Anagallis. José Luis Quintana

La anagallis rosada ha salido ya de entre las rocas, la anémona, la becerrilla de hoja estrecha y la margarita común. Los cerezos se han adelantado y hoy en La Montaña, principios de marzo, incluso en las altas praderas pintan de blanco el verde invernal.

La población respira tristeza, entre otras razones porque los políticos eluden, por sus cortos intereses, la Naturaleza de la que somos parte. Nace un nuevo día y una pequeña flor blanca, amarilla o rosa dará el color y vida que necesitamos.

La ardilla roja de simpática cola larga ya no se lleva las nueces ni corretea por mi tejado.
¿Dónde están las gaviotas blancas que me saludaban en su vuelo?
¿Instruyeron a los estorninos para que no volvieran?
Ayer un pequeña foca perdida se acercó a la orilla en La Magdalena.

Y al pie del acantilado de Cabo Menor un número grande de delfines parecían huir de algún peligro.

Parece que en nuestras montañas unos molinos eólicos ofrecerán una perspectiva nueva en sustitución de las aves migratorias que en nuestros atardeceres cruzan la bahía en su migración primaveral .¿Huirá también el cisne negro y su pareja blanca que frecuentan la Punta del Urro?
No queremos aprender que la Tierra ofrece y regala la Vida a todo ser vivo. No aprendemos, ciegos en nuestros propios y pobres intereses. Egoístas y ciegos, despreciamos el acto de mayor valor : la ayuda al prójimo, el deber con el hermano.

Esta terrible y prolongada pandemia deja al descubierto todas las villanías que el Hombre es capaz de realizar. Negociar con la salud humana merece la mayor pena. Y se está negociando.

Raul, desde el otro lado me relata su paso reciente durante estos últimos días y, como él mismo cuenta, intento ser fiel a su relato.
“Cinco años, dice, desde que murió mi esposa Nuria, de repente . No recuerdo aún cómo ocurrió. Perdiste el conocimiento Raul, me dijeron, pero yo sé que no. No sé si dormí y soñé  o bien volví a vivir, lo que ya habíamos vivido.

Me senté con Nuria en los jardines de Puente Viesgo; pescadores, veraneantes, chicos en bicicleta, el cartero, aire limpio, fresco y el rio testigo. Sé que era lunes, que el fin de semana lo habíamos pasado en el balneario, como tantas veces durante los siete años que llevaba en jubilación. A pesar de mi artritis de cadera que me hacía cojear; mi salud era buena y Nuria, cinco años más joven que yo, se vería obligada en un futuro próximo a llevar adelante la carga de la casa.

Todo se truncó aquél día oscuro, fatal. Recuerdo poco y de manera confusa: los vecinos, buenas gentes; un abrazo, qué se va a hacer, resignación. Me acompañaron; mi sobrina , su esposo , el niño . Sé que me centré en el niño y eso permitió abstraerme y huir de una realidad angustiosa .Un algo de fiebre fría , de sudor caliente , de murmullos que en el cerebro se confundían, se mezclaban con imágenes y datos ajenos al suceso, del vaso de agua. Gracias.

Debo sentarme, mis piernas, el cinturón, respiro mal No, no gracias estoy bien. Hasta mañana, si, sí, está bien, cuando quiera…
Me acerco a la ventana salpicada de la lluvia del Norte, gotas brillantes, luminosas, deformantes adheridas al cristal; miro la calle a través de las inoportunas lentes, salida de la ciudad, las vías del ferrocarril, los últimos vagones de un convoy pasan lentos, el final del recorrido está próximo y al poco se detienen definitivamente. Tengo frío y me duelen las piernas, con una silla alta podría sentarme y distraerme mirando la calle, los trenes. Estoy solo, muy solo Esta es la vivienda de mis sobrinos, hace dos años me pidieron vender mi piso , necesitaban dinero para unos pagos y también eso supondría vivir con ellos: mejor que solo, me dijeron.
Son las cinco de la tarde, a las nueve de la mañana creo, salieron los tres, no he visto ni oído a nadie. En la mesa el resto del café que han desayunado, busqué en la cocina pero no encontré el pan. Estoy muy flojo, aburrido y triste . Creo que me voy a la cama .
Esta habitación, interior, sin ventana…, y cuando lleguen pasarán y cerrarán mi puerta, como anoche, sin decirme buenas tardes, cenarán en la cocina sin llamarme.
Son muchos días sin moverme. No recuerdo haber ido al baño, huele mal, creo que estoy entre mis propios excrementos, envuelto.

Doce años, nada más, me separan de aquellos días de trabajo y que ahora echo de menos. Mi oficina, el control de venta, la sala de aprendizaje y uso de las máquinas . La puerta sin cortinas entrando la luz hasta el fondo. Las visitas, a la una del mediodía el niño que fue parte de mi mismo; una propinilla que nos hacía felices a los dos. Las visitas de amigos  son ya, solo recuerdos.

Hoy han encendido la luz de mi habitación, ya no controlo, no sé si ha estado apagada durante días. No tengo conciencia de la hora, tampoco sé si es de día o de noche. No siento hambre ni sed. Tampoco sé si he comido o bebido y cuando.
Creo que he perdido la vista, no sé si duermo, sueño o estoy muriendo y si este nuevo mundo oscuro es la antesala de la despedida porque algo nuevo está pasando; siento la mano de Nuria que acaricia la mía, no hay duda, como tantas veces, me revela que esto durará poco, todo está previsto y quedaré libre para siempre; hay movimiento alrededor y he podido, curiosamente, entender exclamaciones de asco o repulsa por algo que indican, inexcusable. En cualquier caso no tengo ningún interés ni en el presente ni en el futuro.

Hoy, he visto de nuevo a Nuria, mi esposa, sonriente frente a mí, cerca; me creí en la cama y ella a los pies cuidándome, pero no era eso: ha sonreído, ha hecho un gesto con la mano derecha “Te estaba esperando”. Ha cambiado mi consciencia . “Te esperábamos. repite” “Mira la iglesia, te querían”
Sí, oigo oraciones, música de órgano, la caja con lo que fue mi cuerpo y no siento nada, quiero decir, ni pena ni dolor.

Están mis sobrinos y el muchacho, conocidos, vecinos. Puedo recibir sus pensamientos. Está Felipe, empleado fie , lo veo con dos lágrimas, está recordando tiempos pasados, algo le preocupa, necesita ayuda.

Lejos ya el tiempo, aquí no hay tiempo, no hay terminación. En fracciones de segundo he comprendido todo: el tránsito, he reconocido el lugar de donde salí hace setenta y siete años. Mis amigos, familiares, vecinos que quise y me quisieron. Hemos vuelto.

Me siento con cierto poder, percibo el dolor y también la alegría de los que dejé en la Tierra. El piso de mis sobrinos y el niño. Limpian lo que fue mi habitación. Los veo un poco torpes. Reservan mi fotografía y hay cierta pena.
Es suficiente, desde aquí no hay castigo, si ayuda y mucho amor. Los ayudaré.
J.L.Q.