Garabandal. J.L. Quintana
La llegada de Sacha al pueblo y luego su amistad ha sido un regalo de Dios, nos vemos solo los fines de semana, el resto de los días los pasa solo, le tengo un gran cariño y más desde que recordó a mamá Paloma, la ternura con que habla de su madre me conmueve.
Sacha es muy religioso, me dice que es la influencia de su madre, en Moscú frecuentaban la iglesia próxima los tres, me habla de su padre, cómo mimaba a Paloma, siempre pendiente de ella.
Me comenta de la liturgia cristiana ortodoxa, que es igualita a la católica, como la misa a la que acabamos de asistir celebrada por D F.
Un poco intrigado con la sagrada forma y la comunión que en su iglesia se toma y consagra el pan y vino, por lo demás todo parecido.
Sacha tiene una voz casi de bajo y me canta con mucha seriedad, en ruso, la oración del Credo, me suena un poco a nuestro canto gregoriano, quizá más lineal, como un recitado. Mientras canta le veo transformado, ha entornado los ojos, está rezando de verdad. No puedo evitar sentir como una corriente que sacude todo mi cuerpo, una vez más compruebo cómo los humanos tenemos una comunicación más allá de los sentidos, también lo percibí cuando me contó su experiencia en Garabandal:
Sacha subió a los pinos, al atardecer, cuando el sol poniente alargaba las sombras sobre un suelo elegido por lo divino. En su narración, como hace siempre, entorna los ojos o los cierra, siento que se transforma, es otro ser más espiritual, creo que no estoy a su nivel de sensibilidad y que él lo sabe. No me dice el tiempo que pasó en el lugar donde las niñas dicen que vieron a la Virgen María. Durante su relato hubo muchos silencios, en ellos como en otras ocasiones miraba hacia la Peña Pico Sombrero, las aves en su migración destacaban en negro bajo en cielo azul y no pude por menos que relacionar el cielo azul, el Pico que apunta hacia el más arriba, los pinos, las niñas en Garabandal y mi bienvenido amigo.
Sacha no bebe licores pero esta noche es de excepción y probará un orujo en copa pequeña que le durará más de dos horas durante la charla. Pocas palabras y mucha paz, Garabandal es la base. No recuerda el tiempo que pasó en aquella tarde noche. No se quedó en los pinos, me dice, subió unos metros más arriba desde donde contemplaba los pinos, la aldea, el valle y los montes próximos. No sabe en qué momento vio a las niñas subir por el camino, las gentes que las seguían se empujaban entre sí y a pesar del camino de piedras, sin mirar al suelo, cambiado su rostro rezaban en alto y se oían sus peticiones, por la hija enferma, por enfermedad, necesidad, angustia ,tristeza.
Sacha vio la Luz que abrazaba a todos, niñas y gentes y se oyó un mensaje de amor y paz, también de advertencia. Desaparecida la visión volvió la oscuridad se sintió como al despertar de un sueño, la noche era plácida, se sentía bien, como acompañado, alguien o algo le quería explicar y Sacha se quedó y escuchó la voz que se oía dentro de él mismo, la voz del Universo le habló de Dios, del Hombre, del Paraíso, del Cosmos y entonces…, entendió a las niñas «
J.L. Quintana




