ALMA INVENCIBLE. Juanjo Conejo
Viajo a la velocidad de la luz, me dirijo hacia un destino desconocido, pero no tengo miedo. Un punto luminoso a lo lejos, que se hace más grande a medida que me acerco. Llego a una puerta, un guardián, que hay junto a ella, me invita a entrar. Cruzo la barrera hacia otra dimensión. Veo una ciudad con las calles de oro. Busco a Alexa desesperadamente, pero no la encuentro. Y con su ausencia, la ciudad de oro pierde su esplendor. Impotencia, cierro los puños, sin ella no quiero estar en este reino. Salgo corriendo de vuelta hacia la puerta, traspaso el umbral divino, salto al vacío del espacio infinito, desciendo como un rayo hacia la tierra. Busco el rostro de Alexa.
De nuevo, en mi cuerpo. Abro los ojos, un puñal clavado sobre mi corazón. Una mujer del pasado me ha asesinado. Veo a Alexa entre la gente que me rodea, está llorando desconsoladamente. Intento llamarla, no puedo, mi garganta no responde. Una sirena y hombres de blanco. Alzan mi cuerpo, me introducen en una ambulancia. Tengo frío, me tapan con una manta. Alexa va sentada a mi lado, toma mi mano, la aprieta, me mira a los ojos, por fin mi mirada se cruza con la suya. Intento decirle algo, tapa mi boca con su mano, me susurra al oído: “Tranquilo, estoy contigo”. Cierro los ojos. Sus palabras resuenan en mi mente: “Tranquilo, estoy contigo”. Me lleno de calma.
Me duele la herida del pecho, me duele la herida del alma. El odio tomó forma de puñal traicionero, no escaparé de la muerte. Quiero vivir, quiero estar junto a Alexa, por su ausencia regresé del paraíso. Me aferro al poco aliento que me queda. Oigo el tic tac del tiempo que, desde la muñeca de Alexa, me avisa de que mi tiempo se termina. Oigo el latido de mi corazón, se va apagando, se va apagando. Lágrimas de rabia, aprieto su mano, no quiero perderla. Vuelve a mirarme, ve mis lágrimas. Por dentro grito: “¡No quiero morir! ¡No quiero morir!”. El tic tac se va perdiendo en la lejanía. Mi corazón deja de latir, pero el dolor de la venganza permanece en el alma.
Rabia profunda, mi vida ha terminado. De nuevo, viajo por el túnel de luz; de nuevo, cruzo la puerta del paraíso. Silencio ante el trono de la gracia. Aún conservo la esperanza. Tengo la certeza de que, con un gesto de la diestra del Altísimo, mi destino puede cambiar. “¡No ha llegado su tiempo! ¡No ha llegado su tiempo!”, grita un ser blanco más blanco que la nieve. La luz de su mirada, potente como el sol, me obliga a cerrar los ojos. Me quedo dormido, acunado en un abrazo de paz. Despierto en el hospital. Alexa está junto a mí, me mira y sonríe. El alma es invencible, cuando el amor no tiene fin. La fe sobrevive a la muerte y cruza la frontera hacia lo imposible.
Juanjo Conejo




