Llegué al mundo a través de un círculo de oro. Me trajiste de la eternidad a la mortalidad. Y, de nuevo, me llevarás a la eternidad cuando acabe mis días. Ya pensabas en mí cuando contabas las estrellas. Me pusiste nombre cuando la tierra estaba inundada en agua. Cuando estaba en el vientre de mi madre no sabía el duro camino que me esperaba, pero me besaste al nacer, fue un beso de fuego. Y en medio del desierto, aquel beso me sostenía. Y en la cuerda floja, aquel beso me alentaba. Un beso de fuego es un beso de amor, aunque el fuego queme las impurezas en el crisol.

Más de cinco décadas para comprender que el amor es eternidad. Y, aún así, nunca llego a la línea del horizonte. Y, aún así, miro el bolsillo vacío y tú me dices: “¡Está lleno!”. Y sólo entiendo que tú estás en mí, que yo estoy en ti, que somos uno, que la muerte no vencerá a la eternidad, que el amor no puede ser destruido. Y, de nuevo, la pregunta rodeada de silencio: “¿Cuál es el propósito de mi vida?”. Tú mirabas el mundo desde arriba y callabas, mientras yo aprendía a escribir. Pasaron cincuenta años, y no encuentro las palabras que te expliquen, desconozco las medidas de tu magnitud.

Y escribo y escribo, como si un hambre de dar besos me poseyese. Pero yo no sé dar besos de fuego. ¡Ojalá, las palabras de tinta fueran llamas! ¿Dónde están las alas de las hojas de papel? ¿Qué quieres de mí, tú que nunca duermes? Te he visto en sueños, escuché tu canción, ¿o era realidad? Y tu voz, tu voz desnuda, no necesitaba artificios para ponerme grilletes, soy un esclavo voluntario de tus palabras de amor. En tus palabras, el bisturí del cirujano; en tus palabras, el bálsamo sanador. Y el mundo sufre cuando deja de sonar la sinfonía, esa melodía que tú no necesitas.

¿Qué átomo me volvió indivisible contigo? Espíritu o sangre, somos uno. Y si la lágrima de un niño que muere de hambre, no conmueve al extraño, ¿Qué los une? Podría escribir este texto con mi sangre, y muchos no lo entenderían. El mundo tiembla cuando nos creemos dioses, cuando queremos ser protagonistas de este circo romano. Tú ríes y otros lloran, mientras yo espero la sonrisa del universo en el filo de una espada. Las palabras son flechas, pero ¿qué puede hacer un arquero contra un ejército? Pero sigo en pie, por un beso de fuego. Al final, el amor vencerá, porque el amor es eternidad.

Juanjo Conejo