Viaje de un confinado: Juanjo Conejo

Viaje de un confinado: Juanjo Conejo

Viaje de un confinado: Juanjo Conejo

Demasiados días confinado, no puedo vivir sin viajar. Sin otra cosa mejor que hacer puse música de Pink Floyd (Wish you were here), luego miré atentamente una pintura de Caspar David Friedrich (Dos hombres contemplando la luna) y viajé a su interior…

Por un camino serpenteante y solitario llegué a la cima del monte más alto de un territorio que no existía en los mapas. El tronco de un árbol cortado era señal de que antes que yo alguien había estado allí. Un árbol que había caído al suelo, seco y de color ceniza, indicaba que el paso del tiempo también en este lugar había dejado sus huellas. Era un paraje desolador, melancólico, y una roca en el borde derecho del camino me resultó extraña, una mitad estaba recubierta de musgo, la otra mitad estaba tan seca como el árbol caído. La roca sugería esperanza y desánimo al mismo tiempo. Dejé caer mi cuerpo sobre ella para descansar del camino. Estaba fría como el hielo, mis sentidos se despertaron. Ganas de vivir y ganas de morir confluían.

Estaba anocheciendo y una luna creciente iluminaba el lugar entre el hueco de dos árboles que estaban medio vivos y medio muertos. En ese mismo hueco se recortaba la figura de dos hombres que miraban absortos la luna que parecía el último suspiro de un vagabundo. Eran hombres vestidos de gris, como el cielo en el que la luna flotaba acunada en una nana para irse pronto a dormir. Uno de ellos apoyaba su cuerpo en un bastón, mientras el otro se apoyaba en el hombro de su compañero. Parecía que estaban de duelo, no hablaban, solo miraban a la luna como si esta estuviese moribunda. No se dieron cuenta de que yo les observaba, procuré no hacer ruido para no interrumpir el silencio que llenaba la cima del monte.

La luna, de un amarillo apagado y sin fuerza, era hipnotizante, como si pidiera a gritos seguir viviendo. La imagen de la luna hablaba sin palabras y rompía el silencio del monte, pedía a los ojos que la mirasen y los oídos permanecían vacíos, no se oía nada, como si este lugar fuera fruto del sueño de un hombre sin esperanza o la imaginación de un novelista. Los dos hombres permanecían inmóviles, tan quietos como la roca sobre la que estaba apoyado. Sus sombreros eran como las cenizas de un muerto. Los dos árboles fantasmagóricos enmarcaban a la luna en un cuadro, como la ilustración de un cuento de hadas, dejando en el alma la sensación de que en cualquier momento una bruja malvada pasaría volando sobre su escoba dejando su imagen recortada en aquella luna sombría.

Quería apartar la mirada, pero no podía, como si fuese víctima de un encantamiento. Con gran esfuerzo cerré los ojos, pero la imagen de la luna y de los hombres permanecía en mis retinas. Antes de abrir los ojos me di la vuelta, para no caer otra vez en las garras de la brujería. De pronto, desaparecí del paisaje, ya no pertenecía a la escena, yo había sido tan solo un observador, aquellos hombres eran los únicos protagonistas. Pero ellos seguían en silencio, inmóviles, y así podrían estar por toda una eternidad, tan confinados en la obra de arte como yo en mi vivienda de cuarenta metros cuadrados.

La fuerza de la gravedad de un mundo real fue alejando aquella imagen de mis pupilas, aquel monte se hacía cada vez más pequeño hasta que no pude ver a los hombres. Poco a poco ese lugar misterioso desapareció engullido por el raciocinio de mi mente. Pero la luna permanecía allí, tentándome para que la mirase…

 

Juanjo Conejo