Cinematografía

Reflexiones de Fernando García de Cortázar.

Testimonio de Fernando García de Cortázar S.I.

Mi amigo Iñigo Alcaraz, al que conocí en Oxford en un tiempo de bonanza, me pide que ordene mis ideas y sentimientos, en estas horas, bien distintas, de agobio y perplejidad, en las que lo primero que ha desaparecido ha sido el calendario, las actividades programadas, los encuentros a celebrar. Todo mi mundo contingente ha quedado en suspenso pero la verdad es que esto no me ha producido sensación alguna de inestabilidad. Quizás, porque como soy miembro de una familia de doce hermanos, siempre he sentido muy dentro la proximidad de la providencia divina y la obligación cristiana de comunicar alegría. Tengo que reconocer, sin embargo, que el azote de la pandemia ha supuesto para mí el ingreso oficial en la vejez y el abandono de mis veleidades jocosas de eterna mocedad. Los que me conocen bien saben, no obstante, que mi reino es poco propicio a los recuentos del pasado en los años presuntamente venerables, desde donde se añora la juventud abdicada.

Cientos de afectuosos whatsaap, algunos bien intencionados pero carentes de tacto me han dado a conocer que pertenecía a un grupo de riesgo, al rebasar con creces la setentena. Tantos cariños desbordados han hecho que, ya desde el comienzo de la peste, estableciera una estrategia de defensa del exceso de noticias y¡ cuánto más! de lo que podríamos llamar infointoxicación y que vigilara las deposiciones televisivas que en el asunto de la pandemia están siendo especialmente groseras Buscando el consuelo de la cultura, hace unos días di un salto en la butaca cuando un psiquiatra en un programa sobre Santa Teresa atribuyó los éxtasis de la gran mística a que de niña había sido alimentada con leche de cabra

Hoy mi deformación profesional de historiador me impone el recuerdo de los atentados del 11 de marzo de 2004 y del llamamiento de las radios que pedían sacerdotes y psicólogos para atender a los parientes de las victimas y no olvido que estuve unas horas en el improvisado depósito de cadáveres del pabellón de Ifema, ayudando en lo poco o mucho que podía ayudarse. Mi presencia en Madrid para clausurar el cincuentenario del Colegio Mayor Loyola en los días de la declaración del estado de alarma me ha ofrecido la oportunidad de acompañar con las debidas cautelas sanitarias a los familiares de distintas personas que perdieron la vida por efecto de la plaga. En mi caso, esta tiene nombres concretos , aparte de nuestros jesuitas que entraron ahora en la eternidad, distintas personas muy queridas del ámbito académico ,periodístico y editorial o simplemente amigos, cuyos hijos me llamaron para celebrar su matrimonio.

Nuestro confinamiento me ha hecho pensar. La naturaleza no es injusta, ni cruel :ojalá estuviéramos frente a un enemigo consciente de sus actos porque siempre podríamos negociar con él y tener una ligera confianza en vencerlo o convencerlo .No; la naturaleza es eso de lo que estamos hechos para vivir en este mundo, con el privilegio de ese soplo divino que nos proporciona la conciencia de eternidad de los cristianos. Esa conciencia la vivimos, sin embargo junto a aquello que pretendemos ignorar tantas veces: nuestra mortalidad, nuestra flaqueza final frente a la enfermedad, la seguridad de que ella nos vencerá algún día…tras habernos amargado los últimos tiempos de nuestra existencia. Lo que nos protege es saber el fortín de espíritu que hay en el fondo de nosotros, ese espacio que nos permite escuchar música -gracias Bach, gracias Monteverdi – ver cine, leer una novela ocurra lo que ocurra . En cualquier circunstancia, sabemos que no habrá día sin que brille esa forma de conectar con la divinidad que es la belleza. Desde la clausura contemplo esta existencia mía sin jactancia alguna, pero con plena seguridad de que, en otro tiempo, incluso no hace demasiado, se disponía de unos recursos culturales hoy abandonados.
Fernando García de Cortázar

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