CUANDO LA MUERTE SE VISTIÓ DE POESÍA. Juanjo Conejo

Cuando leíamos poesía era como un trago de vino largo tiempo refrescado en la tierra profunda, abandonábamos el mundo y nos perdíamos en el aura de la fortaleza musulmana tornando sus ruinas en un palacio de reyes. Eran esos momentos un mundo de hadas y no necesitábamos más luz que las que exhalaban los últimos rayos del día. Las campanas de la iglesia repicaban de regocijo y el ruiseñor nos deleitaba con sus cantos. Cuando ya sus himnos se apagaban, más allá de los prados, por encima de los montes, aún se oía el eco de sus cantares. Cuando el sol guiñaba a la luna se moría la música descendiendo por las corrientes del río. ¿Era realidad o tal vez un sueño?

Y, sin embargo, era apenas el principio, al llegar el silencio de la noche adormeciendo en sus brazos los sonidos del día, una corriente nos elevaba, nos aturdía y envolvía en su encanto. De pronto era un ciclón salvaje, la lava ardiente de los volcanes y el galopar del éxtasis nos sumergía en los movimientos del baile de una alocada marea. Subidos en la cresta de las olas nos sentíamos triunfar sobre las tinieblas del mundo. Temblaban los reinos, caían los tronos y nuestros miedos desaparecían. Todo se resolvía en un profundo paraíso, en melodías de divinas notas, en placeres casi crueles que nos elevaban hasta el límite de los cielos. ¿Era realidad o tal vez un sueño?

Un día, la muerte se vistió de poesía. Estábamos leyendo “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca. Al llegar al último verso: “que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, oímos el sonido del crujir de una rama. Alzamos la mirada hacia el lugar de donde procedía el crujido. Una dama caminaba hacia nosotros, era bella como la noche de cielos estrellados, todo lo mejor de la oscuridad y de la luz resplandecía en su aspecto. Una sombra de más, un rayo de menos, hubieran mermado su gracia inefable. Era tan elocuente su sonrisa, tan suave y tranquila, parecía que hubiésemos bebido cicuta o apurado algún fuerte narcótico y flotásemos en la alada de los árboles.

Cuando la dama llegó a donde estábamos, nos besó. Nuestras bocas se quedaron de púrpura teñidas, pues ella estaba enriquecida por esa tierna luz que el cielo niega al vulgar día. Nos aquejó un soñoliento torpor a los sentidos y un bullir de enlazadas burbujas. Escuchamos una maraña melodiosa a plena voz cantando al estío con soleada alegría. El aire se llevó nuestro aliento tranquilo y volamos en las invisibles alas de la poesía. Cuando el beso terminó, el himno se apagaba en cada trenza de la dama, donde dulces pensamientos, de días vividos con felicidad, expresaban cuán pura, cuán adorable era su morada. Sí, lo confieso: nos enamoramos de la apacible muerte.

Juanjo Conejo (en homenaje a John Keats y lord Byron)