El reloj de arena. Juanjo Conejo

La noche avanza, fría, inerte, como una tumba vacía, a la espera de la siguiente venganza. Quizá yo sea la siguiente víctima. Las horas avanzan inevitablemente hacia el alba, y ella habrá desaparecido de mi vida para siempre, huyendo de la luz del sol, como una vampiresa que ya bebió toda mi sangre, dejando su inconfundible marca en mi cuello.

Cinco minutos de un reloj de arena, ese es el tiempo exacto que duró nuestro último abrazo. Doy la vuelta al reloj de arena, deseo besarla durante cinco minutos, aunque en sus labios haya sutil veneno. Si he de morir, lo haré de pasión. Su boca tiene sabor a muerte, pero la deseo tanto, aunque ella esconda una traicionera daga en el hueco de sus pechos. Seguramente, antes de cinco minutos estaré muerto, no me importa, no quiero seguir viviendo sin conocer el cielo y el infierno que hay en su cuerpo, dejaré que su piel hiele mi sangre y esta noche se convierta en mi funeral.

Miro hacia el reloj de arena, llevamos un minuto besándonos, el color negro de sus labios hace honor a su alma, fría y distante, pero lo que me hace sentir no tiene precio, un escalofrío que recorre toda mi espalda, como si la hoz de la muerte estuviera a punto de degollarme. Me besa desesperadamente, mordiendo mis labios y haciéndolos sangrar. La ventana está abierta, la brisa nos trae la fragancia y el sonido de la noche, la sensación de una muerte inminente en las dulces y macabras alas de un murciélago.

Miro de nuevo el reloj de arena, han pasado dos minutos, ahora sus largas uñas, afiladas y negras, arañan mi cuello al compás de un oscuro beso, buscando el momento oportuno para clavar su daga de plata sobre mi corazón. No debería desearla, hacerlo es como correr hacia la muerte, pero asumo con agrado el riesgo.

Han pasado tres minutos, los granitos de arena siguen cayendo inevitablemente, como este irrefrenable beso, helado y apasionado. Ha deslizado su mano por mi espalda, explorando, para localizar el punto donde ella sabe que logrará descontrolarme. Su rostro es inexpresivo, un glaciar, como si careciera de sentimientos. Y, sin embargo, su mirada parece un volcán en erupción, sus ojos son lavas candentes.

Ella mira hacia el reloj de arena, yo también lo hago, han pasado cuatro minutos, ahora está besando mi pecho, me desequilibra, tantea mi talón de Aquiles. Le ofrezco abiertamente mi cuello, en mi loco deseo no hay temor. Se ha detenido en el punto exacto, estoy esperando su vil ataque, heme aquí dispuesto a morir.

Último minuto en el reloj de arena, en sesenta segundos quizá esté en el mundo de los muertos. Vuelve de nuevo a mis labios, clava en ellos sus dientes, como deseando detener el tiempo, su mano busca sigilosamente la daga oculta, la empuña, la levanta sobre mi pecho desnudo, la miro a los ojos, en mis pupilas un mensaje.

Dos meteoritos de fuego se deslizan por sus pálidas mejillas, guarda la daga entre sus pechos, corre hacia el reloj de arena, le da la vuelta, vuelve de nuevo a mis brazos. Tenemos cinco minutos más para desearnos, jugando con la muerte, al filo del último aliento, ese punto y final que, a cada segundo, amenaza.

Juanjo Conejo