La enfermera.  J. L. Quintana

La enfermera. J. L. Quintana

Matilde II

Lucia, la enfermera de noche, eficiente y responsable, a las doce de la noche había terminado su “ronda”, pasado por todas las habitaciones comprobando, reponiendo y a los aún despiertos dirigiéndolos una frase cariñosa y esperanzadora.

Dejó para el final el encuentro con la recién llegada, esa primera visita podía ser la más importante, la que determinara una relación muchas veces de tal intensidad e intimidad, que la paz, serenidad y salud de la residente eran resultado de su empatía y voluntad, y a Lucía en eso no la ganaba nadie.

La habitación de Matilde, en planta baja al nivel del campo verde de estas montañas que siempre sintió cercano, seguía con la ventana abierta junto a la cama; una luna llena iluminaba suavemente la puerta de entrada en la pared opuesta.

Cuando Lucía entró la luna entera se ofrecía más allá de la ventana y el rostro de Matilde recibía el blanco azul reflejo de ese cielo que transformaba su rostro y le volvía a los ocho años cuando sentía el calor de la madre arropándola con cariño. Sombras sobre la almohada dibujaban aquellos tirabuzones rubios de su niñez. Ilusiones blancas inundaban la estancia.

La enfermera no soltó el pomo de la puerta que la unía a una realidad tangible hasta pasados unos segundos. Se acercó a la cabecera de la cama y puso suavemente la mano sobre la frente de Matilde que la miró sonriente y la dijo : “Huele a río, a vacas, se oye la llamada del buho y el ladrido del perro”
Fue una noche de confidencias, Lucia hacía su trabajo, al pasar por aquella habitación se detenía un poco más; Matilde, ochenta y ocho años no dormía, soñaba despierta, olvidando lo presente, recreándose en el pasado lejano…,añorando.

A la mañana Lucia terminó su trabajo a las diez y en lugar de volver a su domicilio como todos los días, se dirigió al piso de Matilde, habló con la sobrina y recogió varios objetos que creyó imprescindibles.

La noche siguiente Matilde durmió placidamente sintiéndose acompañada y querida. Se despertó con la luz del día y al mirar sobre ella pudo ver el Cristo ennegrecido clavado en la cruz de madera, se miraron y como siempre, entendieron.

Frente a la cama la fotografía: Matilde madre sentada, sobre sus rodillas Ella, Matildita, de seis años con sus pelo rubio y largo en tirabuzones y Francisco padre con su mano izquierda en el aire sobre sus cabezas en un intento de protección eterna.

Cuando Lucia entró en la habitación se miraron, miró al Cristo y sintió que la bendecía.

J.L.Q.