En la puerta
de la eternidad,
en la pupila
del umbral,

se desvela
el secreto,
se formula
el milagro.

El brillo
de su mirada,
es un grito
de luz teñida.

Es la juventud
enfurecida,
en la muerte
dormida.

Es la derrota
de las cadenas,
entre las rocas
y las olas.

Celebra el mar,
con su espuma,
el fin del mal
y de la herida.

Creciente,
menguante,
constante,

en una canción
de dos lunas,
la abolición
de la oscuridad.

En su estela,
la vida fugaz,
como la estrella
audaz

que, en el universo,
al final de los versos,
con un beso
ileso,

muere,

con dignidad,
con claridad,
con gloria

y sin pena.

Juanjo Conejo