EL HOMBRE DE BLANCO. Juanjo Conejo
Camina como un guerrero, el hombre vestido de blanco. Siempre viste de blanco. Y cada día, la misma cafetería, la misma mesa desde donde controla el espacio como un vigilante, como si aquella cafetería estuviese bajo su protección. Y remueve el café con la cucharilla con un rito majestuoso, se percibe, por su rostro, que es uno de sus mayores placeres. En el barrio, es famoso por sus pequeñas hazañas: salvar a un perro de morir ahogado en el río, subir a la vecina, que vive en un séptimo piso (sin ascensor) las bolsas de la compra. Y, aun así, nadie conoce su nombre. Todos lo llaman “el hombre de blanco”.
Hace muchos siglos, el hombre de blanco era el ángel más poderoso en el cielo. Su nombre era “El Magnífico”. Un ángel guerrero imbatible. Su espada se llamaba Justicia. Este ángel, cuya blancura sobrepasaba a la de la nieve, venció a Muerte, el ángel oscuro más fuerte. Y Muerte fue desterrado al planeta tierra. Pero Muerte juró venganza. Y este ángel oscuro se convirtió en una mujer de exuberante belleza. Y, en una de sus misiones en la tierra, El Magnífico se enamoró de ella. Edesia, el ángel oscuro, le prometió amor eterno si, a cambio, se cortaba las alas. Y, sin sus alas, El Magnífico perdió todo su poder.
Y esa es la razón por la que, este ángel guerrero, el más poderoso del cielo, fue condenado a vivir como un hombre. Pero el hombre de blanco era feliz con sus pequeñas batallas. En muchas ocasiones, tuvo que ser hospitalizado de gravedad, víctima de las palizas que recibía por impedir un atraco o una violación. Sus heridas tardaban en curarse igual que las de cualquier ser humano. No es extraño que este antiguo guerrero recibiera tanto cariño de las enfermeras. El hombre de blanco pasaba más días en el hospital que en su casa. Pero todos los días recibía ramos de flores de los vecinos de su barrio.
Edesia tenía un plan macabro: sacrificar a una niña de cinco años, su muerte le daría el poder absoluto. Subió a la niña al edificio más alto de la ciudad, su intención era lanzarla al vacío. Este acontecimiento se estaba emitiendo en directo por televisión. El hombre de blanco lo vio desde el hospital y acudió con premura al lugar para evitar la muerte de la niña. Llegó unos segundos tarde, Edesia ya había lanzado a la niña al vacío. Sin pensarlo dos veces, el hombre de blanco también se lanzó al vacío, su idea instintiva era proteger el cuerpo de la niña y librarla del golpe de la caída. Esta sería su última hazaña.
Cuando llegó a la altura del quinto piso, la niña ya estaba en los brazos del hombre de blanco. La niña lo miró asustada. Y él le dijo: “No temas, estoy contigo”. Una voz de trueno se oyó en el cielo, y su eco llegó a la tierra: “El amor es tu poder”. Y al llegar a la altura del tercer piso, dos grandes alas brotaron de la espalda del hombre de blanco, alas inmensas y majestuosas. El Magnífico, con el resplandor de la nieve en su rostro, dejó a salvo a la niña en el suelo. Luego, ascendió al séptimo piso envuelto en un aura de justicia. Y tan sólo con su mirada, repleta de amor, Edesia se desvaneció en la nada.
Un micro extracto de la futura película “El hombre de blanco”, de Juanjo Conejo.
Por favor, las palomitas que te han sobrado después de ver esta película, tíralas a la papelera que hay a la salida de la sala de este cine.