De Cayón a Garabandal. J.L. Quintana
Sacha volvió tras su ausencia ya anunciada, lo esperaba, sonriente se sentó junto a mí en el banco de piedra colocado en la calle a la entrada.
Este principio de abril es luminoso, soleado, alegre, los cerezos han florecido y el blanco de sus pétalos ayuda al visitante en sus recuerdos.
María, sentí tu llamada
las aguas del rio cantaban
oraciones de amor y paz
!ven con nosotras, te decían!.
El sol teñía de naranja
al cielo que fué azul
a las flores de mil colores
a las aguas cantarinas.
Ven con nosotros repetían.
y un aire suave y tibio
animaba en la tarde
el encuentro con María.
Sacha miró hacia el Pico Sombrero y como la vez anterior una nube blanca rodeaba la montaña, un grupo de garcetas descansó en el campo cercano, se oyó el cuco y el perfume de primavera volvió a transportar a mi amigo a la montaña próxima, a Garabandal.
Sonó la campana de la iglesia de San Román llamando a la misa del domingo. Sacha me miró, era la invitación para asistir, quiere oir a don F. párroco, de quién le hablé, quería oir la palabra de Diós de la boca de un elegido. Junto a a la iglesia está la bolera, tres niños jugaban contentos, a pocos metros la casa de Julia que fué bar alegraba con sus tiestos de jeranios bien cuidados. Desde la iglesia se contempla el valle, La Cueva, La Penilla, Argomilla, La Encina, Santa María. Sacha ha oído la misa, me preguntó por el sacerdote ayudante, don José Luis, jubilado, nacido en el lugar, le explico que todos en el valle podemos encontrar nuestras raíces comunes en cualquier vecino.
Sacha con la mirada lejana habla de su abuelo Francisco, solo conoce su nombre, lo que recordaba su madre Paloma. Paloma cuando la trasladaron a Leningrado no llevaba documentación, solo el recuerdo de sus padres, mamá Julia andaluza y de papá Francisco funcionrio en la república. Sacha me mira abiertamente para decirme «mi abuelo pudo ser pasiego», estos montes, ríos y campos los siento amigos.
El pueblo está creciendo, nuevos vecinos, Jesús y Silvia, Carlos y Pilar el matrimonio argentino, él toca la guitarra y canta, me dicen que también cocina. Se acerca un muchacho, me dice que es rumano, que trabaja en Bilbao, que le han vendido un terreno en Santocilde, rústico, le han explicado que si da de alta a su esposa como ganadera le permitirán construir un módulo para «aperos de labranza». No sé, no le digo nada, le deso suerte de corazón. Quizá algún día podamos ayudalo.




