BALADA PARA UN PIANO. Juanjo Conejo

Si él no hubiera fallecido hace un año, hoy cumplirían sus bodas de plata. Habían pasado 365 días con sus noches, y no había logrado sacarlo de sus pensamientos, ni tan siquiera un instante. Decidió celebrar igualmente el 25 aniversario de su boda. Se puso el mismo vestido que usó en la noche de bodas y se perfumó con la fragancia que a él tanto le gustaba. Después, se sentó al piano, y tocó la melodía que bailaron el día que se conocieron. Sus manos se deslizaban sobre el teclado con la agilidad que solo dan las emociones cuando están a flor de piel. En cada nota un sentimiento, imágenes de muchos momentos vividos junto a él, y en su oído resonando el eco de las palabras que tantas veces escuchó: “Te amaré toda la vida, te amaré aún más allá de la muerte”.

Escenas en su mente que no eran fruto de la imaginación, sino de una realidad del pasado que le dio tanta felicidad. Recordaba el tacto de su piel, cada centímetro de su cuerpo, el placer de unos labios compartidos en la intimidad y aquellas miradas interminables que decían tanto sin necesidad de palabras. Rememoró aquellos atardeceres en que, dados de la mano, soñaban juntos en construir un hogar junto al lago, junto a esas aguas en las que nadaron y chapotearon hasta quedar agotados. Aquellas conversaciones por el camino de regreso a casa, cuando el día moría y los últimos rayos de sol les despedían hasta el próximo encuentro, tomaron vida de nuevo.

Mientras toca la sinfonía, sus manos acarician el teclado como si fuera el cuerpo de su amado, sus pupilas brillan al recordar como él sonreía en la orilla del mar, cuando las olas mojaban sus pies y el tiempo parecía detenerse para que se amaran en la arena. Un “te amo” seguía a otro “te amo”, palabras de amor que iban y venían como el vaivén de las aguas. En el piano, notas que salen del alma, de lo más profundo del corazón; y en el pensamiento, aquellos besos irrefrenables, los abrazos apasionados, los suspiros inesperados y las palabras de aquella promesa: “Te amaré toda la vida; te amaré, aunque la muerte nos separe”.

El piano hoy se ha vestido de gala, con lirios, tulipanes y azucenas, las flores predilectas de su amado y, mientras inhala sus fragancias, lo imagina regando las plantas del jardín y bailando solo, como solía hacer mientras ella tocaba el piano. Le resulta imposible olvidar esas palabras que oía cada vez que ella llegaba a casa: “¿Cómo ha ido el día cariño?”. Detiene sus manos, el piano ha enmudecido, reina el silencio, cierra sus ojos, lágrimas que caen desde sus mejillas al teclado como las hojas secas del otoño. Luego, abre su boca y, como si él estuviera presente, susurra dulcemente: “Felicidades, amado mío, en nuestro 25 aniversario”. Y, de nuevo, sus manos mariposean sobre el teclado.

Juanjo Conejo