CRÓNICA DE UNA MUERTE INESPERADA. Juanjo Conejo

Se sentía joven y fuerte, creía que le quedaba mucha vida por delante. De repente, la amenaza de un diagnóstico: un cáncer. Se convirtió en testigo de su propia desgracia, en la víctima de una muerte inesperada, cuyo protagonista está en tu corazón. Entonces, ante sus ojos, en sus propias manos, la vida estalla en mil pedazos. Se aferra a un clavo ardiendo, sabe que su vida se acaba, pero quiere seguir viviendo. Resignación, impotencia, y sólo un fugaz suspiro le trae el alivio. Y yo, su hermano, sé que él somos nosotros, porque a ese puerto, tarde o temprano, todos llegaremos algún día.

Y su lucha se acabó, la noticia lanzó por la borda todos sus sueños. La marea de la vida hizo que su barco encallase en el último puerto, de donde nunca más volverá a partir. Sabe que está inspirando los últimos gramos de aire, que su sol se está escondiendo por el horizonte, aunque aún pueda sentir el tacto de una mano que aprieta la suya y oír el murmullo de una voz que le dice: “Te quiero”. Últimos rayos de luz que entran por la ventana, suficientes para que sus ojos puedan ver la triste sonrisa de un hermano que le da un beso de despedida y las gotas de agua que juegan en sus pupilas.

Muchas palabras se quedaron sin decir, sentimientos sin expresar, porque él estaba en los brazos de la morfina. Nuestra última conversación fue el silencio. Y te duele el pecho, y sangra sin que haya sangre, y la rabia convierte el corazón en un puño. Éramos muy diferentes, pero lo amaba y admiraba su talento. Me recordaba a mi padre, con el cabello espeso y negro como el azabache. Imágenes de la infancia y de la juventud registradas en mi mente, cuando la muerte aún estaba muy lejos, y la esperanza era como una niña que acaba de nacer y que tiene todo el futuro por delante. He dejado de teclear…

Y, sin embargo, aún suena la melodía en el piano, aunque ya no quede nada que decir. ¿Qué más puedo escribir sin que las palabras me parezcan pequeñas? Espero la inspiración para las últimas líneas… ¡Ojalá mis manos fuesen música y mis dedos desprendieran la fragancia de esas viñas en las que jugabas, y en el sonido de la brisa oyeras mi postrera muestra de amor! Sin discurso final, el aire acuna tiernamente las hojas de los árboles; y al igual que yo, ese es todo el consuelo que necesitan. He visto tu barco en el puerto, tiene las maderas rotas; pero yo haré que vuelva a navegar.

Juanjo Conejo