Coloqué mi mano sobre su pecho, su corazón no latía. Cogí su muñeca, no tenía pulso. Su cuerpo estaba sin vida en la orilla de la playa. Era una joven de piel morena y de belleza exótica. Su cabello era negro y largo hasta la cintura. Era como la mujer que veía en mis sueños. Leí la nota que había en su mano: “Paloma, me he enamorado de otra mujer. No me he atrevido a decírtelo cara a cara”. Junto al cuerpo de la joven, había un frasco vacío de una medicina que yo desconocía.

Las olas del mar, en su vaivén, mojaban los pies de Paloma. Me arrodillé en la arena y abracé su cuerpo, lo hice por instinto. Su cabello desprendía perfume de limón. Cerré los ojos e imaginé un romance con ella. Subió la marea, las olas llegaban a la joven hasta las rodillas. Estaba aturdido, ¿por qué me afectaba tanto su muerte? Miré el reloj, eran las siete de la mañana. Hacía una hora que vi el cuerpo sin vida de la joven y aún no había llamado a la policía.

No me fui de allí hasta que introdujeron su cuerpo en la ambulancia. Después, como hacía todos los días, continué con mi paseo matutino por la playa. Pero no dejaba de pensar en la joven. ¿Llegué tarde?, ¿me había enamorado de una mujer que ya no tenía vida? Mientras caminaba, imaginaba qué hubiera pasado si la hubiera visto antes de que se tomara esas pastillas. Si la hubiera saludado con una sonrisa y un alegre buenos días, ¿hubiera sido otro su desino?

¿Y si nuestro fortuito encuentro hubiera sido el comienzo de un romance de los que duran toda la vida? Pero ya no había solución, a menos que pudiera viajar en el tiempo para evitarlo. En ese caso, le hubiera dicho: “Paloma, merece la pena seguir viviendo, alguien te amará como tú mereces. El dolor pasará, no será para siempre. La vida es el regalo más hermoso. Volverás a sonreír, cuando pase la tormenta”. Pero ¿hubieran servido mis palabras para cambiar su decisión?

La vida continúa para los vivos, los muertos no van a la playa. Las olas van y vienen, nosotros nacemos y morimos. Entre tanto, nos aferramos a la vida con uñas y dientes, aunque el dolor sea una carga demasiado pesada. La brisa de la playa susurra un mensaje de esperanza. Sólo tenemos una vida, hay que amarla por encima del daño de las heridas. Oigo a lo lejos la sirena de la ambulancia, imagino que Paloma abre los párpados y descubro el color de sus ojos.

Y sigo caminando por la playa, haciéndome preguntas, entre lágrimas inesperadas.

Juanjo Conejo