Hipocondria. José Luis Quintana

Cuando Manuel salió del ascensor un temor lo invadió unos momentos y antes de cerrarse la puerta automática entró medio cuerpo en la cabina; los botones cromados con los números de las distintas alturas se los veía limpios, relucientes y brillantes a pesar de una pobre luz cenital interrumpida por él mismo al agacharse – una vez más pensó el porqué los números del ascensor están a la altura de las rodillas – quería comprobar el número tres izquierda, el suyo, por ver si antes que él habían pulsado ese número sin las debidas precauciones higiénicas que constantemente repiten los medios de comunicación. Estaba limpio, impoluto, respiró profundamente de satisfacción y dejó que la puerta se cerrara. Se sacudió el chaquetón azul tres cuartos y al tiempo comprobó la limpieza y brillo de los zapatos.

Su vecino del segundo el solitario doctor Vázquez, subió, como durante años llevaba haciendo, al tercero; en casa de Manuel el desayuno estaba preparado a las diez en punto. Javier,- doctor Vázquez- estudioso e insomne era el complemento perfecto en un desayuno con Manuel, callado; de vez en cuando levantaba la vista y miraba a Javier en un signo de aprobación. El médico se desfogaba ampliamente, las rabietas acumuladas por causa del covid y las vacunas quedaban transferidas a su vecino Manuel que callado, retenía. Hoy se ocupaba de las vacunas; “que la Oxford no sirve , que está ya comprobado, y que ya veremos esos engaños de los laboratorios en qué terminan”, y miraba a Julián que le servía el café. Julián, acostumbrado, hacía un movimiento de cabeza aprobatorio y el doctor, satisfecho, seguía su perorata. El desayuno diariamente duraba una hora exacta. Javier volvía a su casa y Manuel, aquel día, excepcionalmente, salió a la calle a dar un paseo.

Ya en la acera, volvió a pensar en la cabina del ascensor; no es el número tres el que interesa, ese solo lo pulsarán los de casa, es la B la que todo el que baja debe pulsar. ¿Con qué mano había pulsado la B, con la izquierda o con la derecha? Y se había abotonado el chaquetón con las dos manos. Debía desinfectarse, buscar una farmacia, quizá entrar en un banco que seguro tendrá a la puerta un dosificador. Dobló los codos con las manos hacia arriba, como había visto a los cirujanos antes de la operación. Le picaba en la nuca y le picaba fuerte; a los pocos metros sintió un golpe fuerte, un manotazo y la voz de alguien que le decía: !Vaya avista asiática, enorme, esa ya no le picará más pero vuelva a casa que se le ha colado por la espalda, y nunca se sabe.

Dicen que Manuel cayó al suelo sin conocimiento, que pidieron una ambulancia para trasladarlo a urgencias. Sin signos aparentes lo ingresaron en el área de los posibles contagiados del covid donde por el número de enfermos no pudieron atenderle hasta estudiar los casos urgentes, eso sí, que prontamente le hicieron esa PRC que dicen pero de la que no se fían demasiado, por lo que creyeron lo más conveniente dejarlo en observación hasta el siguiente día.

Manuel no contó, porque no fue conocedor, de la avispa que le picó en el cuello. Se quejaba de una gran dolor de cabeza, decía él. Pasado el efecto del veneno de la avispa, durmió plácidamente.

La familia llamó y llamó sin encontrar respuesta; el enfermo estaba confinado en la sala de infecciosos, en observación. Y por supuesto no se le podía visitar.

Dos días estuvo Manuel hasta que le dieron el alta, diagnóstico: “Enfermo de aprehensión”, se aconseja consulta con siquiatría.

Lo vinieron a buscar, su esposa, el conductor y el mayordomo Julián. “Ya le dije yo Don Manolito que no saliera, que este virus es muy contagioso y donde mejor está es en su casa.” J.L.Q.