IMAGINA. Juanjo Conejo
Cuando el escritor de sueños llegó al mundo de Fantasía a bordo de su globo aerostático, no pudo creer lo que veía, cada estrella del cielo tenía un nombre escrito, eran los nombres de todos aquellos que sobrevivieron a la desesperanza y que brillaban para dar luz a los ciegos del alma, a todos aquellos que no podían contemplar la belleza que se escondía en todas las cosas. Y entre estrella y estrella, había un recipiente de cristal que contenía todas las lágrimas derramadas, las de aquellos que habían luchado por no rendirse. Millones de estrellas, millones de recipientes de cristal.
Y un ángel voló y esparció las lágrimas al viento, y cayeron sobre montes y mares, sobre ríos y valles, y el mundo se llenó con una nueva ilusión, los ciegos del alma comenzaron a ver, y en todos los rostros de los desesperados se dibujó una sonrisa. El escritor de sueños subió a la cima del monte más alto, y el ángel sembrador de lágrimas puso una pluma en su mano y le dijo: “Llora y escribe”. La pluma escribía con tinta de su corazón, y las palabras brillaban como el sol. Mientras escribía, lloraba. Y las lágrimas que caían sobre la hoja de papel, convertían las frases en palomas que llevaban los mensajes por todo el mundo de Fantasía. Y, cuando aquellos que tenían corazón de niño leían las palabras del escritor de sueños, un fuego se encendía en sus corazones.
El poeta tomó la pluma y, como si fuera una lanza luminosa, la lanzó hacia el cielo, y su trayectoria dibujó un arcoíris que se veía de un extremo a otro del mundo de Fantasía. Al llegar la noche, el poeta gritaba “¡Almas en oscuridad, abrid las ventanas para que entre la luz!”. Y, mientras vociferaba a los cuatro vientos su mensaje, sus palabras, como lunas llenas, iluminaron la oscuridad de la noche. El escritor de sueños pasó toda la noche en la batalla. Cuando amaneció, el escritor de sueños se tumbó a descansar a la sombra de un árbol que cobijaba a los pajarillos errantes.
Mientras el poeta dormía, un pajarillo vagabundo se posó sobre el corazón del poeta y le cantó una canción de ánimo: “Eres frágil como yo, pero tu corazón es fuerte. Tus lágrimas son semillas de esperanza que darán frutos de victoria. Descansa poeta. Y, cuando despiertes, llena el mundo de ilusión”. Cuando despertó, vio una figura que le resultaba familiar, que se acercaba a él a toda prisa y con una amplia sonrisa. Era su gran amigo Giaco, el osito blanco de peluche del mundo de Fantasía. “He venido para sostenerte cuando tus fuerzas flaqueen”, dijo Giaco. El escritor de sueños le dio un fuerte abrazo entre lágrimas de emoción. Luego, subieron juntos al globo aerostático. Y, ascendiendo al cielo, viajaron hacia el lugar más difícil de alcanzar: el corazón humano.
Juanjo Conejo




