La pandemia y las guerras. J. L. Quintana

Matilde IV

Francisco no llegó a la Residencia, Matilde atendida por Lucia en el desayuno, incorporada, con la taza de café en la mano quedó quieta y la mirada blanca; en el pequeño espacio de la habitación no se percibió más que el vacío absoluto que rodea a todo ser cuando su espíritu lo abandona. La taza cayó sobre la colcha y Lucía atenta reclinó a la difunta sobre la almohada.

Paquito subió al auto que lo esperaba en la entrada al aeropuerto, recorrida la corta distancia hasta la circunvalación en la que se reúne con la bajada del Alto el autobús sin frenos ni dirección pasó frente al cementerio y a pocos metros arrollaba el coche en el que Paquito y conductor, viajaban.

Lucia, la enfermera, era una muchacha con buena formación, cultural y religiosa. En su trabajo, se daba a los demás por vocación y sentimientos, nunca pensó en el premio, ni compensación, vivía y sentía satisfacción, contento, tranquilidad, alegría por lo que para ella era una misión. Ese día precisamente entendió el por qué de su existencia, comprendió su elección, esencia y fin . La enfermedad, las pandemias, el sufrimiento, la soledad, el abandono, quedaban fijas en su pantalla de lo cotidiano.

Miró por la ventana, el cielo alegre y luminoso celebraba este final y feliz momento,volvió a oírse el ladrido del perro, el rumor del río cercano, y las garzas bueyeras agrupadas en su vuelo anunciaban la partida. Se sintió movida a otro lugar, otro espacio, otra existencia. Sí, sí, como en un sueño pensó por unos instantes y creyó estar con Paquito Freire, se lo encontraba a la puerta de la Residencia, Paquito llevaba una rama con hojas verdes y olorosas y Lucía no tuvo ninguna duda, se dirigió a él y le susurró: “Mamá se ha ido ya”

Se inclinó sobre Matilde que parecía dormida, puso sus manos entre las suyas y acercó su frente; volvió a lo que creyó un sueño: Paquito le puso las manos sobre las sienes, se acercó y le dió un beso en la frente. Lucía cerró los ojos conmovida y transportada. Vió la Luz, a Matilde sonriente que con la mirada le explicaba todo, parecía vestida con tonos claros, el pelo rubio, cara juvenil y alegre, extendió la mano a su izquierda señalando a Francisco padre, Matilde madre y a su hijo Paquito. Siempre lo supo: la muerte corporal reúne, libera el ánima que pervive eternamente. Ahora ya, el retrato familiar, el que ayudó a llevar los días de angustia y soledad quedaba completo. Volvió la mirada hacia la pared, posiblemente fue la luz fuerte del sol de aquellos días el que había borrado las imágenes sepia del retrato.

Lucía llamó a sus compañeras y se dirigió a un pequeño oratorio raramente visitado; una mesa como altar y un Cristo al frente. Se sentó en una de las sillas como otras veces había hecho en sus ratos de descanso, miró al Cristo crucificado, la imagen se desvanecía lentamente y un niño sin brazos ni piernas la miraba tiernamente, de una nube de polvo surgió el carro de combate y una bandera de victoria empapada de sangre inocente era transportada por el caballo negro de la muerte.

J.L.Q.