Un día, el sol miró a un águila y le guiñó de amor. Y el águila se enamoró del sol. El águila surcó el cielo en busca del sol, sin saber que se hallaba muy lejos. Y tres cuervos se burlaban del águila, entre risas le decían que nunca alcanzaría al sol, que era un viaje imposible. El sol sufría, porque no podía moverse para acercarse al águila. Y el sol disminuyó su intensidad para que su calor no agotara al águila. En mitad del trayecto, el águila perdió la fuerza y comenzó a descender en picado, se estrelló contra el suelo, se le rompieron las alas y perdió la consciencia. La eternidad emitió una palabra. Y el eco de la palabra, fue el sueño del águila enamorada.

La muerte estaba dormida, el sueño desvelaba el secreto del milagro. El brillo del sol, era una mirada que gritaba. La mirada, teñida de luz, era la esperanza del águila. La juventud del águila estaba enfurecida, era la impotencia ante el posible despertar de la muerte. El águila, entre las rocas, rompía con su pico las cadenas de la derrota. El mar celebraba, con sus olas, con su espuma, el final de las alas heridas. El vaivén de las aguas, era una canción de una luna creciente y menguante que abolía la oscuridad. En el pico y en las alas del águila, la vida era fugaz, como la estrella que, en el universo, al final de los días, muere con dignidad y con gloria.

Con el sueño del eco de la palabra, el águila comprendió que su fuerza no estaba en sus alas, sino en su corazón. Sacó fuerza de la debilidad y volvió a agitar sus alas. Reanudó el vuelo y ascendió durante horas y horas, impulsado por las alas de su corazón enamorado, para besar el sol, a quien tanto amaba. Cuando el águila acarició al sol con sus alas apasionadas, el sol formó parte del águila y el águila formó parte del sol. Ya no eran dos, sino uno. La hazaña del águila fue la solución para que pudieran estar siempre juntos. Ahora, el águila y el sol eran partes indivisibles el uno del otro, para que el amor que se profesaban sobreviviera eternamente.

Y yo, el testigo de esta historia, dejé este romance por escrito. Tan suave lo escribí, acariciando con la pluma el papel, y con tanta devoción, que pude ver cómo a la tinta le brotaban alas. Y la tinta, que tan sólo era tinta en las manos de este escritor, se convirtió en paloma mensajera, para portar a la posteridad la esperanza en un romance imposible. Y así, todos sabrían que todo es posible en el amor. Imaginad esta leyenda. Las cosas magníficas, ocurren primero en los sueños. No hay que perder el corazón infantil. El niño que llevamos dentro, sueña con un mundo perfecto. La fe en lo imposible, en la inocencia de un niño, es el secreto del milagro.

Juanjo Conejo