EL ROMANCE ENTRE EL SOL Y LA LUNA. Juanjo Conejo

Era imposible un romance entre el sol y la luna. El sol vivía durante el día; la luna, durante la noche. Ambos esperaron mucho tiempo, pero no perdieron la esperanza. Y llegó el momento, tanto tiempo esperado por los dos y, en un eclipse, se besaron. Ahora, había que buscar la forma para que aquel eclipse fuera eterno. Con lágrimas en los ojos, rogaron al Maestro del universo. Llenaron un estanque con las lágrimas de las cuatro estaciones del año: lágrimas de primavera, lágrimas de verano, lágrimas de otoño y lágrimas de invierno. Las lágrimas se convirtieron en palomas transparentes y ascendieron al cielo portando ruegos de amor entre sus picos.

Cuando el Maestro del universo escuchó los ruegos de amor del sol y de la luna, fue movido a compasión. Les concedería la petición si cumplían una condición: “El siguiente eclipse durará, mientras dure la fe y el amor”. Después, llovieron plumas de ángel y se oyó un coro que parecía un trueno: “Creed en el amor, aunque os hayan roto mil veces el corazón. Ni muriendo tres veces, el amor será vencido, siempre resurgirá, cada vez más fuerte, en cada ocasión más inmortal”. El sol y la luna cerraron sus párpados, para ver con los ojos del corazón. Decidieron creer el uno en el otro, a pesar de que eran de dos mundos tan diferentes como la luz de la oscuridad.

Sólo si permanecían en el amor y en la fe, lograrían que el siguiente eclipse durase eternamente. Entretanto llegaba el eclipse esperado, cada mañana y cada noche, durante cinco minutos, se formaba entre ambos un puente invisible. El sol y la luna corrían aprisa hacia el centro del puente y se fundían en un abrazo. Parecía que nunca llegaría el eclipse esperado, pero aquel tiempo de espera forjaba en ellos, día a día, la fe y el amor. Aquel puente invisible unía sus corazones, a pesar de la distancia que había entre los dos. Tan sólo eran cinco minutos cada doce horas, pero esos breves momentos eran para ellos lo más cercano a la felicidad que podían imaginar.

Pasaron meses, pasaron años, y nunca llegaba el eclipse esperado. Pero en ningún momento dudaron del amor que sentían el uno por el otro. Y cada día, se besaban; y cada noche, se abrazaban. Y se susurraban hermosas palabras de amor. Palabras de amor que sólo oyó un testigo, que es el mismo que cuenta esta historia y que por amor perdió la cordura. Yo, el escritor de sueños, también esperaba mi eclipse definitivo. Y cada año que pasaba, el puente invisible duraba más tiempo. Las breves palabras de amor dieron paso a largas conversaciones, hasta que comprendieron (y yo también) que el eclipse eterno se produciría en el firmamento de los corazones.

Juanjo Conejo