Matilde. J. L. Quintana

Matilde. J. L. Quintana

Matilde en su duermevela inducida por los medicamentos, decidió rendirse, abandonarse a la voluntad de sus cuidadores que aún desconocía .El cambio se produjo la tarde pasada; sintió su traslado a un nuevo lugar y en ese tránsito cerró los ojos , sintió el traqueteo , quizá de una cama sobre la que la llevaban a destino desconocido y no anunciado , Cuando se produjo el silencio abrió los ojos y como fue siempre su costumbre buscó con la mirada su crucifijo, el que siempre tuvo en la cabecera, un Cristo metálico, un poco ennegrecido por el tiempo sobre una cruz de madera a imagen de la que pudo ser la de la crucifixión. Matilde llevaba muchos años, desde la muerte de sus padres que diariamente lo primero al despertar era dirigirse al Cristo crucificado , doliente y abandonado . Y se entendían .

Hoy no encontró aquella cruz que encabezó durante muchos años el lecho de sus padres. Se sintió muy sola, un poco más sola que cuando en su anterior habitación, la suya, pasaba las horas en soledad , esperando ilusionada la entrada de un familiar que no llegaba. Sí la de aquel hijo por el que hubiera dado su vida y que un día se despidió para “vivir su vida” , de eso veinte años atrás.

Matilde tiene ochenta años de recuerdos, y son muchos . En su habitación anterior, en la pared de enfrente podía disfrutar la fotografía de sus padres. Francisco con su bata blanca de médico y Matilde madre, también de blanco como enfermera ejerciente. Sobre las rodillas de la madre, Matildita de cinco o seis años, cabellos rubios, largos en tirabuzones. Francisco padre alargaba su mano izquierda, el fotógrafo se adelantó en el disparo y la mano quedó en el aire sobre madre e hija en un gesto de protección que Matilde, con ochenta y ocho revivía diariamente .

Pasó su infancia y juventud en ese término rural donde ejercieron sus padres. Disfrutaban de un mini jardín y la dominante era una gran mata de “hierba luisa” que nadie tenía el atrevimiento de podar y su aroma inundaba el interior del domicilio y que los vecinos y paseantes dudosos miraban hacia la casa ; sus padres se asomaban por la puerta y los invitaban a cortar las olorosas ramas. Matilde niña disfrutó plenamente de una naturaleza viva y acogedora como es el de las montañas de estas tierras, montañas cuyas extensas y duras raíces unen el Norte con las tierras de Castilla hermana.

Esta terrible pandemia ha obligado a tomar decisiones dolorosas, unas prácticas sanitarias dudosas pero obligatorias, unos ambulatorios con el mínimo de atención, de rara legalidad, unos padres que no saben cómo solucionarán la atención a sus hijos si es que los colegios, dicen, cerrarán puertas y unos puestos de trabajo que según opinan los expertos, nada seguros.

Matilde ha pasado el día bien atendida. Desayuno, comida, merienda y cena, servidas con atención y cariño. Al marchar el sol y a través de la ventana abierta ha vuelto a conectar con la infancia y eso la ha hecho feliz y renovada: le ha llegado el cri-cri del grillo ¿Será el ismo de la infancia? y se ha visto transportada a su habitación de niña; ha oído unas voces y ha creíido sentir la conversación de sus padres.