Ser periodista me permite entrevistar a personajes peculiares. En esta ocasión, un predicador. Por aquello de la economía del espacio, he omitido mucha información, pero he respetado lo que, a mi juicio, es más esencial y caracteriza al entrevistado.

Periodista – Hoy cumple sesenta años, ¿seis décadas dan mucho de sí?

Predicador – Sesenta años de vida, sin más riqueza que aquella con la que nací. Manos vacías, corazón pequeño. Y cada latido vale un diamante, en una vida en la que no se puede comprar el tiempo. Este momento es lo único que tengo.

Periodista – ¿Lamenta las batallas perdidas?

Predicador – Soy consciente de mis errores, procuro aprender de ellos todo lo que puedo. Pero he superado la prueba más importante: no odio a nadie. Las heridas que me causaron son ahora las cicatrices de un pasado que no quiero olvidar, pues los años quemados en el calendario son la historia que explica lo que soy.

Periodista – ¿Qué espera del futuro?

Predicador – Me espera un nuevo desafío: que el amor triunfe sobre la lógica, me espera la gloria de lo sublime. Quiera el cielo poner abundancia en mis manos, para repartirla con aquellos que perdieron la esperanza.

Periodista – ¿Cuál es el recuerdo más antiguo que tiene?

Predicador – Cuando estaba en el vientre de mi madre, para bien o para mal, un dedo me señaló. Y aquella canción que escuché, antes de ver la luz, no deja de sonar en mi cabeza. Aquel abrazo del infinito fue más poderoso que las heridas de mi historia. Sé que no tiene argumento sólido, pero amo a Dios, aunque mi alma esté cubierta de cicatrices. Él me dio más de lo que merecía.

Periodista – ¿Qué le pide a Dios?

Predicador – Al que entiende del dolor le pido que me conceda más tiempo, quiero ser alguien de quien Él se pueda enorgullecer, para ninguna otra cosa me sirve la vida. Lo amo, a pesar de esos actos de los que me avergüenzo. Sin embargo, sé que lo que me sostiene no es cuánto lo amo, sino cuánto me ama Él. Sesenta años de vida, y aún no lo comprendo lo suficiente. Necesitaré otros sesenta años, para atisbar cómo es Él, para entrar en lo insondable de su naturaleza. Un poco de Él, me inunda, ¿podría verlo en la totalidad de su gloria sin morir?

Periodista – ¿Ha sido muy dura su vida?

Predicador – Sí, la vida es muy dura, el mundo se derrumba, se pierden los valores, es una locura creer en Dios. Un día, le pedí a Dios que me matara, cuando llegué al límite del dolor que podía soportar. No me escuchó, sino que me dio un beso de palabras. Ese beso me renació.

Periodista – ¿Quién es usted?

Predicador – ¿Quién soy? Soy una caña cascada por el viento, una voz en el desierto. No es lógico amar a Dios, Cuando Él es incomprensible. Pero el amor que me regala, sin merecerlo, me convence hasta los huesos, aunque Él esté envuelto de misterio.

Periodista – ¿Espera ver a Dios cara a cara?

Predicador – No tengo prisa en ser vestido con ropas reales porque, aunque este mundo me guste cada día menos, quiero dar un poco de todo lo que Él me dio. Quiero ser una gota de Dios en mí, y lo podré ser cuando en mi interior convivan la fragilidad y la fortaleza. La fragilidad nos vuelve humanos; sacar fuerza de la debilidad, divinos.

Periodista – ¿Una oración?

Predicador – Alarga las horas del día, que la noche caiga cuando te haya comprendido. Que cada partícula de mí anhele tus palabras, pues ellas son mi medicina. No dejes que me rinda pues, aunque ya no queden flechas en mi aljaba y todas las puertas estén cerradas, sigo esperando el milagro, la prueba irrefutable de que mi vida ha tenido sentido.

Terminó la entrevista. Me pareció ver en el predicador un reflejo de mí mismo. Yo también esperaba la prueba irrefutable. Quizá, él y yo éramos el mismo, pero con diferente sombrero.

Juanjo Conejo