¿Relato del olvido?. J. L. Quintana

¿Relato del olvido?. J. L. Quintana

La cuestión está en que la invitación al relato puede confundir al lector. Parece que relato puede ser cuento o narración. Entiendo por narración “Hechos”, acontecimientos reales que algún día, quizá lejano, servirán para conocer circunstancias, sentimientos, pareceres, opiniones, incluso sospechas, relatándolas como tales, para que el lector lejos de las informaciones interesadas no caiga en ese pozo oscuro de la información de la agencia informativa del momento que siguiendo indicaciones del tutor “relata” los sucesos que no podrán servir nunca de base cierta para la redacción de la Historia.

Los ambulatorios siguen “cerrados”, es decir, es obligado llamar por teléfono, pronto, a buena hora, es necesario que contesten y así le pedirán su número de teléfono para cuando dispongan de tiempo, contestarle y si lo creen necesario darles cita.

Personalmente no tengo ninguna queja, pero según los informativos se está produciendo un “rebrote”. De nuevo la alarma como la anterior. El miedo potenciado por esas noticias cada vez más angustiosas llevará a los hipo.. y a los demás a creer, puede ser, que el calor nunca sentido en esta tierra, les lleve a pensar en un posible contagio; estos y otros, con solo miedo podrían ser atendidos, en dependencia adecuada para ello separada del resto del ambulatorio, para tranquilizar a los enfermos de aprehensión que volverían felices a sus casas sin ayudar a “colapsar” los servicios de urgencias de Valdecilla y otros hospitales en España como dicen sucedió meses atrás. Y como ejemplo real el relato siguiente.

La madre
Estos días de Julio han llegado calurosos, la hierba ha perdido el verde característico en estas tierras de montaña, pero los árboles están espléndidos con sus grandes hojas, o pequeñas como la forsythia que ya floreció hace días y al atardecer llena de sol colorea de amarillo ese gran espacio que la rodea . Ya ayer habían caído por tierra parte de las flores y el círculo formado bajo el árbol hacían que el conjunto tomara vida propia y pareciera verse obligado a desprenderse, elevarse, separarse de una tierra inhóspita y agresiva en estos días de pandemia.

En Agustín aumenta el dolor, la depresión, hundimiento general, ese que afecta a la psique y al soma por igual. Si le llamo desde la calle alguna vez se asoma por la puerta medio abierta; viste una bata ajustada a pesar del calor, escucha silencioso mi saludo, levanta la mano en señal de agradecimiento y cierra de nuevo la puerta.

Agustín, mediana edad, vivió con su madre hasta hace dos años; su vida, su amor de hijo, ese sentimiento enraizado, firme, casi sostén propio le acompañó una vez casado. Muchas veces se refirió a su madre, “es mayor” me decía , vendrá a vivir con nosotros cuando acabemos de preparar la casa recién construida.

El virus mortal se llevó a la madre. Los protocolos de guerra aplicados –_¿Por orden de quién?_ así lo exigieron; priorizar en las atenciones sanitarias a los jóvenes. Se han diezmado los acogidos en residencias, se calcula, es posible que más, muchos más . Comprendo que Agustín esté abatido . Tengo su número de teléfono en lugar visible, solo le he llamado dos veces porque yo también necesito consuelo. El dolor ajeno permanece en mí durante mucho tiempo. La imagen del niño sin brazos ni piernas durante la guerra de Irak la tengo ahí delante y permanece.

 J.L.Q.