA MADRE SOÑADA. Juanjo Conejo
Madre, cómo recuerdo aquellos días de cielo, cuando tu amor me llegaba a través de tus venas. Todos tus pensamientos eran para mí, me sentía tan importante. Tu vientre amoroso fue mi mejor cuna, sentía tus caricias a través de tu piel y una profunda paz me inundaba. Tú me cantabas con tanta ternura, tu voz era música divina. Mis movimientos dentro de ti eran todo un acontecimiento que te llenaba de felicidad. Escuchar los latidos de mi corazón se convirtió en tu melodía predilecta. Me daba cuenta de que me amabas con todo el corazón, me sentía perfecto y extraordinario. Tu vientre amoroso fue mi verdadero hogar, un nido acogedor, porque tú velabas por mí.
Madre, gracias por luchar tanto por mí, nunca me faltó nada. Cuando miro tus manos, castigadas por el tiempo, me parecen tan bellas. Para mí no has envejecido, conservas la misma hermosura del día en que nací. Me pareces un ángel con alas invisibles. Tu presencia es mi felicidad, el olor de tu piel me recuerda a las flores del campo. Eres lo más puro que me ha ocurrido, siempre sonríes cuando me ves llegar, porque soy el centro de tu corazón, único y especial para ti. Veo la primavera en tus pupilas, narcisos y tulipanes, campos de girasoles, incluso ahora que estás a punto de marcharte. Madre, no llores, ¿las oyes?, las campanas repican preparando tu llegada.
Madre, cuando me hablabas acariciando tu vientre, me llenabas de alegría, estabas convencida de que yo te estaba escuchando. Me decías con exquisita dulzura: «Amado hijo, tan deseado por mí, tú eres lo más grande que me ha ocurrido, mi aire es tu aire, y mi sangre es tu sangre. Cuando estés en este agitado mundo, no te preocupes, yo estaré siempre a tu lado para ayudarte. A lo largo de la vida, te encontrarás con el desánimo y la tristeza, pero mis manos siempre estarán dispuestas para darte todo el apoyo que necesites. Siempre tendré una canción para ti, te acunaré con mis consejos, serán besos en tu frente. Hijo mío, yo te daré todo el ánimo y el consuelo que necesites «.
Madre, recuerdo, como si fuera ayer, cuando el doctor, sonriendo, me puso sobre tu pecho, fue la primera vez que nuestras miradas se cruzaron. Madre, acúname antes de irte, cántame por última vez, antes de que tus ojos se cierren para siempre. No te vayas todavía, quédate a mi lado tan sólo un poco más. Cómo recuerdo aquellos días de cielo, estaba en tu vientre y con ternura me cantabas. Tus palabras, como el calor del fuego, me abrigaban del frío. Madre, no cierres aún los párpados, quiero disfrutar tu mirada hasta el último momento, porque aún conserva toda la luz de tu profundo amor por mí. Ya se apagaron tus estrellas. ¡Adiós, madre, tu amor estará siempre conmigo!
Juanjo Conejo




