El Búho y la dama de negro. Juanjo Conejo

Negra es la noche porque, aunque el amor nunca muere, los cuerpos son inevitablemente frágiles. Siete rosas rojas sobre la tumba, siete días de dolor inmenso. La dama de negro llora con desespero, la dama de negro está pensando en el único y gran amor de su vida. Hoy deberían haber celebrado sus Bodas de Plata, pero él está a tres metros bajo tierra. La dama de negro tiene el alma sangrante, caen sus lágrimas carmesíes sobre la tierra, caen sus gotas sobre las siete rosas, el símbolo que ellos tenían de su amor eterno. En la noche solitaria nadie la observa, nadie, excepto el vigilante nocturno, el búho de ojos de fuego que todo lo ve, incluso el alma desgarrada de la dama de negro.

Ella permanece quieta, como estatua de piedra, como la piedra de la lápida, tan sólo el movimiento de su pecho provocado por su profunda agonía delata que ella es una mujer, de carne y hueso, de alma y corazón, que agonizante llora en la oscura noche al único hombre que amó. Tres lágrimas se deslizan bajo los ojos del búho: ternura, comprensión y compasión. Luz de luna llena sobre las tres lágrimas del búho, que como antorchas descienden hasta su pecho. Y el búho revivió su pasado, recordó que él también fue en otro tiempo un ser amante, condenado a la tristeza por la muerte prematura de su amada.

El búho voló y se situó sobre la lápida del amor muerto, y leyó su inscripción: “El amor nunca muere”. Tres lágrimas bajo los ojos del búho: dulzura, tolerancia y clemencia. La dama de negro camina muy lentamente alrededor de la tumba, los ojos del búho la siguen a cada paso. La dama de negro recuerda y llora, el búho también ha entrado en silencioso llanto. El amor derramando lágrimas impotentes, el amor de dos seres tan diferentes, separados por la clasificación de las especies. Hoy el mundo no es para ellos, y desean desmaterializarse, viajar al lugar donde el amor no tiene formas, tan sólo es agua fluyendo, como los ríos corren hacia el mar, llenándolo de vida y esplendor.

El búho voló de nuevo y se acomodó suavemente sobre el hombro de la mujer de negro, ella alargó su mano y lo acarició dulcemente, el búho era su único consolador, el único testigo de la profundidad de su dolor. Dos seres magníficos, unidos por el dolor, ahora convertido en amor, renaciendo, regresando, levantando las alas, preparándose para volar. Y el búho volvió a volar y la dama de negro cerró los ojos. Y la oscuridad se convirtió en luz, y las lágrimas huyeron, y una melodía penetrando su pecho como un cuchillo afilado, unas notas musicales provenientes de un lugar donde el amor no tiene principio ni fin, es Alfa y Omega, sinfonía inmortal. Y el vuelo del búho llenó el universo de maravillas que el ojo humano nunca vio, milagros de otra dimensión.

La dama de negro abrió los ojos y ante ella, radiante como el sol se encontraba él, su amor no había muerto, resplandecía con la fuerza de siete estrellas. Él la miró y sonrió, ella se lanzó a sus brazos, y allí volvió a sentir de nuevo la grandeza y la belleza del amor. Negra es la noche porque, aunque el amor nunca muere, los cuerpos son inevitablemente frágiles. Siete rosas rojas sobre la tumba del amor muerto y tres lágrimas bajo los ojos del búho, suficiente para experimentar el amor eterno.

Juanjo Conejo