Y EL MAR SE ENAMORÓ DE ELLA. Juanjo Conejo

Los falsos amores lograron que Ella acabara recluida en su casa del mar, el sonido de las olas era su refugio, allí se sentía a salvo de nuevas heridas. Su casa, de grandes ventanales, miraban hacia el horizonte, hacia esa línea en la que se unen el cielo y el mar. Y en ese horizonte ponía sus esperanzas, el anhelo de un abrazo de amor eterno, el deseo del beso de un romántico enamorado. El aroma a sal la consolaba, el canto de las gaviotas alegraba sus mañanas. Pasó cuarenta días en la más absoluta soledad, sin más conversación que la que mantenía con el mar.

Paseos de ilusiones perdidas por la playa,
lágrimas que las aguas se llevaban.
El dibujo de un corazón roto en la arena
y sus uñas arañando una marca en la roca.

Y el mar se enamoró de Ella.

Una noche, una suave brisa entró por la ventana, una brisa que traviesa se posó en sus labios y jugó con ellos. Ella se desnudó seducida por la brisa y se tumbó en el suelo sobre sábanas de rojo terciopelo. La brisa juguetona acarició su cuerpo hasta que las banderas de sus torres se endurecieron de placer y su más íntimo manjar se humedeció esperando que la brisa la penetrara con su dulzura. Y la brisa la penetró hasta llegar al alma. Los suspiros iban y venían como las olas y la casa olía a sal. Y al llegar la mañana, las gaviotas cantaron una nueva canción.

Mar y arena,
naranja y azul intenso.
Tú y yo, sin pena,
bajo el cielo inmenso.
Dame olas, dame amor,
dame sal bajo el sol.

Y así ocurrió durante siete noches y siete días. La brisa se fue y nunca más volvió. Pero las heridas de Ella sanaron con la sal del amor del mar. Y ella abandonó su reclusión para emprender un nuevo camino. Ya no había dolor, no había miedo, sólo amor sin corazas dispuesto a arriesgar.

Juanjo Conejo