DE REYES Y REINAS. Juanjo Conejo
Raquel movía su cuerpo al ritmo de la música, la melodía se metió en su cuerpo y no podía resistirse. Transpiraba sensualidad, se dejó llevar, se sentía libre. Los ojos cerrados y su piel húmeda, por el calor del lugar y el baile apasionado. Su cuello brillando, por las gotas de sudor que caían de su rostro. Luces tenues, música y sorbos cortos de gin tonic, esa dimensión era su paraíso.
Andrés, el camarero, no dejaba de mirarla. Tras una de las columnas, se escondía Bárbara, un desamor de Andrés. En su rostro era fácil adivinar el odio que sentía por Raquel. Y entre las sombras, el brillo de un mortífero metal. El camarero tenía sus ojos clavados en Raquel, y ella tenía los ojos cerrados, extrayendo la esencia al momento. Los que jugaban a las cartas, estaban hipnotizados con el baile de Raquel. Nadie se daba cuenta de la catástrofe inminente. Luz suave, melodía cautivante, revolver cargado, todos los ingredientes de un baile maldito.
En el aire, una bala que nadie oyó, por causa del silenciador. Andrés, estupefacto, observaba cómo el cuerpo de Raquel se desplomaba en el suelo. Logró reaccionar y corrió hacia ella. Tras el camarero, corrieron los jugadores de cartas. Bárbara, la reina de picas, huyó entre las sombras. La reina de corazones tenía un disparo en el pecho, la partida había terminado. Alrededor de Raquel, asombro y un charco de sangre. Andrés comprobó su pulso, estaba muerta.
Raquel, flotaba en el techo, observando en el suelo su cuerpo sin vida y la llamada de Andrés al servicio de ambulancias, entre los lamentos de los jugadores de cartas. Como un imán, fue atraída hacia un túnel largo, muy largo, con una cegadora luz blanca al final. No entendía lo que estaba pasando, pero sentía una inmensa paz. Cuando llegó al final del túnel, divisó una figura que le resultaba familiar. Aquella silueta se acercó y, ante sus ojos, su padre la esperaba con los brazos abiertos. Se abrazaron, entre lágrimas. Con una voz que transmitía seguridad, su padre le dijo: “Hija mía, de mi sangre y de mi corazón, aún no ha llegado tu hora”. El rey de diamantes había hablado.
Con el aliento del rey de diamantes, la reina de corazones logró regresar a su cuerpo. Abrió los ojos y, ante ella, el camarero, la carta que faltaba. Andrés la miró boquiabierto, no podía creer lo que veía. Emocionado, el rey de tréboles susurró a Raquel, mientras apretaba sus manos entre las suyas: “¡No mueras, lucha por tu vida!”. La reina de corazones sonrió. Hay historias que empiezan y terminan en la cama; y hay otras hay que nacen y crecen en el corazón.
Juanjo Conejo